Organización Internacional Nueva Acrópolis - España
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La Generación del 98 (I)
José Carlos Fernández
¡Helios! Portaestandarte de Dios, padre del Arte, la paz es imposible, mas el amor eterno. Danos siempre el anhelo de la vida, Y una chispa sagrada de tu antorcha encendida Con que esquivar podamos la entrada del Infierno (...)
...que hallen las ansias grandes de este vivir pequeño una realización invisible y suprema; ¡Helios! ¡Que no nos mate tu llama que nos quema!
Rubén Darío
Escribió el injustamente olvidado Felipe Trigo, autor heterodoxo de la Generación del 98, en Crisis de la Civilización: "sería también la solemne ocasión de revisar y reafirmar la legítima e impávida verdad de nuestra fe y la heroica y urgente necesidad de levantarla enhiesta, alta, muy alta, altísima, más alta que jamás, para nosotros mismos hoy y mañana. Y para que también mañana, al menos, la puedan ver, como bandera de gloriosa y redentora Humanidad, como estrella de la Vida". Europa se derrumbaba estremecida por el huracán de una guerra civil (1914-1918) y era necesario un rearme moral que mantuviese íntegro al hombre en medio de los desastres del mundo en que vivía.
Esta conciencia había surgido ya quince años antes en España ante las consecuencias de la pérdida de las últimas colonias, la desmoralización general y la falta de rumbos claros hacia el futuro. Inteligencias esclarecidas y fuertes voluntades se habían erguido desafiantes y sostenían con su tamaño moral el Alma de España: Unamuno, Azorín, Jacinto Benavente, Mario Roso de Luna, Valle Inclán, Felipe Trigo, Pío Baroja, Ramiro de Maeztu, Concha Espina, los hermanos Quintero, Blasco Ibáñez, Ramón y Cajal, los pintores Zuloaga y Sorolla, el escultor Benlliure, los poetas Antonio y Manuel Machado.
Los precursores: almas bañadas en una gracia divina, como Giner de los Ríos en sus misiones pedagógicas, que buscaban liberar la educación del monopolio de la Iglesia. El heraldo: el sincero Azorín, que tímidamente esboza, percibe en lo cristalino del alma la existencia de una nueva juventud que puede hacer renacer a España de sus cenizas. El alma de la Generación, (1) Rubén Darío, el amado de las Musas, que trajo el impulso creativo de las jóvenes y pujantes Américas y los moldes de pensamiento y palabras del París vibrante.
Ya el Cicerón de España, Emilio Castelar, había proclamado en sus ardientes discursos que la España Profunda es la que renace y surge ante las dificultades como el Fénix. Castelar afirmaba que es la muerte, aparente, la que hace renacer a España y desde luego en 1898 clama el Alma de la Patria por una renovación profunda, desde sus prohombres, a los que luego llamó Generación del 98.
Sabemos con certeza que muchos de los autores de la Generación del 98 tuvieron relación directa con la Teosofía o con la ideas de la misma: Roso de Luna fue el más ardiente discípulo español de Blavatsky, Valle Inclán dedica varias de sus obras al Ocultismo teosófico y en La Lámpara Maravillosa divulga todo su programa de estética metafísica; Rubén Darío fue teósofo, Blasco Ibáñez tuvo como íntimos a cargos directivos de la Sociedad Teosófica, etc... Pero insistir en esto sería justificado motivo de un artículo entero. Es importante reconocer, sin embargo, que incluso los que no tuvieron sino relación indirecta con esta Teosofía llenaron su alma de su vivificante impulso: Unamuno, Pío Baroja, Felipe Trigo o Concha Espina pulsan su Alma con su viento, y con su música de ideas renuevan la esperanza de los corazones españoles.
Pero ¿cuáles son las características de estos autores? Son más que escritores, son humanistas. Entre ellos hallamos un Nóbel de Literatura, como el dramaturgo Benavente, pero también de Medicina como Ramón y Cajal. Ideólogos como Unamuno y Felipe Trigo y también polígrafos y eruditísimos como Roso de Luna. Poetas y místicos como Valle-Inclán y Concha Espina. Pero lo que importa es su anhelo profundo, explícito o no, de renovar a España.
Todos castigaron con el látigo de sus palabras la tiranía y la manipulación de las conciencias, pero también todos laboraron por una nueva visión del hombre, y por lo tanto, por un Hombre Nuevo, cada uno según las cualidades de su alma.
Su reforma fue la de las ideas. Más tarde serían necesarios hombres que viviesen responsables de esa nueva visión de España. Ella se les representa a través del paisaje, elemento fundamental en esta Generación. Los paisajes descritos no son sólo el escenario donde desarrollan sus novelas, poesías, discursos; es mucho más: los paisajes se convierten en estados del alma. Es viajando por sus tierras e impregnándose de sus emanaciones como van estos autores tomando conciencia de la realidad de España, de sus sufrimientos y de sus infinitas posibilidades de regeneración.
Unamuno insiste, por ejemplo, en que es a través del paisaje como el español puede empezar a tomar conciencia de su patria, que éste le va a llevar a la percepción del sentido de nuestra Historia. Esta intrahistoria, como él la llamaría, se percibe en la sangre que corre por las venas, en el azul de nuestros cielos, en nuestros castillos enclavados sobre la roca, como naves de piedra desafiando los siglos. Roso de Luna -como también Azorín, Valle Inclán, Unamuno o Pío Baroja- la recorre incansablemente y proclama su responsabilidad histórica.
Los pintores de esta Generación, como Sorolla, describen la España tradicional. Sorolla es el pintor de la huerta levantina, de la luz blanca, que ciega y juega en las espumas de su mar. Pintó para la biblioteca de la Hispanic Society un mural de más de 300 metros cuadrados con temas representativos de las regiones españolas, en catorce paneles.
Unamuno, desterrado, se instala en Hendaya, en la frontera con Francia, para poder caminar por tierra española y embriagarse de las estrellas que muestra su cielo. El paisaje vibra también, con melancolía y gravedad, en los escritos de Baroja. Es quien más se hizo eco del vigor de su tierra y de su mar: "El agua, verde y blanca, saltaba furiosa entre las piedras; las olas rompían en lluvia de espuma, y avanzaban como manadas de caballos salvajes, con las crines al aire".
El es el bardo de los euskeras, obligado a escribir en lengua castellana para cantar al mundo el brío y la sencillez de sus gentes. Sobrecoge escuchar a Pío Baroja -se conservan grabaciones históricas- su famosa invocación en la cueva de Zugarramurdi (2)
"Ahora, en este momento en que toda la vida oscura de la Naturaleza palpita en el misterio; en que se oyen los mil ruidos furtivos de la noche; en que el agua de este arroyo va llevando su canción mixta de alegría y queja al mar... Ahora que en que el negro cielo tiembla una estrella de plata; ahora que el terrible Basojaun lanza su mirada roja por entre las ramas del bosque; en que la Leheren Surgía, de las cuevas pirenaicas, extiende sus siniestras alas por el aire, y la corneja lanza su grito agorero en las selvas; ahora el poeta oye la voz de la soledad, la voz del silencio, que se levanta como la vaga niebla del amanecer, y dice a sus vasallos, a la terrible fauna que puebla el inquieto imperio de la noche: ¡Hadas! ¡Silfos! ¡Sorguiñas! ¡Basojaunes! ¡Lamias!, que peináis vuestros cabellos de oro en los arroyos de Zugarramurdi (...) Y cuando Cupido, en combinación con Morfeo, haya dormido los espíritus de nuestras beldades..., vosotros, hidalgos, caballeros, gentileshombres, velad su sueño, defendedlas contra las hidras y los dragones que vagan en la noche y arrancad las alas de las mariposas y cubrir con ellas delicadamente sus pupilas para que no las dañen los rayos perniciosos de la luna."
Concha Espina, "la dama de la Generación del 98" no describe, más parece que borda los paisajes con hilos finísimos de brillantes colores. Pero entreteje el Alma en sus imágenes con tal maestría que sus cuadros se muestran vivos y palpitantes. En España ya no se reeditan las obras de Concha Espina, ni siquiera La esfinge maragata, quizás la obra maestra de la literatura femenina en lengua castellana. En ella describe las penalidades de las mujeres maragatas (de Astorga, León), con unos maridos itinerantes que las "visitan" una vez al año, sembrándolas nuevos retoños, para compartir el fatigoso laborar de una tierra estéril y sin hombres que la trabajen:
"Ahora, bajo este cielo fuerte y alto, en este paisaje sin contornos, llano y rudo, arisco y pobre, en esta senda parda y muda donde la tierra aparece carne de mujer anciana; aquí, en la cumbre de esta meseta dura y grave, como altar de inmolaciones, tiene la vieja maragata aureola de símbolo, resplandor santo de reliquia, gracia melancólica de recuerdo; su carne, estéril y cansada, también parece tierra, tierra de Castilla, triste y venerable, torturada y heroica. Diríase que, en murmullo de remotas bizarrías, pasa con sigilo por la llanura un hálito ancestral de evocaciones, haciendo marco insigne a la figura legendaria de esta mujer".
Notas:
(1) Nombrado por Azorín como el soporte fundamental de la misma.
(2) En La Dama de Urtubi, Cuentos.





