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Formas de energía (II)

Salvador Cruañes García

Así como en el mundo físico existen los átomos como estructura mínima de la materia, difícil de dividir, también en el mundo energético existen micropartículas que no se pueden dividir. A estos átomos energéticos Helena Blavatsky los llama “vidas ígneas cargadas de energía”. Se forman y renuevan en relación directa con la luz solar. Cualquier enfermedad va acompañada, en general, de falta de flujo de vitalidad energética. El corpúsculo o globo de vitalidad está formada por siete de estos átomos y forma parte del componente del átomo de oxígeno.

Formas de energía

La totalidad del pensamiento oriental, en concordancia con las antiguas tradiciones filosóficas occidentales, consideran al hombre como parte integrante del universo en una perfecta armonía universal. De ahí se desarrolla la concepción del cuerpo y las energías sutiles interaccionadas entre sí.

La energía universal, principio y fin de todas las cosas, es el Ki. El hombre y el universo fueron creados por el Ki. No es energía netamente física; es metafísica o espiritual. Mientras el hombre recibe el ki, se mantiene vivo y rebosa energía y salud. Cuando el ki le abandona, se debilita y muere.

El concepto de ki se parece en el Japón al de Hara, en el pensamiento chino tradicional del Tao, y entre los hindúes, al Prana. Lo engloba todo. El ki puede ser positivo o negativo, liberador o destructor. Quien se abandona, llena su cabeza de ideas nefastas y ve el lado negativo y problemático de todo lo que acontece; tiene un ki negativo. Sin embargo, aquel que es capaz, en todas las ocasiones de la vida, de transmitir a la gente el buen humor y las ganas de vivir, aun con los problemas que la existencia nos acarrea, dispone de un ki positivo.

Epicteto, Marco Aurelio, Platón, Plotino, Giordano Bruno, H. P. Blavatsky, J. A. Livraga, Sensei M. Ueshiba (maestro fundador del aikido) y otros cientos de personajes, son ejemplos de la potencia y la irradiación de un ki positivo. Ni las enfermedades, ni los ciudadanos, ni los sufrimientos físicos o morales consiguen empañar sus personalidades, o desviarlos de su entusiasmo por transmitir a los hombres los medios para recuperar algo siquiera de esa sabiduría divina que perdimos.

Existen en las artes marciales técnicas para la adquisición y desarrollo del ki, un arte de respiración adecuado y otro para concentrar la energía correctamente en el Hara. La doctrina del Hara (palabra japonesa que significa “vientre”) procede del concepto del centro, cuya importancia no es solamente humana, sino cósmica y universal. Su amplitud se extiende de lo absoluto a lo particular y toca todas las esferas del ser humano. Miyamoto Musashi nos dice: “El centro es estabilidad, armonía. De él parten todas las cosas y a él vuelven. Es el sitio donde radican todas las energías. Pero ese lugar está vacío”.
Cuando el hombre actúa de forma armoniosa utiliza el ritmo, que es, a decir de Musashi, el cuerpo sutil de la energía. Se convierte en el vacío, lo que contiene y engloba toda realidad, el lugar donde lo que es existe sin estar. Esto nos lleva a la afirmación de que lo que hace un experto parece lento, pero nunca se aparta del ritmo. Por increíble que parezca, consigue dominar el tiempo. En aquello que para nosotros es una fracción de segundo, un Maestro es capaz de analizar una situación y decidir cómo actuar.

Esto solo se consigue a través de un profundo estudio interno y un gran dominio de uno mismo. Se han dado casos de mujeres que, ante determinadas circunstancias en las que estaba en juego la vida de sus hijos, fueron capaces de levantar pesos diez veces superiores al suyo propio. Al preguntarles, no supieron responder de dónde habían sacado esa energía.

Del Maestro Ueshiba se dice que, en cierta ocasión, fue retado por un gran luchador de sumo japonés. Este le sobrepasaba en 30 cm de altura y en bastantes kilos de peso, pero, ante su sorpresa, se vio vencido por este viejecito aparentemente endeble.
Una anécdota japonesa de la Segunda Guerra Mundial nos habla de un piloto que, en combate, perdió la vida, pero era tal su sentido del deber, que consiguió atar su espíritu al cuerpo hasta que llegaron a la base todos los aviones de su cuadrilla. Hecho el análisis forense por los médicos, constataron que hacía horas que su cuerpo estaba frío. ¿De dónde obtuvo esa fuerza, esa energía que a nosotros nos parece milagrosa?

A veces creemos haber llegado al límite de nuestras energías. Sin embargo, al romper psicológicamente con esa idea, al hacer un sobreesfuerzo, vemos cómo se rompen los velos de ilusión y un caudal inimaginable de energía acude en nuestro socorro. Nos dice Michel Random que aplicar toda la energía en dominar un punto es manifestar toda la realidad de ese punto, que se agranda como un horizonte.

Aunque la energía es más fuerte si se libera sobre un mismo punto, no debemos olvidar mantener la mente abierta para ver la totalidad del ser. Todas las energías existen en nosotros; nuestra tarea es investigar cómo despertarlas convenientemente y utilizarlas para el desarrollo de la Humanidad.

Cuanta más energía damos, más llenos nos encontramos. Hoy en día hay estudios científicos sobre biorritmos en el ser humano, pero a nivel esotérico cabe preguntarse hasta qué punto es bueno dejarse limitar por ellos. Uno se marca sus propios límites. Todos los grandes Maestros de la Humanidad llegaron a adquirir un dominio completo sobre sus cuerpos y energías, y aun llegaron a dominar las energías de la Naturaleza y de los elementos. Pero los dioses se cuidan mucho, como nos dice Annie Besant, de desvelar sus secretos a aquellos individuos que harían de estos elementos armas para obtener sus deseos egoístas.

Hay que saltar fuera del encasillamiento intelectual. La energía que brota de la mente cuando esta se silencia llega donde la lógica ni siquiera concibe que se pueda llegar. “La mente es el gran destructor de la realidad. Destruya el discípulo al destructor”, nos dice La voz del silencio. Somos bambúes por donde circula la energía. Esta se intensifica cuando nos relajamos y nos libramos de bloqueos, nudos psicológicos, cortocircuitos emocionales. Debemos llegar a despertar esa energía que está en nosotros, no dormida, sino en potencia. Al igual que un analfabeto no sabe interpretar las letras y captar las ideas que transmiten, si no aprendemos a extraer esas energías ocultas, internas, de las que nos hablan todos los Maestros, no aprenderemos jamás a leer en el gran libro de la Naturaleza.
¿Cómo hacer para vencer ese miedo y volvernos incansables? En primer lugar, debemos tratar de ir sublimando nuestras energías. Dedicar más energía a lo espiritual, a lo eterno, a lo verdadero. Perdemos demasiadas energías alimentando nuestros sentidos. Para romper el cansancio y recuperar las energías rápidamente, basta con quebrar la tensión, buscar el equilibrio, apaciguarnos. El gran secreto para volverse infatigable es aprender a trabajar con amor. El amor fortalece, vivifica, resucita. Trabajad durante horas con amor y no sentiréis la fatiga, pero trabajad durante algunos minutos sin amor y os quedaréis sin fuerzas. El secreto está en trabajar con amor en lo que se hace; el amor despierta todas las energías.

“¿Qué es trabajar con amor? Es tramar la tela con hilos extraídos de vuestro corazón como si vuestro amado fuera a utilizar esta tela. Es levantar una casa con cariño, como si fuerais a habitar en ella con vuestra amada. Es sembrar con ternura y cosechar con gozo como si fuerais a gozar del fruto con vuestra amada. Es difundir en todas las cosas que hacéis el aliento de vuestro espíritu. Es saber que todos los muertos benditos se hallan ante vosotros observando”. Hermosas palabras del poeta Khalil Gilbran.

La música y el buen humor juegan un papel catalizador y potenciador en las actividades del hombre. En la fase inicial de un trabajo corporal es idóneo disponer de una música desenfadada, que desinhiba, con mucho ritmo, que facilite la movilización de los flujos energéticos, la ruptura de bloqueos. Por el contrario, para la relajación y la meditación, tras liberar los canales obstruidos y las energías negativas, se necesitaría una música suave, etérea.

Al estar formados e interrelacionados con todos los niveles de la energía, podemos afirmar, con aquel bendito Platón, que nosotros también somos dioses. ¿No es acaso la energía la más clara y omnipresente forma de Dios?

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