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El enigma del oasis de Siwa (III)
José Valentín
Tercera parte: El viejo ejército fantasma de Cambises II
En el año 1982, una expedición italo-egipcio-americana se propuso desvelar el misterio de la desaparición del imponente ejército persa en el desierto. La expedición, encabezada por Giancarlo Ligabue, estaba formada, entre otros, por el americano Gary Chafetz, historiador agregado del museo Peadbody, de Harvard.
Chafetz, experto en textos de los historiadores Herodoto y Plutarco, creyó haber descubierto el lugar donde "las arenas se tragaron al Ejército persa sin dejar rastro". La zona investigada comprendía una superficie de casi trescientos kilómetros cuadrados, en territorio egipcio próximo a la frontera con Libia. Se trata de un mar de arena, con dunas de hasta noventa metros de altura, extraordinariamente móviles, que solo pueden atravesarse con camellos, animales que no poseían los persas.
Según Chafetz, el fenómeno que causó la desaparición del ejército persa fue un viento denominado Kanasin, bien conocido todavía en el desierto, sumamente caliente y capaz de producir una deshidratación acelerada y de matar en pocas horas si no se bebe abundantemente. De ser ello cierto, el ejército debió de verse sofocado por un abrazo de fuego, cerrado en apretada presa por este extraño viento de carácter solar.
Siguiendo a Chafetz, este viento fue fatal para los persas, que ya habían recorrido ciento setenta kilómetros de desierto y no podían disponer de agua suficiente. El Kanasin, además de la muerte por deshidratación, afecta al sentido de orientación del hombre y llega a debilitar la voluntad de vivir. La palabra árabe Kanasin significa "quince", porque el viento sopla durante quince días.
De cualquier modo, resulta difícil entender el descalabro absoluto de un ejército compuesto por 50.000 hombres. Además, hay otro punto oscuro; jamás se pudo encontrar rastro alguno de la imponente hueste asiática. Ni los mismos egipcios de la época descubrieron resto alguno, ni un caballo, ni un escudo, ni una lanza, ni fragmentos de telas, ni indicio humano que asegurase que un verdadero pueblo de guerreros, acompañado por mujeres, carros, provisiones y mercaderes penetró jamás el desierto. Como si un oscuro agujero se lo hubiese tragado todo, casi como si jamás hubiesen existido.
Giancarlo Ligabue conocía las posibilidades de fracaso de la expedición que presidía, pero en ningún momento desistió de su empresa. "Podría ser el descubrimiento arqueológico del siglo", declaró ante la prensa. Además, aseguró que en ningún momento se había explorado ese terreno con los medios modernos que llevara su expedición, como ser detectores de metales y un instrumento sofisticado que revela las diferencias de solidez de las capas del subsuelo, eficaz para la búsqueda de restos bajo la arena.
Sin embargo, la expedición arqueológica resultó completamente infructuosa. Aprovechamos desde estas páginas para aplaudir la iniciativa que tan valientemente se lanzó a la búsqueda del viejo ejército de Cambises II, hijo de Ciro el Grande, desaparecido hace veinticinco siglos y medio. Pero el viejo dios del desierto tiene sus maneras y sus leyes, y cerró en hermético lazo sus ancestrales arcanos.
Sueño de dioses, sueño efímero
Hay una curiosa anécdota recopilada por un autor que pretende ser Kalístenes, el poeta oficial del Imperio panhelénico, y que narra cómo a la llegada de Alejandro a Babilonia, una de las mujeres indígenas dio a luz una criatura de figura humana, pero formada con fragmentos de fieras de caderas hacia abajo. Los injertos eran cabezas de leones y de perros salvajes. Sus formas extrañas se movían y eran visibles a todos, de modo que podía reconocerse cada parte animal. En cambio, la parte superior del niño estaba muerta. Tras el parto, la mujer se presentó a Alejandro con el engendro en el interior de un saco y le informó del prodigio. Este llamó a los augures, y estos le dijeron que Alejandro era superior a todos sus enemigos y sería soberano entre los hombres, pues así como las fuertes fieras estaban sometidas a un cuerpo humano (7), así los pueblos bárbaros se postraban ante el conquistador del orbe.
Sin embargo, llegado que fue el más grande de los magos caldeos, que era sinceramente afecto a Alejandro, prorrumpió en sollozos y se rasgó las vestiduras ceremoniales. Consternado, el señor de la Tierra le conminó a que le narrase el significado real del prodigio. Este le dijo entonces: "Venerable señor, la figura humana eres tú, las formas de fieras son los que te rodean. Y si la parte superior hubiera vivido y estuviera en actividad como los animales de abajo, estarías destinado a regir a todos. Sin embargo, del mismo modo en que esta ha dejado la vida, así lo harás tú, rey. Y así como los animales de tu parte inferior, así también están los de tu séquito, incapaces de regir con justicia lo que la sangre y el acero conquistaron con arrojo".
Mas allá de la veracidad histórica del prodigio y de la pretendida paternidad de Kalístenes como autor de la narración, la leyenda dibuja el oscuro rito de desintegración y muerte que siguió a la espléndida marcha triunfal del hijo de Amón a través de las constelaciones terrestres de los bárbaros escitas, sogddios, malianos y pueblos todos que jalonan su trayectoria solar.
Hefaistion, su mejor general y su mejor amigo, aquel que le acompañase a rendir homenaje ante las tumbas de Aquiles y Patroclo en Troya –con quienes ambos se identificasen misteriosamente– se le muere de resultas de una ingestión de alimentos, dado que se hallaba con fiebre y no debía ingerir nada sólido. El hijo de Amón creyó volverse loco de dolor y de rabia. Impresionantes ejércitos le rindieron estandartes y honores como vencedor de la muerte, pero el nuevo Aquiles, enloquecido de amor, sólo tiene lágrimas guerreras para su noble lugarteniente.
También fallece Kalanos, un viejo Iniciado indio, acaso el mayor de los enigmas del ejército macedonio, pues minutos después de conocer a Alejandro y hablar con él, marchó también de conquista, a sus setenta y varios años; cruzó desiertos, atravesó valles, lagunas, conoció nuevas montañas y supo de las flechas enemigas. Ni el mismo Poros llegó jamás tan lejos. Alejandro le consagró los más hermosos ritos funerarios que la tradición recuerda.
Y así, lentamente, lo que no pudo destruir la guerra, lo fue deshaciendo una oscura paz disolvente, cuyas lanzas no son ya de metal, sino de hastío y de fatalismo.
Alejandro Magno murió en Babilonia, tal como Kalanos le había vaticinado, a la edad de treinta y tres años, en el año 323 antes de nuestra era. Moría como el sol, invicto, sin conocer la derrota en combate. Si fue a consecuencia de extrañas fiebres o envenenado por una oscura conspiración, es algo que jamás sabremos. La hipótesis de traición y/o envenenamiento caracolea aún en los momentos finales de Julio César, Juliano y Napoleón, como un maléfico rito que cierra la procesión solar. Y el mundo que forjase se deshizo en mil luchas intestinas; las bestias se aniquilaron unas a otras por la posesión del trono. Y de nada sirvió el esfuerzo de los cultores de Amón, porque no hubo dinastía establecida o aceptada que hermanase a los guerreros sin sol, y de nada sirvió el extraño proceso de Siwa, porque no hubo mundo que ubicar bajo la égida de divinidad solar alguna, y de nada los cuidados de Olimpia, lanzada también al ruedo de la salvaje carnicería postrer. Y de nada el esfuerzo y la sangre de tantos, sólo gloria, gloria y honor sobre la arena. Sueño de dioses, sueño efímero.
Seleuco y Ptolomeo conservaron las cenizas del viejo fuego patrio. La Historia vio surgir el Imperio seleúcida en Medio Oriente. Los seleúcidas fueron los verdaderos sucesores de los reyes de Persia. Reinaron desde el año 312 hasta el 64 a. C., y fundaron ciudades como Seleucia y Antioquia. Y la dorada Alejandría, bajo el suave cetro de Ptolomeo, cauterizó las heridas, cerró las cicatrices, aplacó a las furias desatadas.
Quedan en remembranza las palabras de Juliano, que dejó escrita una hermosa tradición en que el propio Heracles recogió el espíritu de Alejandro y le dio cobijo en su celeste aposento. Viejos oráculos de Amón de la vieja Roma de Juliano.
Bibliografía
- Vidas paralelas (Alejandro-César), Plutarco.
- Los nueve libros de la Historia, Herodoto.
- Historia de Alejandro Magno, Quinto Curcio.
- Vida y hazañas de Alejandro de Macedonia, (Pseudo) Kalístenes.
- Tebas, Jorge Á. Livraga.
- Los persas, Esquilo.
- The Greek Armies, Meter Connolly,
- Alejandro el Grande, estudio monográfico, por Pilar Castellanos Frías.
- Diario El País, lunes, 29 de noviembre de 1982.
- Fuego del paraíso, Mary Renault.
- Juegos funerarios, Mary Renault.
- El banquete, César Augusto Juliano.
Notas
(7) Asimilaban así al prodigio parte del significado de la milenaria esfinge de Gizeh.





