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La aguja de zurcir
Hans Christian Andersen
Con motivo del 200 aniversario de Hans Christian Andersen
nos hemos propuesto rendirle un pequeño homenaje,
para ello queremos ofrecer a nuestros navegantes uno de
sus cuentos cada mes durante todo el año 2005. Estamos
seguros de que será bien acogida esta iniciativa.
Breve biografía
Hans Christian Andersen es el más célebre de
los escritores y poetas románticos daneses, nació
en 1805 en la ciudad de Odense. Fue un hombre de origen humilde
y formación prácticamente autodidacta, en él
influyeron notablemente escritores como Goethe, Schiller y
E.T.A. Hoffmann.
Sus escritos están en la línea de autores como Charles Perrault y los hermanos Grimm. Hans Christian Andersen creaba personajes que encarnaban los valores, los vicios y las virtudes, no importándole imaginar tanto situaciones fantásticas como reales incluso autobiográficas, ejemplo de esto es el El patito feo, siempre describiendo la eterna lucha entre el bien y el mal donde el amor triunfa sobre el odio, sus personajes, siempre muy vulnerables, se someten al destino cruel en la fe de que algo sucederá y la virtud será debidamente recompensada.
La sencillez y fuerza con que Andersen logra escribir sus obras hace que se popularicen rápidamente, consagrándole como uno de los grandes escritores de la literatura de todos los tiempos, un clásico que atraviesa con éxito el desgaste del tiempo.
Cuento del mes de enero de 2005:
LA AGUJA DE ZURCIR
Érase una vez una aguja de zurcir tan fina y puntiaguda,
que se creía ser una aguja de coser.
- Fijaos en lo que hacéis y manejadme con cuidado -decía
a los dedos que la manejaban-. No me dejéis caer, que
si voy al suelo, las pasaréis negras para encontrarme.
¡Soy tan fina!
- ¡Vamos, vamos, que no hay para tanto! -dijeron los
dedos sujetándola por el cuerpo.
- Mirad, aquí llego yo con mi séquito -prosiguió
la aguja, arrastrando tras sí una larga hebra, pero
sin nudo.
Los dedos apuntaron la aguja a la zapatilla de la cocinera;
el cuero de la parte superior había reventado y se
disponían a coserlo.
- ¡Qué trabajo más ordinario! -exclamó
la aguja-. No es para mí. ¡Me rompo, me rompo!
-y se rompió-. ¿No os lo dije? -suspiró
la víctima-. ¡Soy demasiado fina!
- Ya no sirve para nada -pensaron los dedos; pero hubieron
de seguir sujetándola, mientras la cocinera le aplicaba
una gota de lacre y luego era clavada en la pechera de la
blusa.
- ¡Toma! ¡Ahora soy un prendedor! -dijo la vanidosa-.
Bien sabía yo que con el tiempo haría carrera.
Cuando una vale, un día u otro se lo reconocen -. Y
se río para sus adentros, pues por fuera es muy difícil
ver cuándo se ríe una aguja de zurcir. Y se
quedó allí tan orgullosa cómo si fuese
en coche, y paseaba la mirada a su alrededor.
- ¿Puedo tomarme la libertad de preguntarle, con el
debido respeto, si acaso es usted de oro? -inquirió
el alfiler, vecino suyo-. Tiene usted un porte majestuoso,
y cabeza propia, aunque pequeña. Debe procurar crecer,
pues no siempre se pueden poner gotas de lacre en el cabo.
Al oír esto, la aguja se irguió con tanto orgullo,
que se soltó de la tela y cayó en el vertedero,
en el que la cocinera estaba lavando.
- Ahora me voy de viaje -dijo la aguja-. ¡Con tal que
no me pierda! -. Pero es el caso que se perdió.
"Este mundo no está hecho para mí -pensó,
ya en el arroyo de la calle-. Soy demasiado fina. Pero tengo
conciencia de mi valer, y esto siempre es una pequeña
satisfacción". Y mantuvo su actitud, sin perder
el buen humor.
Por encima de ella pasaban flotando toda clase de objetos:
virutas, pajas y pedazos de periódico. "¡Cómo
navegan! -decía la aguja-. ¡Poco se imaginan
lo que hay en el fondo!. Yo estoy en el fondo y aquí
sigo clavada. ¡Toma!, ahora pasa una viruta que no piensa
en nada del mundo como no sea en una "viruta", o
sea, en ella misma; y ahora viene una paja: ¡qué
manera de revolcarse y de girar! No pienses tanto en ti, que
darás contra una piedra. ¡Y ahora un trozo de
periódico! Nadie se acuerda de lo que pone, y, no obstante,
¡cómo se ahueca! Yo, en cambio, me estoy aquí
paciente y quieta; sé lo que soy y seguiré siéndolo...".
Un día fue a parar a su lado un objeto que brillaba
tanto, que la aguja pensó que tal vez sería
un diamante; pero en realidad era un casco de botella. Y como
brillaba, la aguja se dirigió a él, presentándose
como alfiler de pecho.
- ¿Usted debe ser un diamante, verdad?
- Bueno... sí, algo por el estilo.
Y los dos quedaron convencidos de que eran joyas excepcionales,
y se enzarzaron en una conversación acerca de lo presuntuosa
que es la gente.
- ¿Sabes? yo viví en el estuche de una señorita
-dijo la aguja de zurcir-; era cocinera; tenía cinco
dedos en cada mano, pero nunca he visto nada tan engreído
como aquellos cinco dedos; y, sin embargo, toda su misión
consistía en sostenerme, sacarme del estuche y volverme
a meter en él.
- ¿Brillaban acaso? -preguntó el casco de botella.
- ¿Brillar? -exclamó la aguja-. No; pero a orgullosos
nadie los ganaba. Eran cinco hermanos, todos dedos de nacimiento.
Iban siempre juntos, la mar de tiesos uno al lado del otro,
a pesar de que ninguno era de la misma longitud.
El de más afuera, se llamaba "Pulgar", era
corto y gordo, estaba separado de la mano, y como sólo
tenía una articulación en el dorso, sólo
podía hacer una inclinación; pero afirmaba que
si a un hombre se lo cortaban, quedaba inútil para
el servicio militar. Luego venía el "Lameollas",
que se metía en lo dulce y en lo amargo, señalaba
el sol y la luna y era el que apretaba la pluma cuando escribían.
El "Larguirucho" se miraba a los demás desde
lo alto; el "Borde dorado" se paseaba con un aro
de oro alrededor del cuerpo, y el menudo "Meñique"
no hacía nada, de lo cual estaba muy ufano. Todo era
jactarse y vanagloriarse. Por eso fui yo a dar en el vertedero.
- Ahora estamos aquí, brillando -dijo el casco de
botella. En el mismo momento llegó más agua
al arroyo, lo desbordó y se llevó el casco.
- ¡Vamos! A éste lo han despachado -dijo la aguja-.
Yo me quedo, soy demasiado fina, pero esto es mi orgullo,
y vale la pena -. Y permaneció altiva, sumida en sus
pensamientos.
- De tan fina que soy, casi creería que nací
de un rayo de sol. Tengo la impresión de que el sol
me busca siempre debajo del agua. Soy tan sutil, que ni mi
padre me encuentra. Si no se me hubiese roto el ojo, creo
que lloraría; pero no, no es distinguido llorar.
Un día se presentaron varios pilluelos y se pusieron
a rebuscar en el arroyo, en pos de clavos viejos, perras chicas
y otras cosas por el estilo. Era una ocupación muy
sucia, pero ellos se divertían de lo lindo.
- ¡Ay! -exclamó uno; se había pinchado
con la aguja de zurcir-. ¡Esta marrana!
- ¡Yo no soy ninguna marrana, sino una señorita!
-protestó la aguja; pero nadie la oyó. El lacre
se había desprendido, y el metal estaba ennegrecido;
pero el negro hace más esbelto, por lo que la aguja
se creyó aún más fina que antes.
- ¡Ahí viene flotando una cáscara de huevo!
-gritaron los chiquillos, y clavaron en ella la aguja.
- Negra sobre fondo blanco -observó ésta-. ¡Qué
bien me sienta! Soy bien visible. ¡Con tal que no me
maree, ni vomite! -. Pero no se mareó ni vomitó.
- Es una gran cosa contra el mareo tener estómago
de acero. En esto sí que estoy por encima del vulgo.
Me siento como si nada. Cuánto más fina es una,
más resiste.
- ¡Crac! -exclamó la cáscara, al sentirse
aplastada por la rueda de un carro.
- ¡Uf, cómo pesa! -añadió la aguja-.
Ahora sí que me mareo. ¡Me rompo, me rompo! -.
Pero no se rompió, pese a haber sido atropellada por
un carro. Quedó en el suelo, y, lo que es por mí,
puede seguir allí muchos años.





