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Marguerite Barankitse, el ángel de los niños de Burundi
Canalsolidario.com
Marguerite Barankitse, conocida como el 'Ángel de Burundi', acaba de recibir el Premio Juan María Bandrés por salvar a más de 10.000 niños víctimas de la guerra y el Sida y sus continuos esfuerzos por la paz en su país
Marguerite Barankitse, hija de una rica familia de terratenientes burundeses, podría estar disfrutando de una vida plácida en cualquier país de Europa, lejos de la guerra que desangra su país desde hace una década. Pero optó por quedarse junto a sus compatriotas más desamparados, los niños, víctimas inocentes del conflicto fratricida entre hutus y tutsis. Su lucha personal comenzó en octubre de 1993, cuando el país conoció las primeras elecciones democráticas y salió elegido como presidente Melchior Ndadayé, de la etnia hutu, arrebatando el poder del que siempre había gozado la minoría tutsi.
Temerosos de perder el control en el Ejército, militares tutsis asesinaron a Ndadayé. Fue la chispa de una espiral de matanzas y venganzas en las que se envolvería tanto el Ejército como las milicias hutus y tutsis, haciendo blanco de sus ataques a la población civil. Como resultado, estos últimos diez años se han saldado con 100.000 muertos, 200.000 refugiados y otros 200.000 desplazados internos. "Comencé mi labor en este contexto complicado y complejo, porque siempre denuncié la injusticia social", cuenta Marguerite, que emprendió su trayectoria humanitaria con la adopción de siete niños, cuatro hutus y tres tutsis.
La matanza en el Obispado de Ruigi
A los pocos días del magnicidio, Marguerite trató de ayudar a un grupo de hutus que huían de las matanzas tutsis, ocultándolos en el Obispado de Ruigi. "Llegaron un domingo a las 9 de la mañana, reconocí a los tutsis, algunos de ellos familiares míos, y supe que no podría salvar a los hutus que intentaba proteger". Con los ojos empañados recuerda cómo suplicó que no les mataran, pero la golpearon y la ataron --sobrevivió porque era tutsi-- mientras que ante sus ojos incendiaban el edificio, matando a 72 personas.
Desde ese momento, "en mi corazón dije no al fratricidio, no podía aceptarlo". Recogió a 25 niños hutus supervivientes de la matanza y, al poco tiempo, cuando se desató la venganza hutu, también asumió el cuidado de otro grupo de pequeños tutsis a quienes despiadadamente les habían arrancado los ojos. Fue así como Maggy se entregó en cuerpo y alma a recoger y cuidar a niños huérfanos, enfermos de Sida y disminuidos psíquicos con la idea de hacer posible de nuevo la convivencia interétnica.
Marguerite comenzó creando centros de acogida, la 'Shalom House' en Ruyigi, que acoge a 350 niños (62 de ellos bebés, de los que 43 son seropositivos) y el 'Oasis of Peace' en Gisuru, que alberga a otros 100 pequeños. En sus primeros años, tuvo que financiar los proyectos mediante la venta de sus propiedades personales y, aunque la situación de su organización sigue siendo precaria, ahora cuenta con el apoyo de Cáritas Alemania, UNICEF y los Padres Blancos. Su trabajo le ha costado amenazas de muerte y ataques a sus propiedades. En una ocasión "me quemaron el coche para desanimarme, pero no lo consiguieron", afirma.
Enseñar a perdonar
La razón de las intimidaciones radica en el miedo. "Si protejo a los niños a cuyos padres han matado las milicias, éstas creen que luego se vengarán". Pero se equivocan. "En nuestros centros enseñamos a todos los burundeses a perdonar, a convivir en paz, les decimos que la violencia engendra violencia, que es el arma de las personas débiles", cuenta.
Los recelos también surgen por sus críticas abiertas al gobierno. "Si destinaran el dinero que emplean en la guerra, el 1'4% del presupuesto estatal, a servicios sociales evitaríamos enfermedades, la gente tendría agua potable, alimentos, medicinas". Y a la falta de compromiso de los poderes nacionales, se suma la indiferencia internacional hacia Burundi, sostiene. "Pero seguiré denunciando esta situación, aunque sea una pequeña gota en el océano. Seguiré dando mi vida hasta que cada niño sea respetado y pueda vivir con dignidad".
El objetivo que persigue es que los chavales a los que recoge (niños de la calle, huérfanos del Sida y de la guerra, con discapacidad, ex soldados) recompongan sus vidas dentro de un ambiente familiar. Para ello, Maggy está construyendo viviendas con huerta en tierras de su propiedad que entrega a los mayores de 16 años, a los que anima a que adopten a niños que hayan conocido en los centros de acogida y formen así familias interétnicas. Además, trata de ofrecerles posibilidades de empleo mediante talleres de formación.
Otro grave problema que afronta el país es el avance implacable del Sida. El virus circula por las venas del 20% de la población en medios urbanos y el 6% en zonas rurales, según las cifras oficiales. En los centros que gestiona Maggy, 120 niños son seropositivos y 69 de ellos han desarrollado la enfermedad. Su organización realiza campañas de prevención, claves para atajar la propagación del VIH en un país sin medios para sufragar los costosos tratamientos.
"Si pidiera armas, me las darían, pero no terapia contra el Sida. Este mundo es estúpido", se queja Maggy. "Cuando un niño va a morir, lo cojo en mis brazos, le doy cariño y al menos así muere con dignidad", relata. "Seremos pobres, pero tenemos dignidad", subraya. Respecto al futuro de su país (actualmente está gobernado por un presidente tutsi que cuenta con el apoyo de un pequeño grupo de hutus enfrentados a milicias rebeldes hutus, y desde ambos bandos atacan a civiles de cualquier grupo étnico) afirma que sueña con la paz, pero "con mis ojos veo que queda un largo camino" en el que seguirá luchando.
Su labor ha obtenido amplio reconocimiento internacional. En 1998 recibió el Premio a los Derechos Humanos de manos del Gobierno francés, en el marco del 50 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En 2000, recogió el Premio Norte-Sur, que otorga el Consejo de Europa a personalidades destacadas en la defensa de la democracia y los derechos humanos. Y este año, acaba de ser galardonada con el II Premio Juan María Bandrés a la defensa del derecho de asilo, concedido por la Comisión Española de Ayuda al Refugiados (CEAR) y la Fundación CEAR.
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