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Operación sonrisa

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Hace casi diez años, un joven payaso mexicano recibió en un hospital de Estados Unidos su primera "terapia del zape", cuando una niña levantó su torso de la cama en la que había estado postrada y en silencio por largo tiempo, para sonreír y hablar con él.

Operación sonrisa


La madre de la niña, que le había lanzando una mirada de desaprobación al verlo entrar disfrazado a la sala donde su hija se recuperaba de un accidente que le provocó quemaduras en 80 por ciento de su cuerpo, rompió en llanto cuando vio la reacción de la pequeña. "Es un milagro", dijo la madre. Pero su hija la corrigió: "No, mamá, es un payaso".
Desde entonces Andrés Aguilar hizo suya la "terapia del zape" y la combinó con su formación profesional de payaso para fundar en México una singular disciplina: la Risaterapia, que hoy cuenta con aproximadamente 400 voluntarios, todos médicos de la risa, dedicados a promover la alegría ahí donde haga falta: en hospitales, orfanatos, asilos, comunidades marginadas y, en el futuro, zonas de desastre.

Ahora Andrés, convertido en Doctor Romanoc, comparte con los voluntarios los conocimientos que adquirió en la Universidad de Payasos, de Florida, y la experiencia que obtuvo en el circo Ringling Brothers, de Estados Unidos, donde trabajó, antes de fundar su laboratorio de la risa.
"Cuando comenzó el proyecto, hace siete años, nuestro único propósito era llevar alegría a los hospitales, pero más tarde redefinimos el objetivo y hoy nuestra misión es formar una cultura de voluntariado alegre, a partir de la visión de unir impartiendo alegría".
Suena fácil, y hasta divertido, si lo explica Ana Cecilia Madrigal, la Enfermera Ceso Loco, fundadora de Risaterapia con Andrés y ocho voluntarios más.
Pero basta conocer su trabajo y acompañarlos a una de sus visitas hospitalarias de sábado para comprender que nada hay más serio que despertar un gesto de alegría. Ya sea en un niño enfermo, en un padre angustiado, en un médico agobiado, en un anciano abandonado o en cualquiera que se ha olvidado de sonreír.

Casi todos en esta ciudad, dicen ellos, autoridades en el diagnóstico de los estados de ánimo, que antes de convertirse en médicos de la risa tuvieron que pasar su propia "terapia del zape" y someterse a un curso que los dota de capacidades de clown, en el estilo de Charles Chaplin, Buster Keaton y —más cercano a lo suyo— Patch Adams.
Por eso en su camino a los hospitales, a bordo de la ambulancia, asaltan al paso a automovilistas y peatones que, sorprendidos, no pueden sino reír ante la sorpresa de mirar en las calles a un grupo de estrafalarios médicos enfundados en batas coloridas, con las narices rojas y las mejillas encendidas, cantando unas mañanitas alrededor de un taxi que lleva a una familia.
Así se las gastan para lograr su propósito: provocar la risa y llenarse de la energía necesaria para trabajar en favor de la alegría, allí donde pocos pueden sentirla: un hospital pediátrico. "Pero nosotros no vamos a buscar niños enfermos, sólo niños, a quienes no vemos con compasión porque no podríamos lograr nuestro propósito".

Desde hace cuatro años los médicos de la risa son visitantes asiduos del hospital infantil Federico Gómez, donde cada sábado los espera Patricia Zucay, Olga Loaiza y Carlos Madrid, director de desarrollo del patronato que apoya al hospital con recursos, equipo y becas para los doctores.
"Desde que supe de Risaterapia, los busqué como desesperado porque yo ya conocía de este tipo de labor que realiza gente como Patch Adams. Y desde que llegaron, la respuesta ha sido extraordinaria, no sólo por los niños, sino de parte de los padres, que sienten menos solos. Son gente que viene a donar su tiempo y su talento", dice Carlos Madrid.
Al Federico Gómez llega el equipo que forman la Doctora Dori (Andrea), la Doctora Abi (Erika), el Doctor Chef-lado (Omar), la Doctora Cepsy (Delia), el Doctor Chuper (Carlos), la Doctora Luisa Lu (María Luisa), la Doctora Arleta Paleta (Arlette), el Doctor Nach-itto (Ignacio), el Doctor Viguer (Vicente) y el Doctor Alegría (Carlos).
Ellos forman el equipo que llaman Constelación Cygnus, al frente del cual se halla el líder-supernova Carlos, quien coordina las labores y se hace responsable del resto.
Divididos en dos grupos, comienzan a trabajar en los pabellones de oncología y quimioterapia, donde niños y adultos celebran su presencia, porque con ellos, por un rato, se rompe la tensión que envuelve las salas de hospital.

Así, de pronto, se incorporan de sus camas, alcanzan con sus manos las burbujas que aparecer a su alrededor, miran con asombro o de plano se ríen de las ocurrencias que no paran.
Algunas madres se levantan a bailar, otros padres sonríen, agradecen una broma suave que ahí es gesto de solidaridad, en las salas de espera aplauden… Algo de magia emerge al paso de esa "bola de locos".
Saben lo que hacen, pues en Risaterapia han aprendido a leer las emociones, los gestos de los otros. "A veces un niño no tiene ganas de reír, pero quiere que dibujes con él. Otros sólo quieren hablar y los hay que de plano saltan de sus camas para jugar contigo. Por eso hay que estar muy atentos a su estado y a sus necesidades".
Durante dos horas, los médicos de la risa dejan toda su energía en los pabellones donde atienden al menos a 40 pacientes. Pero hay ocasiones en que la visita se prolonga cuatro horas, en las que acuden a las camas de hasta 300 pacientes, como ocurre en La Raza.
No importa, porque en ellos se mira esa vocación de voluntario que gana más de lo que da. "Esta labor nos hace la semana", dice Andrea, quien vive en Chalco y debe trasladarse cada sábado, durante una hora y media de camino, a las oficinas-talleres de Risaterapia en el número 411 de Laguna de Mayrán, en la colonia Anáhuac, donde se reúnen para organizarse, dividirse en equipos que llaman constelaciones, y prepararse para un día más de servicio.

A reír, que el mundo se va a divertir
Desde las ocho de la mañana comienzan a llegar. El proceso de caracterización arranca en unos vestidores comunes donde aparecerán el maquillaje, las batas, las calcetas de colores y muchas narices rojas. Pero cada uno elegirá el detalle que hace único a su personaje dentro de la compañía-asociación civil.
Ya caracterizados, comienza para ellos la primera etapa de la preparación del día: el hoyo negro, un trabajo en grupo que realizan para desprenderse de la persona que ya no serán en las siguientes horas. Al menos así parece, porque de pronto todos comienzan a reírse los unos de los otros, a seguir los movimientos que ordena un líder nombrado al azar y en el momento, y a echarse porras los unos a los otros.
Se divierten y quienes los miramos, también. Hace tiempo que los médicos de la risa perdieron el miedo al ridículo y así lo demuestran: lo que para otros puede ser su peor defecto, ellos la convierten en su mejor virtud a la hora de caracterizar su personaje.
"El que siempre ha sido muy flaco sabrá sacar provecho de esa característica para su personaje y, sobre todo, la apreciará, porque aquí hemos aprendido a divertirnos con nosotros mismos y a disfrutarnos como somos".
También han aprendido a rescatar la esencia del juego: "Jugamos para aprender a divertirnos porque sí, para romper las reglas que obligan a los adultos a competir para demostrar que son mejores. Aquí volvemos todo al revés, ponemos el mundo de cabeza".
Sin embargo, luego de sus visitas a hospitales, ellos mismos deben someterse a un ejercicio grupal que llaman "la regadera", donde literalmente sacan lo que traen. Porque a veces es difícil. Tanto como lo que en una ocasión le ocurrió a Xóchitl, la Doctora Solei, quien vio morir a un niño en una de las visitas. "Nos mandó llamar y estuvimos con él. Lloramos lo que teníamos que llorar y nos felicitamos de haber dejado en su rostro una sonrisa".

De modo que los médicos de la risa no son precisamente unos payasos, explica Ana Cecilia. "Hemos apostado más por el modelo del clown, que no necesita tanto del maquillaje o de la caracterización exagerada, sino de la expresión corporal, la improvisación y el acercamiento con la gente, al estilo de Charles Chaplin y Buster Keaton".
Para aprender estas técnicas, Andrés y Ana Cecilia viajaron a Europa y se inscribieron a la escuela de circo de Bruselas, luego de acabar la carrera de comunicación.
—¿Andrés, por qué estudiar para payaso?
—Es una vocación como cualquiera otra. Y hay que aprender que se puede vivir de payaso, aunque te digan lo contrario. Pero es como todo: de periodista para abajo, a todos nos dicen que nos vamos a morir de hambre si hacemos lo que en realidad queremos, ya sea arquitecto, abogado, a todos nos dicen lo mismo.

Vivir de la risa
Luego de siete años de trabajo, Risaterapia crece y amplía su labor. Apenas en abril realizaron su primera visita a comunidades marginadas de la Sierra Negra de Puebla, donde visitaron Tepetzinta, Tonalix y Ayotzinapan.Ahí el acercamiento tenía que ser diferente. "Había que acercarnos a los niños de otra manera, porque su circunstancia era otra. Pero lo logramos mediante el juego y el dibujo, aun cuando en una de ellas la gente sólo hablaba náhuatl".

Ana Cecilia espera que en el futuro Risaterapia pueda trasladarse a zonas de desastre para apoyar a su modo a la población. Ahora, por lo pronto, trabajan en su modelo de autosustentabilidad, para no depender tanto de donaciones o apoyos, porque ellos no cobran por sus servicios, a diferencia de otros grupos que trabajan de la misma manera en el mundo.
Por eso dan cursos y talleres de clown y reactivación de la alegría hasta para empresas privadas, como un método más de resolución de conflictos y mejoramiento del ambiente laboral. También venden espectáculos y comercializan agua embotellada con su logotipo por la que reciben 1.50 por cada unidad vendida.
Durante cuatro años Andrés y Ana Cecilia sostuvieron con sus propios recursos, ahora Risaterapia puede darse el lujo de contar con un administrador y algunos empleados para organizar el trabajo que se replica en otras ciudades, como Cancún y Guadalajara.

Como la diversión no implica desorden, han creado su propio escalafón. Así, quien se suma a Risaterapia deberá cumplir diez visitas a hospitales para obtener la estrella blanca. Después de 25 visitas y otros cursos de capacitación obtendrán la estrella roja, que más tarde se convertirá en azul y luego en estrella gigante, lo que significará que están capacitados para llevar alegría a zonas de desastre.
De lo que se trata, dice Ana Cecilia, es de formar voluntarios profesionales y capaces de promover alegría. Vaya tarea en este mundo…

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http://www.nuevoexcelsior.com.mx/Excelsior/macros/GenericNewsWithPhoto.jsp?contentid=4004&version=1