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El enigma del oasis de Siwa (I)
José Valentín
Primera parte: Las fauces del desierto
“Cuando estuvo ya en camino, dispuso que un cuerpo de 50.000 hombres, destacado del ejército, partiera hacia los amonios, que al llegar allí los trataran como a esclavos, y prendiesen fuego al oráculo de Júpiter Amón (…)”.
“De las tropas que fueron destacadas contra los amonios, lo que de cierto se sabe es que partieron de Tebas y fueron conducidas por sus guías hasta la ciudad de Oasis, colonia habitada, según se dice, por los samios de la Fila Escrionia, distante de Tebas siete jornadas, siempre con arenales, y situada en una región a la cual llaman los griegos en su idioma Isla de los Bienaventurados. Hasta este paraje es fama general que llegó aquel cuerpo de ejército; pero lo que después le sucedió ninguno lo sabe, excepto los amonios o los que de ellos lo oyeron: lo cierto es que dicha tropa, ni llegó a los amonios, ni dio atrás la vuelta desde Oasis. Cuentan los amonios que, salidos de allí los soldados, fueron avanzando hacia su país por los arenales; llegando ya a la mitad del camino que hay entre su ciudad y la referida Oasis, prepararon allí su comida, la cual tomada, se levantó luego un viento noto tan vehemente e impetuoso que alzando la arena y arremolinándola en varios montones los sepultó vivos a todos aquella tempestad, con que el ejército desapareció: así es al menos como nos lo refieren los amonios”.
(Herodoto, Los nueve libros de la Historia, libro III, Talía, XXV-XXVI)
Tal es el modo en que Herodoto nos refiere este curioso misterio, que hubiese podido pasar a la Historia como un interrogante más, a no ser porque su investigación nos conduce a la pista de uno de los personajes más carismáticos del mundo antiguo.
Así debió de suceder más o menos. En la “guerra mundial” que se produjo entonces entre Persia y Grecia, que duró varios siglos y empeñó en sus campañas a pueblos tan distantes como Macedonia, Micenas, Esparta, Hirkania, Frigia, Babilonia, Persépolis, Asiria, Lidia, Jonia, la India, Cartago, Fenicia o Etruria, esa enigmática región que llamamos Egipto se mostró siempre amiga y aliada de los europeos y enfrentada a los asiáticos. Si primaron en esta curiosa alianza motivos políticos y económicos, o más bien religiosos y esotéricos, tan del gusto de los egipcios, es difícil precisarlo. Lo cierto es que la Historia nos descubre al impresionante ejército persa de Cambises II, hijo legítimo y sucesor de Ciro el Grande, desplegando sus formidables trombas humanas contra el Egipto de noble progenie y débiles ejércitos.
En Pelusio, tropas conjuntas egipcias, griegas y carias son deshechas por Cambises, y se le rinden en Menfis. El ambicioso hijo de Ciro, luego de humillar a Psaménito, rey de Egipto, degollando a su hijo y esclavizando a su hija, decide enviar tres expediciones paralelas, una contra los carquedonios o cartagineses, otra contra los etíopes, y una tercera contra los habitantes del oasis de Siwa, donde se rendía culto al dios Amón, en un templo bien defendido que, no obstante, las huestes persas, de haber llegado, habrían reducido a polvo piedra por piedra.
Entonces comienzan a suceder cosas extrañas. Cambises, ciego de ira a resultas de una embajada diplomática poco satisfactoria, arroja sus incontables oleadas humanas hacia el desierto que le separa de la Etiopía… ¡olvidando hacer provisión de víveres! Llegados a los arenales, los soldados echan a suertes a quienes sacrificar de entre ellos para poder comer, alimentándose cada nueve del holocausto de uno. La Carquedonia se le olvida a Cambises, o la echa en el olvido de resultas de tanto fracaso. Y la expedición enviada contra el oasis de Siwa, con su misterioso templo consagrado a Amón (que será después asimilado a Zeus-Júpiter), despareció de la tierra tal como nos ha descrito Herodoto y también Plutarco, que recogen las tradiciones que los amonios, esto es, los habitantes del oasis de Siwa y defensores del culto de Amón, difundieron en su tiempo.
Una inabarcable legión de 50.000 hombres, acompañados de mujeres, traficantes y mercaderes fenicios, bien armada, cargada de provisiones, escoltada por el lento y pesado séquito de caravanas y carros ocupados por dignatarios de la corte, magos (1) y sátrapas de vario rango, envuelta en la moderna tecnología bélica de la época, se deshizo en la nada. Se la tragaron las fauces del desierto, la abismaron en el vacío, por más que viento y arena y sed resulten pobres, en nuestra comprensión, para relegar a la inexistencia absoluta a esta vieja “Armada Invencible”.
De seguro que los egipcios le rindieron acción de gracias al misterioso Amón, máxime cuando la causa de la hecatombe pareció atribuirse a un extraño viento del desierto, sumamente caliente y fácil de vincular, incluso exotéricamente, al dios Sol, Amón.
Una extraña fatalidad se cernió sobre Cambises. Desoyendo las súplicas temblorosas de sus propios magos, hizo escarnio público de los dioses egipcios, como Apis o los Cabiros. Muy poco después perdía completamente el juicio. Los últimos días de este loco monarca fueron horribles. Empeñado en una extraña “redención” por la muerte, asesinó a sus hermanas, con las que contrajo incestuoso matrimonio, enterró como postes, cabeza abajo, a doce miembros de la corte de singular importancia y mandó matar uno tras u otro a sus principales consejeros y consortes en el trono, hasta que la mano piadosa de la muerte se lo llevó también a él, dejando libre a la Persia de su maldición.
En cuanto a la historia del pequeño oasis de Siwa, el fino hilo de la investigación esotérica la va a vincular al advenimiento de uno de los más misteriosos líderes de su siglo: Alejandro Magno.
Notas
(1) Los magos eran los monjes u oficiantes religiosos persas. La palabra no tiene el sentido que le damos en Occidente.





