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La Revolución francesa (I)

José Valentín

La Revolución francesa: historia de uno de los más polémicos y controvertidos enigmas de Europa. Tema capital de la historia de Occidente, desconocido pese a todo, y pese a todo mal comprendido, es indudable que la Revolución marca uno de los más importantes hitos que configuran el resultado de la Historia. A su término, hay un mundo viejo que muere, la Edad Moderna, y se alza la Edad Contemporánea, como gustan de llamarla los historiadores, para quienes es más importante etiquetar que comprender, y para quienes la Historia no presenta secretos, sino fechas, datos, compulsiones fiscales y parámetros económicos.

La Revolución francesa

Es a los amantes de la verdad a quienes exponemos estas pobres ideas incompletas, llenas de lagunas y enigmas que nuestra pobre erudición no logró completar. Tienen la intención de sorprender e interrogar más que de sentar cátedra historicista económica. Como el viejo Ícaro de nuestros mitos, queremos la Verdad, hija del Sol, aunque su contacto nos quemase la mirada.

Hay que acercarse con cuidado, con amor, como a cualquier otro momento. Ella, la Historia, maestra de vida y educadora de sociedades y escuelas, conserva en cada uno de sus hijos la enseñanza práctica y fértil capaz de orientar los pasos del devenir humano. Cada momento histórico es un enigma a su manera.

La Francia de finales del XVIII es cabecera apasionada y puntal del mundo civilizado. Sumamente compleja, contradictoria, viva, llena de riqueza de ideas, el corazón de Europa prepara secretamente uno de sus más importantes ensayos históricos. Hay un extraño elemento pulsando, concentrando, socavando, enlazando energías telúricas y cósmicas.

Si queremos cimentar sólidamente el proceso, debemos entender que Francia, así como en general todo el espacio geográfico designado como Europa, no hace a lo largo de su historia otra cosa que repetir, recrear, actualizar la historia de la Grecia clásica y preclásica. Francia es Atenas, como Italia, Corinto o Germania, Lacedemonia. Esto, salvados los imprescindibles matices que configuran tradiciones y folclores siempre unidos, precisada la idea de que no existen dos momentos históricos idénticos, sigue siendo válido y correcto. Alejandro es Napoleón como Alcibíades, Byron y Sócrates, Marco Aurelio. Las almas se reflejan en el espejo de la inmortalidad histórica.

Todo el impresionante legado de Europa no es sino impulso heleno disfrazado, insuflado por el viento de una divina locura cada vez más débil. Francia, alma máter de Europa en este siglo, desbordante de filósofos, científicos y artistas, reproduce una imagen ancestral. Todo su arte no es sino una lenta expiración prodigiosa y cargada de belleza. El Romanticismo, desde el punto de vista esotérico, reactualiza en su forma externa, como antes el Neoclasicismo y el Renacimiento, la herencia del mítico Orfeo y las posteriores escuelas helénicas. Y fracasa. Aún padecemos las llagas de su herida y la resaca del dulce champán de la democracia europea, suave bálsamo que encandila y elogia. De Grecia a París y de París al mundo. La democracia es la trampa más sabia jamás montada. Jamás el pueblo gobernó de verdad país alguno, ni hoy, ni ayer, ni nunca, pero es más fácil humillar al oprimido en su propio nombre.

La Revolución francesa fue en su origen obra de minorías selectas. Una élite altamente privilegiada sembró la herencia recogida después en La Bastilla y en la plaza pública de las ejecuciones. Sociedades secretas –sectas– lanzaron el impulso primigenio, en este como en todos los momentos de la Historia. Podemos citar la “Orden de los Iluminados de Baviera”, fundada en 1776 por Adam Weishaupt, condenada por la Iglesia en 1783, desterrados sus principales maestros y trabajando en el exilio. Abrazaban conceptos gemelos a los de libertad, igualdad y fraternidad.

Por supuesto, la francmasonería, seleccionada en cientos de diversas logias, y a las cuales estaban adscritos, con una probabilidad rayana en la certeza, los personajes centrales de la Revolución, desde Luis Felipe de Orleáns hasta Robespierre. Sabemos que los masones se hacían llamar los “Hijos de la Loba” (¿en alusión, quizá, a la loba capitolina, madre mítica del Imperio romano?), y hasta nosotros ha llegado la imagen del gorro frigio de los sansculottes, reminiscencia curiosa de los antiguos cultos indos de Mitra, exportados después a la polivalente Roma, abrazadora de cultos y religiones diversas. ¿Qué guiño secreto dibuja en la Francia del XVIII?

Siguiendo a Blavatsky, parte importante en la concepción de la “criatura” tuvieron personajes como Saint-Germain o Cagliostro. Charlatanes para algunos, verdaderos Adeptos para el esoterismo –especialmente el primero–, Blavatsky apunta que el misterioso proceder de estos enigmáticos personajes cerró pactos y concertó alianzas secretas, probablemente vinculadas a la Revolución.

Kurt Seligman llega más lejos, y afirma que tras la toma de La Bastilla, María Antonieta y una de sus doncellas de confianza recibieron notas firmadas de puño y letra por Saint-Germain –que para la historia oficial ya estaba muerto– lamentándose del derrotero seguido por el fenómeno, y acusando a ese “demonio de Cagliostro” de su ineptitud y falta de control y responsabilidad.

¿Es todo ello estrictamente verídico? Como en tantas otras cosas, probablemente la fantasía popular exageró y cubrió con el maravilloso velo de la prestidigitación ensoñadora una base cierta y secreta. Seguir la historia de esas misteriosas logias y su proyección en el tiempo sería demasiado triste, por cuanto muchas de ellas perviven aún, y sus desprestigiados sucesores, perdido ya todo afán trascendente, medran oscuramente entre las máquinas de poder de nuestro siglo.

¿Una revolución traicionada?

El 14 de julio de 1789, cuando Su Muy Cristiana Majestad Luis XVI, rey por la gracia de Dios (¿?), volvía como habitualmente de la caza al atardecer, se presentó ante él el duque de Liancourt para darle un excitado parte de los acontecimientos del día. El pueblo había conquistado la ciudadela de la corona, La Bastilla.

Miles de hombres: burgueses, tipos suburbanos, rufianes con sus rameras, soldados prófugos, mercaderes y mujeres obreras medio muertas de hambre salieron del Palais Royal, se reforzaron a lo largo de los muelles del Sena con un ejército de mendigos y asaltaron comercios de armas. La suerte puso en manos de la masa excitada los 432.000 fusiles almacenados en el arsenal de Los Inválidos y se arrastraron ruidosamente por las calles los cañones. Entonces la marea se dirigió hacia La Bastilla, la odiada prisión alzada como un puño sobre París. Ese día estaba guarnecida, bajo el mando del marqués de Launey, por 82 inválidos y 43 guardias suizos. La multitud la cañoneó, la rodeó y la conquistó. Cierto es, no obstante, que tomaron prisionera a la agotada guarnición con la promesa de libre retirada. Instantes después, cortaron a sablazos la cabeza de Launey y sus oficiales, que arrastraron, sangrantes, por París. Liberaron, eso sí, tres míseras figuras. El honor es ya una reliquia. Entramos en el mundo contemporáneo.

Nadie ha podido saber a ciencia cierta cuántos muertos ocasionó la toma de La Bastilla y las escaramuzas subsiguientes. Las cifras oficiales no reflejan la desatada orgía de sangre y de furor que le siguió toda la noche, al son del cañón y de las campanas, de las voces roncas y de las frenéticas danzas de hombres y mujeres.

En los jardines del Palais Royal, se congregaban grupos bailando en torno a cabezas cortadas, entrañas desperdigadas, corazones sangrantes. En los arcos del Hôtel de Ville se vio un grupo de caníbales con una rama de la que colgaban vísceras humanas. Y, sin embargo, el viejo mundo de los reyes, cimentado sobre diezmos, derechos de caza, tribunales señoriales, carga impositiva, señorío de la tierra, nepotismo y un cruel ejercicio de la policía y de la justicia, pesaba opresivamente como una losa sobre yodo en los distritos rurales. La corte, especialmente, fue un invento desastroso y un lento veneno para la realeza.

Cuando tomaron La Bastilla, apenas siete prisioneros, entre ellos un loco, albergaban sus muros. Bajo Luis XVI, habían cruzado por el cadalso terrible 60.000 víctimas. Una vez más, la némesis de la Historia había llegado con una generación de retraso.

Si aquí hubiese cesado la oleada fratricida –como en principio parecía–, la historia oscura apenas hubiese pasado de esta sangre joven, fruto de la ruptura inicial con una enfermedad social largo tiempo desatada. Lo más triste de la Revolución es pensar que todo pudo ser muy diferente. Para comprender el verdadero proceso que sufre la Revolución francesa es menester que sepamos situarnos en el tiempo. Hay que saber ver el proyecto, abortado en sus cauces iniciales por las formas de la disolución invocadas al conjuro revolucionario.

Antes de los conflictos armados, en la reunión de los Estados Generales, se procedió a invitar al pueblo a que elaborase los cahiers de doléances (listas de quejas).

Conservamos unos 552 de aquellos “cuadernos”; en ellos la nobleza y el clero se aferran a sus privilegios, la burguesía critica a la monarquía absoluta, obreros y braceros del campo apoyan las críticas de la burguesía, los campesinos propietarios protestan por los impuestos y nada dibuja mejor la infantil puja del “todos contra todos” en la defensa a ultranza de los beneficios personales.

Con la caída del Antiguo Régimen quedan instituidos los siguientes partidos políticos: Los constitucionales, inclinados a la pervivencia de una monarquía controlada por una Constitución o ley fundamental. Sus figuras destacadas son La Fállete y Mirabeau. Los girondinos, enemigos del sistema monárquico y partidarios del respeto a la ley. Sus jefes son Brissot y Vergniaud. Aún la constitución girondina, en reminiscencia, lejana ya, de la vieja democracia helénica, negaba ciertos derechos políticos a los llamados ciudadanos pasivos, esto es, aquellos que no poseían un determinado nivel de cultura y posición. Los demagogos –sobran comentarios–, cuya figura indiscutible es Marat, y los jacobinos, con Robespierre a la cabeza, que no dudarán en utilizar el terror como instrumento para la dominación de sus enemigos ideológicos. Y es así como la Revolución va a describir el abanico completo de las posibilidades políticas en escala descendente e involucionista.

Con la doma inicial de la situación por parte de los constitucionales, Francia despliega tímidamente sus alas, y hay algo que refulge un instante como una débil espada de luz en el corazón de la agitada Europa. Se crea la Asamblea Nacional, órgano jurídico de carácter abierto y participativo; intentando evitar vejaciones y masacres indiscriminadas, La Fállete instituye la “Guardia Nacional”, y la engalana con la escarapela tricolor: blanca, roja y azul. Pero su campo de acción se vio más y más restringido al entrar en colisión legalista y real con las salvajes hordas de sans-culottes, asesinos con delectación. Se elaboraron también las leyes fundamentales de la Asamblea Nacional y la Declaración de los Derechos del Hombre.

Y es entonces cuando se llega al gran enigma de la revolución: hay muchos asuntos oscuros que rodean el hecho en sí. Podríamos citar, por ejemplo, el célebre caso del “armario de hierro” de Mirabeau, donde se descubrieron, después de fallecido este, onerosas pruebas de pactos secretos con la nobleza, que intentaban, sin duda, provocar un contundente frenazo y marcha atrás en el irremisible proceso “revolucionario”, que deriva cada vez más hacia las hordas jacobinas. Otro ejemplo lo constituye el caso de la misteriosa batalla de Valmy, contra los austriacos, en la que, a decir de Couband, unos emisarios de La Fállete habían tomado contacto con el enemigo, haciéndole saber que estaban dispuestos a llevar sus tropas a París… ¡con tal de terminar de una vez con los jacobinos! Pero su ofrecimiento no fue tomado en serio, y el asunto quedó ahí. El ejército francés batió a los austriacos y la Revolución prosiguió su marcha hacia delante…

Finalmente, el acto suicida del propio La Fállete, que comparece ante la Asamblea para pedir, con el mayor aplomo, la disolución del club de los jacobinos y el castigo de los que provocaron la jornada del 20 de junio. Había convocado a sus partidarios en los Campos Elíseos, para disponer así de una masa que le apoyase. Fracaso rotundo: el centenar escaso de “lafayettistas” que acuden dan la importancia de la medida del movimiento. En tales condiciones, ¿cómo intentar un golpe de fuerza? Era una salida a la desesperada.

Todo ello nos lleva a reforzar la increíble idea de que la historia de la Revolución sea en realidad la historia de una profunda traición. La verdadera Revolución murió casi antes de nacer, tal vez porque puso en juego fuerzas mucho más poderosas, que no fue luego capaz de controlar. De ser cierta esta sorprendente, pero innegable hipótesis de estudio, es probable que lo que el mundo conoce como Revolución francesa no sea sino un cadáver, una pálida sombra maquillada por la modernidad, a base de tinturas de mixtificación y heroísmo fáciles.

De hecho, es innegable que a partir de ese trance histórico, la Revolución está condenada. Aún ha de vivir, no obstante, sus más amargas horas. Los girondinos asumen el poder. El Canto de guerra para el Ejército del Rhin, compuesto en Estrasburgo por Rouget de Lisle, que en principio pretendía ser una marcha marcial que levantase el ánimo de los soldados, se convertiría en el encendido himno de la Revolución bajo el nombre de “La marsellesa”. Falacias de la propaganda.

Profundas tensiones internas y externas, la guerra contra los ejércitos reaccionarios del resto de Europa y la salvaje campaña de la vieja nobleza rural francesa en la comarca de La Vendée pasan, paradójicamente, el poder a la facción de los jacobinos. Se produce un viraje hacia la “izquierda”. Se forma un “triunvirato” compuesto por Marat, Dantón y Robespierre. Tras la muerte del primero en manos de la aristócrata Carlota Corday, el cadáver de Mirabeau es desalojado a patadas del Panteón, necrópolis solemne y glacial, homenaje póstumo de la nación agradecida al insigne estadista. Ahora reposa en él el “ciudadano” Marat, su viejo enemigo.

El dios de los girondinos había sido el respeto por la ley. Los jacobinos defienden el lema: “Perezca la ley si la Revolución ha de triunfar”. El Terror se institucionaliza: Tribunal Criminal Extraordinario, Comité de Salud Pública, Ley de Sospechosos. En junio de 1793 se detiene a los girondinos, que después, tras un juicio teatral, son guillotinados. Los reyes y los nobles marcan la procesión de la muerte (mujeres y niños también, símbolo de “igualdad”). Ruedan las cabezas de María Antonieta y del duque de Orleáns –que en tiempos se había llamado Philippe Egalité–. Gira la rueda hacia Madame Roland, acusada de acoger en su casa a los moderados y servirles un ágape a modo de merienda. El dragón se devora a sí mismo. Es el turno de Dantón, más tibio, o Hérbert, más venenoso que el omnipresente Robespierre. Y su propio heraldo, Camilla Desmoulins, hasta que la reacción thermidoriana (surgida en el mes de Thermidor, del calendario revolucionario) desplaza a los jacobinos y lleva a la guillotina a Robespierre, y a su ideólogo Saint-Just. Las puertas se han cerrado, y la hidra ha sido segada… de momento.

Surge un Directorio de cinco miembros, que encauza la Revolución hacia sus límites naturales. Evoluciona hacia un Consulado (Bonaparte, Sieyès y Roger Ducos), que cede el trono al Napoleón imperial, secundado formalmente por Cambacérès y Lebrun. Él domará la moribunda Revolución y la conducirá al nuevo siglo, extendiendo sus ideas a los países de Europa. De cualquier modo, tras su derrota final en Waterloo, el proceso se diluye.

¡Hay una asignatura pendiente, hay una revolución pendiente en el corazón de Europa!

Continúa