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Gadamer, 102
La Vanguardia
Cada día bebía una copa de vino, subía una escalera y se aprendía un poema de memoria
Quizás algún lector de "La Vanguardia" recuerde la respuesta de Gadamer cuando, al cumplir 100 años, le preguntaron cómo había llegado hasta allí con esa lucidez casi insultante. Con la sencillez que lo caracterizaba, dijo que hacía muchos años (¿cuántos años deben ser "muchos" para alguien que ha cumplido un siglo?) que, cada día, se tomaba una copa de vino, subía a pie la escalera que llevaba a su piso y aprendía un poema de memoria. Toda una declaración de principios, especialmente la de perseverar en el ejercicio del recuerdo en una época devastada por el olvido. La semana pasada, apenas cumplidos los 102 años, el filósofo Hans-Georg Gadamer, padre de la hermenéutica contemporánea, fallecía en Heidelberg. Sólo quince días antes se había presentado su último libro, "La lección del siglo", una transcripción de las conversaciones que mantuvo con Riccardo Dottori. Y es que, para él, escribir siempre fue una manera de conversar. Lo mismo que leer.
Gadamer, a lo largo de toda su vida, se dedicó a la palabra y al diálogo. Y, de forma muy especial, a enseñarnos a leer: esa actividad, aparentemente anacrónica, a través de la cual podemos entrar en contacto con el mundo a través del respeto. Porque leer, según dijo a menudo, es, también, escuchar. Eso tan difícil. Descubrir en la voz que nos llega a través de la palabra una invitación a la reflexión y al diálogo, una incitación a la respuesta, a no quedarnos callados ante lo que se nos dice. Una provocación a salir del ensimismamiento para ir al encuentro de lo que, en forma de palabra, se acerca hasta nosotros. Algunos de sus textos aparecen, hoy, cuando él ya ha desaparecido, como una suerte de testamento para la comunidad a la que pertenecemos: "Creo que la labor de nuestra tradición cultural y una garantía de su integridad, reside en cultivar entre nosotros estas formas excelsas de la palabra: la palabra de la pregunta, que se lleva a sí misma; la palabra de la fábula, que se acredita a sí misma; y la palabra de la reconciliación, que es como la primera y la última".
No estaría mal, en estos días de entusiasmo europeísta por las cifras y las liberalizaciones, recordar sus artículos recogidos en "La herencia de Europa", donde, entre otras perlas, escribe que "tal vez sobrevivamos como humanidad si conseguimos aprender que no sólo debemos aprovechar nuestros recursos y posibilidades de acción, sino aprender a detenernos ante el otro y su diferencia, así como ante la naturaleza y las culturas orgánicas de pueblos y estados, y a conocer a lo otro y los otros como a los otros de nosotros mismos, a fin de lograr una participación recíproca". Ya me perdonará el lector el abuso de las citas, pero estoy convencido de que no hay mejor homenaje a Gadamer que recordar sus palabras, sobre todo para invitar a leerlas allí donde él las dejó escritas. Pudo equivocarse en muchas cosas, como nos equivocamos todos, continuamente, pero acertó al definir la esencia del lenguaje por el decir: por eso, leer es escuchar lo que alguien nos dice. Conversar, aunque sea en el silencio de la intimidad, con lo que alguien nos dice. Y darle respuesta, llevando sus palabras hacia delante, hacia otro sitio.
FUENTES:
XAVIER ANTIC





