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Las fiestas sagradas en Egipto (II)

Fernando Schwarz

La fiesta de la embriaguez

El 15 del mes de Toth de la estación de Akhet se celebraba la Fiesta del Nilo o de la Embriaguez. Era el momento de la llegada de Hapi, que apostaba por la renovación de la vida en la tierra de Egipto. En el curso de una ceremonia, el rey bailaba delante de la estatua de Hathor en Denderah y se ofrecía a la diosa un cántaro de vino antes de entregarse a las libaciones. El primer día del año o salida de Sirio llegaba también durante el mes de Toth.

Las fiestas sagradas en Egipto

La fiesta de Opet

La fiesta de Opet, una de las más importantes del año, tenía lugar en el mes de Phaophi de la estación Akhet. En el Imperio Nuevo duraba once días. En esta ocasión el dios Amón dejaba su templo de Karnak para dirigirse con gran pompa al templo de Luxor, donde volvía a encontrar a su esposa. Después, en su barca, el rey conducía al dios hacia su lugar de origen. La columnata del templo de Luxor, decorada por el rey Tutankhamon, muestra el desenvolvimiento de la fiesta, que comienza por una ofrenda delante de la barca de Amón, su capilla portátil.

El cortejo sale entonces del templo: treinta sacerdotes sostienen la pesada barca de Amón, que sigue el rey. Cantos y tambores acompañan la procesión. Los barcos esperan el cortejo y el rey y la reina toman su lugar en la espléndida embarcación del dios.

En la orilla, una multitud regocijada acompaña la flotilla sagrada lanzando gritos de júbilo: es la tripulación encargada de tirar de los barcos hacia arriba. Pero, por difícil que sea este trabajo, los que lo realizan están llenos de alegría y ardor al servicio de dios. Lejos aún siguen los soldados con sus oficiales; los libios y los negros toman también parte en el cortejo, manifestando su entusiasmo siguiendo sus propias costumbres. En medio de esta barahúnda resuena la música de los sistros y el canto de un himno antiguo entonado por un grupo de cantantes y sacerdotes.

A la llegada de Luxor, un cortejo parecido al primero se ponía en camino hacia el templo. En cabeza, los sacerdotes llevando la barca de Amón, después el rey y la reina acompañados de su séquito y, por fin, la multitud completando la procesión. En el desfile se pueden ver igualmente las barcas de Mut y Khonsú. En el seno de la escolta militar se mezclan sin cesar grupos felices de músicos y bailarines ligeramente vestidos.

En el camino se disponen montículos, una especie de colinas artificiales en cuyas cimas los sacerdotes realizan sus ofrendas. En el templo, es el rey en persona quien realiza esta ceremonia mientras su séquito, los sacerdotes y los cortesanos esperan delante de la puerta del Santo de los Santos.

La vuelta se efectúa según el mismo programa, con la sola diferencia de que las barcas no son más jaleadas porque descienden del río. Todos cantan la gloria de Su Majestad, que ha hecho navegar Amón. Cuando los dioses vuelven a Karnak, se terminan estas solemnes jornadas con una gran ceremonia de ofrendas.

Esta descripción podría hacer pensar que la ceremonia se desarrollaba en una sola jornada: en realidad, duraba once días bajo Tutmosis III, y hasta veinticinco días bajo Ramsés III.

El nombre de Opet significaba abundancia y caracteriza el viaje al santuario. Unido al ritual de la Hierogamia, se efectuaba en presencia del harén real, porque era el momento preciso para la concepción del niño real. Los textos hablan de la unión divina del dios y la reina, a petición del rey; así, el niño que nazca poseerá la sustancia divina y real.

El nacimiento y la juventud de Horus

Horus nació durante el mes de Mechir. La celebración de su nacimiento divino se perpetuó hasta la Época Baja a través de las construcciones particulares de Mammessi, las casas de partos. Según la tradición, es el delta quien acogió al recién nacido envolviéndolo en sus pantanos para esconderle a los ojos del peligroso Seth; la Dama-Serpiente Outo vigilaba constantemente.

Es interesante comprobar que esta fiesta tenía lugar el 25 de diciembre, fecha en que fueron celebrados más tarde los nacimientos de Mithra y de Cristo. Muchos autores ven igualmente una correspondencia entre esta fecha y el solsticio de invierno, pues el sol comienza su periplo de vuelta hacia las antípodas, en el corazón mismo del invierno, en el momento de su aparente envejecimiento.

En el mes de Phametoth de la estación Peret se celebraba la primavera de Horus, su juventud y su victoria sobre las tinieblas. En Edfú se desarrollaban demostraciones navales sobre el Nilo y se decía que la estatua del dios dejaba esta ciudad para ir a Denderah a buscar a la diosa Hathor, que él volvía a traer a su castillo.

Las fiestas de la fecundidad

El mes de Parmenthi está consagrado a la exaltación de la fecundidad: se encontrarán combates y representaciones en los frescos de Medinet Habon.

En el mes de Padron de la estación Chemou se honraba al dios Min. Era el mes de la cosecha. Las fiestas se desarrollaban en Koptos, donde Min había establecido se residencia: se organizaban verdaderas competiciones de animales y se seleccionaban los mejores especímenes para mejorar la raza. Este mes estaba también consagrado al dios de la Luz y al dios del Sol bajo la forma de Pacht o Bastek, llamado “el gato de Heliópolis”, el que había vencido a las tinieblas o Apophis. En el calendario, este momento corresponde a la constelación de Aries (el carnero), que los antiguos consideraban como el comienzo del año. Este mes cantaba también la gloria de Isis, la Madre-Fecundidad que da la vida a Horus.

El más allá, la fiesta del valle

En el mes de Payni se celebraba en Tebas la fiesta del valle. Durante doce días, el dios Amón dejaba su santuario para visitar a los dioses y reyes difuntos de las necrópolis tebanas. Una gran procesión, que partía del templo, reunía músicos, cantantes, danzarines, acróbatas. Llevado por los sacerdotes, el dios estaba situado sobre el “ouserhat”, navío suntuosamente decorado, enteramente cubierto de oro, cuya cabina o castillo donde reposaba la estatua era de electrum, aleación de oro y plata. El navío del dios era precedido y remolcado por el del rey, propulsado por sesenta remeros. Atravesando el río, el dios era conducido dentro de cada uno de los templos reales construidos en el límite de las tierras cultivadas.

Allí donde el dios se establecía, se desarrollaban nuevas ceremonias. Después era previsto un reencuentro entre Amón y la diosa Hathor. Por último Amón llegaba al templo de Medinet Habon y a la necrópolis de Deir el Medinet, lugar donde, según la tradición, residía la Ogdoada primordial de Hermópolis, de la cual Amón era descendiente.

La fiesta del valle renovada, por tanto, la unión entre los dioses y la tradición, entre los vivos y los muertos, entre los hombres y sus ancestros.

El feliz reencuentro

En el mes de Epiphi de la estación Chemou se producía “el feliz reencuentro” de Horus y Hathor. Los textos explican cómo con gran pompa la diosa Hathor, seguida de todo su cortejo, dejaba su morada en Denderah para juntarse en Edfú con su divino esposo. Después de quince días de diversiones de todo tipo, la diosa y su flotilla volvían a Denderah a orillas del agua.

De la unión de estos dos dioses primordiales, recuerdo de la primera pareja, los gemelos cósmicos Shu y Tefnut, surge la nueva vida: el niño Thy, Señor de la Música.

Tres uniones divinas se realizan así a lo largo del año: en primer lugar, la de Amón y Mut, en el mes de Paophi (bajo el signo de Géminis); después, la de Isis y Osiris, en el mes de Payni (bajo el signo de Tauro), que hace nacer al niño Horus en el mes de Mechir (hacia el 25 de diciembre); y, por fin, la de Horus y Hathor en el mes de Epiphi, dando vida a Thy, en el mes de Parmenthi. De manera que dos nacimientos acompañaban la estación de la siembra, época de renovación, y la de la cosecha, dos concepciones tienen lugar en la estación de la cosecha y una en la estación de la inundación.

Aunque los buenos momentos alternan con los malos, este calendario ha sido construido para festejar la victoria del Sol sobre las tinieblas en el mes de Pachon.

La fiesta del Feliz Reencuentro es la “fiesta” por excelencia. Mientras se desarrolla, en la habitación negra, en el corazón del santuario, se realiza la unión de la energía de las dos divinidades, principios masculino y femenino para engendrar el niño síntesis, en sus diversos planos de manifestación. De esta manera, había tres uniones divinas en Egipto, ligadas en la creación a los planos espiritual, psicológico y concreto.

Este matrimonio expresa la unión del principio (el caos) con la vida (el Theos), que engendra la forma (el cosmos).

Y esta fiesta simboliza igualmente la unión del dios Amon-Min con la reina, asegurando a Egipto, por la Hierogamia, una naturaleza divina al faraón.

La inscripción encontrada en el templo de Luxor cuenta la más bella historia de amor de Egipto:

“Entonces llega este dios prestigioso, Amón, Maestro de Tronos de los dos Países; después de haber tomado el aspecto del soberano, encontró a la reina dormida, en su palacio magnífico; el perfume del dios la despertó y ella sonrió a su majestad; sin retrasarse, se aproximó a ella y le dio su corazón. Ella pudo verle, en su estructura divina cuando vino a ella. Y ella fue feliz de contemplar su resplandor, su amor se apoderó de su cuerpo, en tanto que el palacio era inundado de olores del dios, perfumes venidos del país de Pount”.

Estos perfumes venidos del país de Pount nos confirman la presencia del dios Min, aspecto creador asumido por Amón el Invisible.

El rito de la insolación sagrada

En la mayor parte de los templos egipcios, era conmemorada muchas veces durante el año la fiesta de la unión al disco. Esta unión era un rito de regeneración,  pues el alma de la Divinidad, descendiendo del cielo, impregnaba de sus rayos su estatua terrestre. La estatua divina, expuesta en un kiosco sujeta al techo inmóvil, dejaba los rayos posarse sobre ella para llenarse de una parcela de la presencia divina. Este rito se realizaba sobre el techo del templo, en una capillita cuadrada, bien conservada en Denderah. La procesión que llevaba la estatua hasta este kiosco está grabada sobre los muros de las escaleras: del lado oeste se ve el cortejo que sube, por un camino en espiral, mientras que la rampa oriental al este servía para la vuelta.

Este ritual tenía por fin unir la estatua a la fuente de energía divina del cosmos: la estatua recibía el abrazo del sol, recreando el gesto original por el cual el Primer Sol, fénix incasdescente, vertió en sus hijos Shu y Tefnut la Energía inicial.

La unión con el disco solar permite a la energía creadora inundar la estatua del dios, que, desbordante de luz, siente el Ka entrar en él. Esta misma fuerza protectora animará al faraón y se extenderá, por fin, sobre Egipto entero.

Asegurar esta unión con el origen es garantizar el orden universal y poseer la íntima convicción de que la pluralidad de dioses emana de la Unión primordial y volverá a ella al fin de los tiempos.

Epílogo

Hemos recorrido la rueda del tiempo, el ciclo anual, y hemos visto cómo para Egipto cada comienzo de estación simboliza una victoria.

Al comienzo de la inundación, la de la Naturaleza y la vida primordial que se extiende a grandes oleadas con la crecida del Nilo.

Al comienzo de la estación de la siembra, la del hombre, simbolizado por Horus, vencedor en el momento en que se celebra la coronación y el júbilo real.

Al comienzo de la estación de la recolección, la de la luz y la potencia, marcada por el culto de Min y el Sol renacido.

Vivir un año egipcio es recorrer también el cielo entero de la vida en el breve espacio de 365 días… y prepararse, después de todo, a renacer de nuevo.

Así era la geografía sagrada del egipcio antiguo: utilizando ritos seleccionados de diversos mitos de diferentes regiones, las fiestas hacían seguir un ritmo a la vida cotidiana y permitían participar en la recreación del fenómeno celeste. Ya se trate de facilitar el paso de un difunto a su vida del más allá, de la coronación de un nuevo rey o de la construcción de un templo, eran representaciones en la Tierra del juego de fuerzas cósmicas y telúricas, y permitían reencarnar todos los mitos sobre un espacio sagrado, factor de resurgimientos.

Durante milenios, Egipto ha festejado regularmente estos “felices reencuentros” entre el Egipto celeste y el visible, a través de las etapas de la vida de cada uno como a través de las de un país entero.

Cuando Egipto se debilitó, su religión fue suplantada por el Cristianismo y el Islam. Sin embargo, el ritmo de las fiestas estaba tan afianzado en la vida que ciertas de entre ellas han sido adaptadas por estas nuevas religiones. Poco a poco la liturgia ha cambiado, y con ella la utilización de la geografía sagrada, a la cual las fiestas cada vez han estado menos unidas.

En nuestro siglo XX el sentido de la fiesta no es el mismo, y la pérdida de esta armonía entre la geografía y lo sagrado no nos resulta extraña. Actualmente, todo puede ser “desarraigado”, transportado de un lugar a otro. La fiesta se ha convertido en espectáculo y estructura material destinada a la distracción. Ya no hay dioses de la ciudad, dioses protectores de un lugar o de una circunstancia particular de la vida que se festeja. El hombre ha olvidado que existe una unión entre él mismo y los fenómenos cósmicos, como entre estos fenómenos cósmicos y ciertos lugares geográficos precisos.

De esta unión mágica y viviente los egipcios tenían conciencia perpetuamente: la fiesta era entonces, efectivamente, un acontecimiento desarrollado en el cuadro de una verdadera geografía sagrada.

Extraído del libro Geographie Sacrée de L´Egypte Ancienne. Nouvelle Editions Oswald, París, 1979.

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