Organización Internacional Nueva Acrópolis - España
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Los relojes biológicos
Jorge A. Livraga Rizzi
En su eterna búsqueda, volcada ahora hacia la vertiente científica, el Hombre ha redescubierto los llamados relojes biológicos. Se sospechó de su existencia desde hace más de un siglo, cuando la Ontogenia se relacionó con la Filogenia.
Y decimos que se han redescubierto porque en la medicina de
los antiguos egipcios ya se sabía que cada parte del
cuerpo, de la psiquis y del Alma, estaba regida por un genio
diferente o razas de genios diferentes que, como es lógico,
actuaban de diferente manera y tenían ritmos vitales
disímiles. Esto es fácil constatarlo. En la
práctica vemos que una persona que muere por insuficiencia
hepática, lo. hace con el corazón en excelente
estado, o en tantos otros ejemplos que han servido de base
para la formación de bancos de órganos aptos
para el transplante a otros cuerpos; pues siguen con capacidad
de funcionar, aunque sus compañeros hayan provocado
la muerte de ese biorrobot que llamamos "cuerpo".
Y no hablamos de los casos de fallecimiento por accidente,
sino de los de muerte "natural".
Referirnos al tema desde un ángulo de visión
estrictamente materialista entraría en contradicción
con la realidad, pues en la formación fetal, las primeras
diferenciaciones celulares -o sea, los primeros relojes que
empiezan a funcionar independientemente- son las relativas
al sistema nervioso alto y central. Si todos los relojes biológicos
estuviesen ajustados de la misma manera, es evidente que todos
moriríamos por vejez y falla de esos elementos, y no
por otros más "nuevos", como el estómago,
las estructuras óseas o las " vías respiratorias.
Cabe pensar, también, que las diferentes formas de
vida desajustan ciertos relojes y eso puede ser cierto, puede
ser verdad... pero no toda la verdad. Hermanos que han nacido
de la misma pareja, en circunstancias casi idénticas,
y se desarrollaron en el mismo ambiente, suelen ser física,
psicológica y espiritualmente muy diferentes y presentar
características de madurez biológica parcial
o total propias de cada uno.
Lo único que podríamos mencionar como igual
en todos los seres humanos es, precisamente, su desigualdad.
Dicen que Hipócrates, hace dos milenios y medio, tenía
como principio fundamental el lema: "No existen enfermedades,
sino enfermos".
En verdad, existen las enfermedades y también ellas
están regidas por una especie de elemental o genio;
pero sus manifestaciones, al ser aplicadas a personas diferentes,
con karmas diferentes, no pueden ser iguales.
Así, salvo en los casos de grandes epidemias, en los
cuales la fuerza de la enfermedad aplasta toda resistencia
y abate a gran número de afectados, dando la sensación
de igualar el "castigo", no podemos afirmar que
todos los humanos, y aun todas sus partes constitutivas, sean
regidas por "tiempos" iguales o, mejor dicho, por
"edades" iguales.
Habrá jóvenes de veinte años con el corazón
ya viejo, o ancianos de setenta y cinco con este órgano
en condiciones tales como si de una persona de treinta o cuarenta
años se tratase.
Estas diferencias que señalan distintas edades de los
órganos físicos, también se dan en planos
más sutiles, como el vital, emocional y mental.
Aparte del grado de desarrollo egoico, que evidentemente cuenta,
es visible la acción de estos relojes sobre nuestras
emociones y pensamientos. La "madurez" que a veces
apreciamos en un adolescente no es siempre efecto directo
de su calidad egoica, sino de un manejo de las circunstancias
externas e internas que no está acorde con sus pocos
años, sino como si el doble o el triple tuviera.
Los relojes, o genios o elementales, que rigen el más
o menos acelerado tiempo de cada uno de los .componentes de
nuestra personalidad, se reflejan de manera más evidente
-en lo físico- en los sistemas simpático y parasimpático,
así como el hormonal. Es maravilloso el mecanismo que
rige el crecimiento, ya que si una persona, por ejemplo, creciese
con el mismo ritmo con que lo hace en su primer año
de vida, llegaría a un tamaño elefantiásico
y a un peso de varias toneladas antes de los veinte años.
Eso la aplastaría, le quebraría los huesos y
le causaría la muerte, salvo que se mantuviese flotando
en un medio líquido, como las ballenas.
Asimismo, el genio que rige el aparato hormonal va a dar capacidad
de reproducción a una mujer o a un hombre a partir
de cierta edad y se detendrá luego, cuando el esfuerzo
de engendrar, sobre todo en el plano de lo energético,
ponga en peligro la salud y la vida del cuerpo.
No descartaremos, entonces, que otros genios lo hagan también
con nuestros órganos de expresión en los distintos
planos.
La pregunta se hace evidente: ¿qué o quién
rige a esos relojes, a esos genios? La respuesta sería
demasiado larga para este artículo, pero en líneas
generales podemos afirmar que es la madeja kármica
la que lo hace. Y cuando nos referimos a la "madeja"
es porque no sólo existe, como sabéis, un tipo
de karma (1), sino muchos: desde el personal inmediato hasta
el colectivo cósmico con sus influencias estelares
y planetarias. Y de centros energéticos, los unos telúricos
y los otros espaciales, pues así como los astros visibles
influencian a nuestros cuerpos visibles de manera directa
y a los demás indirectamente, los "dobles"
de estos astros y otros que no tienen cuerpo físico,
actúan sobre nuestros cuerpos sutiles e invisibles,
y no puede descartarse su peso en los acontecimientos concretos.
* * *
Otra pregunta que surge impetuosamente, es: frente a todo
esto con su enorme fuerza y complejidad ¿podemos hacer
algo para ayudarnos a nosotros mismos y también a los
demás? ¿Somos simples espectadores de un mecanismo
que, por sutil que sea, no deja de tener características
mecánicas, como si fuese una gran computadora programada
hace millones de años y en la que los nuevos datos
integrados afectan de manera insignificante al comportamiento
general.
Es evidente que nos encontramos ante una forma de computadora
ya programada desde hace millones de años que se va
cargando de nuevos elementos y despojándose de otros
constantemente.
Pero no debemos caer en el error, sugerido por los materialistas,
de creer que todo lo que no es estrictamente humano es simplemente
mecánico. Lo "mecánico" es tan sólo
un camino construido con mayor justicia y bondad por la Mente
Divina, basándose en nuestras acciones y decisiones
pasadas, buscando que superemos nuestras imperfecciones y
dándonos la oportunidad, a través de la Filosofía
(2), de apreciar toda esta maravilla, lo cual es la mejor
prueba de que Dios existe.
Sí, podemos hacer no algo, sino mucho, por ayudar a
otros y a nosotros mismos en nuestra marcha vital hacia la
realización. Para eso tenemos la voluntad, la chispa
espiritual indestructible que es el hilo brillante que une
nuestras efímeras reencarnaciones.
Con nuestra mente ejercitada en la filosofía así
entendida podemos, apenas nos decidamos seriamente a ello,
dar más cuerda a los relojes que se están parando
o ajustar el mecanismo de otros que se nos disparan, por ejemplo
en ataques de pasión o ira.
Evidentemente nuestra posibilidad de modificación está
limitada a nuestra propia jaula kármica y por nuestra
propia debilidad para vencernos a nosotros mismos. Dejando
de lado nuestros "contenedores" cósmicos,
a los que no podemos acceder en nuestro actual momento evolutivo,
y sobre los cuales es pérdida de tiempo dialogar, entra
dentro de nuestras posibilidades inmediatas el llevar una
vida física, psíquica y mental lo más
natural posible y lo más descontaminada. Para abundar
en claridad: no me refiero a hacer gimnasia o dejar de hacerla,
usar azúcar o sacarina, convertir nuestro plano psíquico
en un santuario o nuestra mente en un diamante impoluto; no.
Me refiero a cosas más a nuestro alcance y que no respondan
a modas ni a alienaciones pseudomísticas; simplemente:
evitar intoxicarse física, psíquica y mentalmente.
Como dirían los estoicos: "Nada en exceso".
Sólo eso. Y saber aceptar las bonanzas y las tormentas
como hechos naturales.
NOTAS:
(1) Karma: vocablo sánscrito que designa la ley de
compensación, o de causa y efecto.
(2) Filosofía: Amor a la Sabiduría, búsqueda
de la Verdad.
Fuente: REVISTA N.A. nº 155, diciembre de 1987:"Los relojes biológicos" (Jorge Angel Livraga)





