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Los Templarios y el Camino de Santiago (I)

José Carlos Fernández

En el momento actual se tiende a revalorizar (quizás porque nos hallamos en los umbrales de un nuevo milenio y también, al decir de cada vez mayor número de investigadores y filósofos, de una Nueva Edad Media) la función vitalizante que supuso el Camino de Santiago.

Los Templarios y el Camino de Santiago

Este papel civilizatorio que encontramos en el Camino de Santiago lo es en lo comercial, reabriéndose antiguas vías; en lo humano, con una fusión y encuentro de distintas culturas y pueblos de la actual Europa; en lo artístico, con una amplia difusión del románico y primeros ensayos del gótico; y en lo místico, haciendo que un ideal común iluminase a tantos y tantos peregrinos, que unificase ambiciones, anhelos, que guiara variadas tendencias de los hombres en estos momentos de la Edad Media, armando, casi nos atrevemos a decir, la estructura de una nueva civilización.

Nadie duda ya de la importancia de la misión asignada a los templarios en este proceso de reconstrucción del viejo Imperio Romano, con una renovada savia mística surgida del Oriente. Valientes, impecables, misteriosos, plenos de ígnea pureza, con el triple hábito de castidad, pobreza y obediencia, se convierten en custodios de los caminos sagrados, en defensores a ultranza de aquello que haga crecer al hombre y comprender y vivir la unidad de esfuerzos humanos; propagadores fieles, comprometidos y responsables de una nueva fe que hace estallar en el corazón de sus adeptos los principios de una Caballería celeste, bajo el humilde hábito de la túnica de blanca pureza y la cruz roja de regeneración universal. Forman a las gentes sencillas en profesiones artesanales, los cobijan bajo su ordenada, férrea y generosa administración y los llevan de nuevo, en armonía con sus creencias, a las prácticas de una religión más natural, en un folclore de indudables raíces paganas.

¿QUIÉNES CONFORMAN ESTA ENIGMATICA ORDEN DEL TEMPLE?

Esta Orden se funda en Jerusalén, a la sazón en poder de los cruzados. Nueve caballeros, "los pobres soldados de Cristo", se instalan en las ruinas del Templo de Salomón. Nueve años después, en el Concilio de Troyes, el abad Bernardo de Clairvaux se encargó del destino de estos caballeros, haciendo que el Papa reconociese esta nueva Orden, de doble finalidad: religiosa y militar. Poco a poco la Orden fue ganando en riquezas materiales, necesarias para su subsistencia y para el cumplimiento de la misión que se habían impuesto. Al principio fueron donaciones que luego se vieron acrecentadas por la habilidad con que los propios templarios administraban sus bienes. Además, los Papas, exceptuaron a la Orden de cargos y diezmos.

Durante doscientos años la Orden crece y se extiende por Europa y el Mediterráneo, desde el Reino Latino de Jerusalén, con sus aledaños, Anatolia o Armenia, hasta los confines del Mar Tenebroso en las Islas Británicas. Desarrollará una perfecta organización económica, religiosa y militar, con una gran fuerza exotérica y profundas raíces esotéricas, que estará presente en las manifestaciones fundamentales de la cultura medieval.

Regidas por una regla aprobada por el Papa, la "regla latina", es posible que existiese otra secreta que se transmitirían oralmente. Pero el desarrollo de la Orden hizo crecer la envidia en la misma proporción, al punto de que en el siglo XIV el rey Felipe el Hermoso hizo que se suprimiese. Un largo y dudoso proceso, y no menos dudosos testigos, escogidos entre los hermanos excluídos de la Orden por mala conducta, pusieron fin -al menos en lo formal- a esta congregación religioso-militar, con la cesión de sus bienes a la Orden del Hospital.

En el lema Non nobis, Domine, non nobis, Domine, non nobis, sed nomine tuo da gloriam (nada para nosotros, Señor, nada para nosotros, sino para la gloria de tu nombre) hallamos la fundamental importancia que daban a la humildad, la caridad, el servicio y el amor a su Ideal.

Se ha insistido mucho en el aspecto esotérico y ritual de los templarios, del que se conoce muy poco y se especula mucho, pero es necesario no olvidar el impulso civilizatorio. Parafraseando a Rafael Alarcón: desbrozaban, roturaban, desecaban pantanos, explotaban salinas, canalizaban los ríos y lagunas, cultivaban, abrían nuevas vías de comunicación o reconstruían otras fuera de uso - especialmente calzadas romanas- reduciendo el peaje o eliminando éste y otros impuestos que obstruían el comercio, protegiendo a comerciantes y peregrinos; establecían mercados de los que eran beneficiarios, fundan nuevos pueblos con colectividades humanas de diversa procedencia, repueblan territorios enteros. Sus economistas revolucionan el sistema mediante la introducción de la letra de cambio, con lo que se podían hacer transacciones nominales y viajar tranquilos sin miedo a los robos de los valores en metálico. Pagan rescates a princesas y reyes, financian la construcción de los grandes edificios góticos, colaboran en la fusión de las culturas cristiana y árabe (con la consiguiente transmisión de conocimientos de éstos a aquellos), consiguen en los territorios por ellos regentados el sincretismo y la tolerancia entre cristianismo, islamismo y judaísmo; resucitan las milenarias tradiciones esotéricas, fomentan los contactos entre filósofos e intelectuales de las tres grandes religiones, activan polémicas constructivas, fundan Universidades y centros de cultura (Escuela de Traductores de Toledo, Escuela Náutica de Segres, Insituto Luliano de Mallorca, Universidades de Palencia y Coimbra...); actúan con admirable eficacia en lo político: Independencia de Portugal, Cortes leonesas de 1188, en la Concordia de "Sotofermoso" entre Alfonso IX de León y Alfonso VIII de Castilla y en la educación de futuros monarcas como Jaime I de Aragón o Federico II de Alemania.

Respecto al Camino de Santiago, que es el tema que nos ocupa, en él se instalaron y se erigieron en guardianes, fomentando el culto y las peregrinaciones tanto a Santiago como a los diversos santuarios de interés trascendente intercalados en las rutas principales. Edifican sus propios santuarios en las encomiendas del Camino y entronizan diversas devociones a la Virgen Madre Negra.

Analicemos algunas de las distintas construcciones atribuidas a los templarios y que se hallaban en el Camino de Santiago, pues son estos perennes documentos en piedra los únicos que poseemos para desentrañar el misterio de la actuación de esta Orden de monjes guerreros en el Camino Jacobeo.

NUESTRA SEÑORA DE EUNATE

Se halla en la provincia de Navarra, a tres kilómetros de Puente la Reina (importante encomienda templaria, donde se juntan el Camino navarro y el francés, procedentes de Somport y Roncesvalles respectivamente).

Para el peregrino, el camino que lleva a Eunate es penoso. El efecto del paisaje en el verano es desolador y, como ocurre con el emplazamiento de otras construcciones templarias, es tal la "tensión" del lugar, la austeridad de sus líneas de construcción, que provocan (al menos, ésta fue mi experiencia personal y la de otros peregrinos con los que conversé de esto mismo) una especial sensación de extraño cansancio y "aplastamiento", que imagino debía preceder a un alumbramiento a otra realidad más sutil, imperiosa, inconmovible.

Eunate significa en vasco "las Cien Puertas", haciendo referencia a los arcos de que está rodeada esta iglesia octogonal atribuida al Temple. Durante el Medioevo se celebraba en el equinoccio de primavera una romería desde Puente la Reina hasta Eunate. Aunque se desconoce el ritual que llevaban a cabo, es muy posible que en él se efectuase una danza de entradas y salidas por cada una de las puertas, dibujando figuras geométricas relacionadas con la ruta del Sol en su aparente recorrido en el año.

En 1142 los templarios se instalaron en Puente la Reina y construyeron esta enigmática iglesia poligonal irregular (tan propia de los Templarios). Podemos destacar en ella varios elementos de interés en relación con el Temple:

Así, a pesar de la carencia de datos escritos que afirmen la procedencia templaria, los símbolos en piedra identificados en otras construcciones y las tradiciones populares pesan muy a favor de esta idea. De todos modos, los datos más antiguos que poseemos no son anteriores a 1520.

En Eunate encontramos una serie de símbolos lapidarios. Desconocemos su significado: ¿harán referencia, quizás, a la misteriosa reina que según la leyenda muy antigua albergaría?. La portada principal, en el Noroeste, está flanqueada por dos capiteles que sostienen la cornisa en que nacen las arquivoltas. Representan dos cabezas humanas de enormes ojos abiertos. Rostros con grandes barbas enrolladas que forman en conjunto cuatro espirales. Estos rostros sorprenden al peregrino como un viento gélido que desnuda el alma. La doble espiral de sus barbas, presente en la misma cruz templaria, es la espiral que succiona hacia la tierra en un sentido, y que eleva hacia el infinito en el otro, y en medio queda el aspirante, símbolo del hombre en la eterna encrucijada, representado en un capitel cerca de la puerta antedicha, en la galería de arcos; es un Cristo propio de los templarios, carece de cruz, él mismo es el hombre cruz.

Las columnas, como lotos que abren sus pétalos sólo en lo más elevado, reproducen la vida del templario, su continua soledad de transmutación, su vigoroso crecimiento vertical para abrir su alma en dimensiones y vivencias que le unen a sus hermanos del Temple en profunda e indisoluble fraternidad. En la piedra, en su propio ascenso, el sello que indica la presencia de Dios como Viento Espiritual, como Sol de Justicia, el símbolo que reproduce el más antiguo del Dios Amón egipcio.

PORTADA DE EUNATE

La portada NE se abre en una serie de nueve arquivoltas (sin contar el arco de la puerta propiamente dicho, que consta de once piedras). En la novena arquivolta hay una serie de doce imágenes, más una central. Extrañas imágenes que podrían representar los doce signos del Zodíaco mas el Sol (la imagen central con cabeza de Bafomet).

En la simbología románica, la portada representa al cielo. Las arquivoltas son entonces distintos cielos hasta el último (el noveno) donde estarían impresos los signos del Zodíaco. En la tercera arquivolta vemos imágenes de plantas. En la quinta una sucesión irregular y aparentemente caprichosa de seis estrellas y medias esferas (que podrían representar los nueve planetas más seis estrellas fijas de interés en Astrología). Si desde el centro de la portada trazamos radios sobre estas estrellas y esferas, se proyectan sobre cada una de las imágenes de la arquivolta exterior (menos sobre la imagen del templario). ¿Significará esto quizás que nos hallamos frente a una representación del Zodíaco?. Las posiciones de estrellas y semiesferas (planetas) hablan de un momento especial en que el cielo tuvo esa disposición, o son un emblema de poderosas enseñanzas, en cuanto los signos zodiacales representan los arquetipos y los planetas o estrellas la canalización activa de los mismos. Los ángulos exactos que conforman dicen también de un exacto y trascendental mensaje legible sólo por el iniciado.

En el pueblo de Olcot, a diez kilómetros de distancia, encontramos una portada que es casi simétrica respecto a la antedicha. Presenta las mismas imágenes que las de Eunate (salvo dos, una especie de cisne y un pájaro con cola de serpiente). El perfecto estado de conservación en que se halla, a pesar de estar expuesta a los vientos del Norte, y la forma simétrica respecto a la de Eunate, hacen pensar que dicha portada no debe llevar mucho tiempo allí y que correspondería con la puerta Sur de Eunate. En esta portada aparece también una cara con doble espiral, y grabado sobre la columna interior derecha un cordero (puede ser otro cuadrúpedo). Y en el tímpano de esta última el Crismón, símbolo éste que merece especial atención. Si este símbolo lo descomponemos en sus símbolos fundamentales aparece un hacha de doble filo (el laber) y una Tau con una serpiente ascendiendo. El alfa y el omega inscritos se refieren al principio y fín, que dispuestos en un círculo dicen de la circulación continua, el flujo eterno del Todo en el Todo. En la parte superior del símbolo, la letra griega P, que entre los pitagóricos era símbolo del número 100, o sea, 10 x 10.

Destacamos entre las imágenes de ambas portadas la de un Caballero que viste el hábito de los Templarios, larga túnica y capa cerrada por un broche en forma de serpiente, apoyándose sobre un rostro grotesco que saca la lengua. La capa asemeja dos alas plegadas que dicen de la naturaleza celeste del "templario" o del hombre que ha reencontrado su propia inmortalidad, y que permanece en el mundo con las alas perfectamente desarrolladas, pero plegadas, para ayudar a sus semejantes. Lleva la cabeza cubierta por un extraño gorro de ceremonias, a la manera del casco de Ptah, Dios del fuego en Egipto.

Es también de interés una representación de la Madre-Tierra como una mujer desnuda en cuyo cuerpo se enrosca una serpiente que surge de sus pies y va a beber en una copa que sostiene entre las manos.

Otro elemento muy interesante en esta construcción es el de las asimetrías y desviaciones de los ejes. Como en la casi totalidad de las construcciones medievales, éstos expresan el principio pitagórico de que lo par, lo simétrico, es la muerte, mientras que lo impar, lo asimétrico, es el desequilibrio y, por lo tanto, la vida. Estas desviaciones lo son de 9 grados, 27 y 36, todo ello múltiplos de 9, con lo que es posible que éste sea el número mágico que preside toda la obra de Eunate, como expresión del 9 = 8 + 1; la propia construcción octogonal de Eunate y el Espíritu de Unidad que lo habita.

PUENTE DE LA REINA

Pequeño pueblo navarro en el punto de confluencia del Camino Francés y el Navarro. Allí la Orden del Temple edificó un hospital de peregrinos y la Iglesia de Nuestra Señora de los Huertos hacia el año 1130. La situación de ambas es la siguiente; a la derecha la Iglesia, a la izquierda el Hospital, y en el centro el Camino de Santiago, que pasa bajo un arco abovedado entre ambos edificios.

El peregrino experimenta tensión en el ambiente, una ciudad llena de melancolía, una congelación del presente en el pasado, desde el fatídico año del proceso de estos monjes guerreros y constructores.

La templaria Iglesia de Nuestra Señora de los Huertos se convertiría en la sanjuanista Iglesia del Crucifijo, como se conoce ahora. Primero se edificó la nave mayor en estilo románico y en caracteres arcaicos, con el interesante detalle de tener quebrado el eje longitudinal según el principio simbólico de asimetría. Con posteridad se levantó el pórtico y la portada, plena de signos románicos, con arquivoltas que son ya del gótico inicial. Finalmente de construyó un segunda nave, más pequña, al Norte, con el propósito de albergar cierto crucifijo... Y aquí nos encontramos con uno de los grandes misterios de Puente Reina: el crucifijo de la Pata de Oca, Cristo de origen germano, donado por unos peregrinos (¿templarios?) en agradecimiento a la hospitalidad recibida, en calidad de exvoto.

Los brazos laterales de la cruz forman una Y (letra símbolo de los pitagóricos y de los maestros constructores). Mientras que el palo central se prolonga hasta la altura de dichos brazos. Los maderos semejan un árbol sin labrar al que simplemente se le ha despojado de las ramas secundarias. La corona está constituida por dos gruesas sogas trenzadas de grandes espinas. Los pies son desproporcionadamente grandes: es el símbolo del Alma, como peregrino de las infinitas y polvorientas sendas, a la manera del Edipo griego, el de los pies hinchados. En ausencia de documentos concretos, hay sin embargo, muchos datos que inducen a pensar que este Cristo llegó a esta iglesia cuando estaba regentada por los templarios.

Es un Cristo que representa en su forma singular de Y la intersección de los dos caminos, la Gran Elección, la Encrucijada; encontramos también la Pata de Oca, símbolo de reconocimiento de las antiguas fraternidades de constructores, que dice de las huellas de Dios como ave celeste sobre la Tierra.

En la Iglesia de Santiago, también en Puente de la Reina, hallamos junto a la portada la imagen de un guerrero matando a una fiera, imagen que nos muestra la mística templaria. Antes de penetrar el hombre en lo sagrado, debe combatir las pasiones, la inercia, el miedo, representados por el animal. Y en la portada observamos una serie de columnas rematadas con un capitel con forma de cabezas humanas, con rasgos de distintas razas, que habla de otro de los ideales templarios; son los hombres-columna, verticalizados al convertirse en encarnación de Ideales superiores; nada queda en ellos salvo un camino de ascenso, y su parte superior esférica, perfecta; dice también de la unión de diferentes razas y pueblos para constituir unidos en lo superior un Imperio-Confederación de hombres armonizados-, objetivo de los templarios en Europa y en Oriente, y quizás también en América (ante el escepticismo que pueda despertar esta afirmación, deberíamos preguntar a los símbolos de reconocimiento templario en las carabelas de Colón).

Continúa