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¿Es posible el contacto con seres incorpóreos? (II)

Jorge Ángel Livraga Rizzi

Respecto a la muerte, decían los antiguos que sobreviene poco a poco. Se van presentando algunos daños en determinadas zonas que hacen que al fin sea insostenible la posibilidad de tener un cuerpo físico. Ese cuerpo físico empieza a tener problemas de todo tipo. La parte etérica obviamente también está deteriorada. Es una especie de rueda, una cosa deteriora a la otra. Entonces se cae en lo que en Astrología se llama el cono de tinieblas, donde está el último punto de muerte. Al llegar a ese cono, cuando ya no se puede salir, todo empieza a enfermar y a destruirse según el destino de cada cual. Queda el doble, que está muy cercano a la parte física, lo que generalmente se llaman los «fantasmas», que son los que provocan ciertos fenómenos físicos, voces, lamentos, temperaturas diferentes en el aire, movimientos de algunos muebles, el encendido o apagado de luces.

¿Es posible el contacto con seres incorpóreos?

Ya en época de Platón le preguntaban a Sócrates: «¿Es lícito que llamemos en las encrucijadas de los caminos a los espíritus para que nos ayuden?», y Sócrates decía: «Cuidado, generalmente los espíritus que están en las encrucijadas de los caminos no son los más altos, los más elevados, son simplemente hombres perdidos que están a su vez esperando que alguien les diga hacia dónde ir». O sea, que el contacto con este tipo de espíritus no es excesivamente bueno. Desde mi punto de vista no es bueno de ninguna manera. Lo que pasa es que tal vez sea bueno para aquel que no cree en nada, porque el hecho de ver uno de esos fenómenos parapsicológicos nos devuelve cierta raíz de Fe.

Éstos en realidad no son espíritus. Digamos que son formas de tipo espiritual incorpóreas que Helena Blavatsky –la gran Iniciada del siglo pasado– llamaba los «cascarones astrales». Poco a poco, si no son alimentados, porque pueden ser alimentados, al evocarlos, al llamarlos, al poner ofrendas, como se hacía en la Antigüedad y todavía se hace hoy en muchos pueblos de la Tierra: de leche, de miel, de perfumes, también van rompiéndose, destruyéndose. Pasar el puente ya es otra cosa. Si estamos muy aferrados a las cosas del mundo nos va a ser muy difícil, pero si no lo estamos podemos pasarlo y gozar de un largo descanso.

Según los hindúes existen dos destinos: Devakán y Kamaloca. El Kamaloca (literalmente, «lugar de los deseos») y el Devakán («lugar de los devas o ángeles»), permitirían cierta separación como entre dos formas de «cielo». Lo encontramos también en las antiguas creencias egipcias, cuando hablan del «Amenti», o sea, el cuadrado mágico en el cual las alas de Amón se sitúan en la parte iluminada del cuadrado. También lo vamos a encontrar en las creencias de la América Precolombina, cuando nos hablan de la subida y de la bajada de Quetzalcoalt, que se va a convertir en el dios Xolotl (en las tinieblas asume la forma de un perro, igual que el Anubis egipcio). O sea, que para los antiguos quedaba tan sólo la parte inmortal, imperecedera, para volver a tomar masa otra vez.

Tenemos que entender que todos somos en cierta manera espíritus incorpóreos. Somos en realidad invisibles, imponderables y solamente son visibles los reflejos del mundo material, aquí abajo. Así el efecto del imán es invisible a no ser que dispongáis las limaduras de hierro para que se vea. Nosotros también estamos polarizados, encarnados, atrapados en la parte exterior. Desde el punto de vista esotérico, filosófico, la muerte no existe, existe simplemente una forma de sueño profundo. Cuando dormimos existe un momento de sueño muy profundo donde el cuerpo está absolutamente inmóvil, según ha descubierto la Psiquiatría contemporánea. La moderna nomenclatura lo llama sueño paradójico. Ese sueño es el que nos permite soñar, vivir en otra dimensión, en otro mundo. De alguna manera, todos por la noche morimos y volvemos a resucitar por la mañana. Todo nuestro aspecto orgánico se aminora con el sueño, los latidos del corazón van siendo más lentos, los músculos estriados van aflojándose, etc.

Es lo que necesitamos para volver de nuevo a la actividad, a este gran péndulo que, como el de Foucault, sigue marcando nuestra existencia hacia un lado y hacia otro. Lo importante tal vez no sea el péndulo en sí, sino de dónde pende. No os dejéis engañar por el movimiento del péndulo de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, mirad hacia arriba. A medida que elevéis la mirada vais a ver que se mueve menos y llega un momento en que hay algo fijo, de lo cual pende todo lo que es móvil. Si podéis llegar a entender, observar, sentir eso que está fijo más allá de todo lo que es móvil, entonces seréis realmente filósofos, habréis pasado las puertas de la muerte y de la vida. Quizá no se sea más o menos feliz, pero se sabe algo que normalmente se ignora, se tiene una nueva responsabilidad y se marcha en la vida con más fuerza, con más entereza y con más esperanza e ilusión.

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