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La vida cotidiana en la antigua Roma (II)

Jorge A. Livraga Rizzi

Roma era una ciudad congestionada; tanto, que a principios de nuestra era su centro fue declarado estrictamente peatonal y los vehículos solo entraban por las noches, para los abastecimientos. Las gentes, salvo las vestales y otras damas notables que utilizaban palanquines, iban andando y eran tranquilas, pero grandes caminantes. Los caballos se utilizaban poco dentro de la ciudad, salvo en las festividades, triunfos y desfiles militares. Esto se había promovido en época imperial para mantener la higiene de las calles, que eran lavadas y barridas cada noche, pues no existía un servicio especializado en recolectar los desperdicios que solían amontonarse en espacios delimitados de cada manzana.

La vida cotidiana en la antigua Roma

Por lo demás, las alcantarillas eran enormes, lo que impedía inundaciones. Testigo de ello es la Cloaca Máxima de Roma, de probable origen etrusco-romano, fabricada en piedra, en base a arquería de medio punto, que aún funciona perfectamente… después de unos veinticinco siglos de uso.

En ciudades como Pompeya, relativamente pequeñas y con bases pétreas, las rejillas de desagüe eran escasas y en los cruces de las principales calles había aceras de piedra que unían las otras comunes, con espacios para que pasasen, encarriladas, las ruedas de los carros.

Para la noche, la ciudad contaba con un alumbrado público compuesto por farolas de bronce, cilíndricas, cuyos velones se protegían –a manera de vidrios– con pantallas de vejiga de cabra enceradas, lo que las hacía traslúcidas y de difícil rotura. A su vez, las casas tenían en su puerta lámparas equivalentes o antorchas de muy larga duración. Los transeúntes, a pesar de que la ciudad estaba muy vigilada por un equivalente a la actual policía, solían estar precedidos por servidores con farolas o antorchas. Toda ciudad estaba dividida en “barrios”, y había algunos de mala fama por los cuales no era prudente transitar desarmados.

En Pompeya se ha mantenido un resto de barrio dedicado a burdeles, y lo notable era que para tener acceso a esos establecimientos, los usuarios tenían que pasar previamente por casas dedicadas al dios Serapis, patrón de los médicos, que allí ejercían su profesión impidiendo la entrada a quienes presentasen síntomas de enfermedades venéreas, malformaciones o trastornos psíquicos. Estas casas públicas estaban anunciadas naturalmente, como si expendiesen cualquier otro servicio y tenían una zona estrictamente restringida dentro de la urbe. Lo mismo pasaba, aunque con menos rigor, con las panaderías, pescaderías y demás comercios. Aun las fastuosas casas de los ricos, solían tener, a ambos lados de la puerta principal, locales comerciales que alquilaban; y en los fondos, pequeños huertos, gallineros, conejeras y similares elementos para que sus habitantes no dependiesen exclusivamente de lo foráneo en su economía y alimentación. La sombra de los antiguos reyes-labriegos vivía latente en cada romano, aun en los de más alta condición.

Todos sabemos de las impresionantes termas, verdaderos monumentos palaciegos a la higiene y al ocio, que encerraban, además de sus instalaciones propiamente dichas, bibliotecas, exposiciones de pintura y salitas de concierto. Aparte de ello, muchas casas romanas solían tener retrete y baño. Los había públicos para los que carecían de esas comodidades. Eran notables los retretes con agua corriente, y diseñados de tal manera que, sin ofender el pudor se introducía por un orificio un palo que sujetaba una esponja natural embebida en vinagre de vino y agua, que permitía la higiene personal. Por lo que sabemos, este servicio existía solamente para hombres y en cuanto a las llamadas termas, tenían horarios diferentes para damas y caballeros. Todos estos servicios eran gratuitos y recompensados tan solo con propinas.

Los circos, teatros y anfiteatros no eran de entrada gratuita, aunque en las festividades el pueblo entrada libremente.

Los romanos eran muy afectos a los espectáculos grandiosos, a los animales exóticos y a las batallas navales –simuladas en circos y anfiteatros inundados–, llamadas “naumaquias”. Uno de los juegos más apreciados era el de los gladiadores, en el que, siguiendo modelos que provenían de los Misterios etruscos, combatían hombres con determinados atributos, como los “Redarios”, “Tracios”, etc. Estas luchas terminaban, no pocas veces, con la muerte de alguno de ellos, pero eso no parecía ofender más la sensibilidad del pueblo romano que el toreo, con la agonía y muerte de la res, en España y países hispanoamericanos de hoy… ¡Misterios de la psicología colectiva!

En el mundo romano había libertad para todos los cultos religiosos reconocidos, que en época de Augusto sumaban unos trescientos, aparte de la religión oficial de la cual era pontífice máximo el propio emperador. Las persecuciones que dieron tanto que hablar en siglos posteriores no se producían por razones de fe, sino de orden público.

Las comidas romanas no eran demasiado copiosas. Había banquetes impresionantes en casos muy especiales, en los palacios oficiales o particulares, pero normalmente se comía tres veces al día, siendo la comida más abundante la cena, de cuyas sobras se solía componer el desayuno; frutas, verduras y carnes livianas, eran la base de un almuerzo bastante tardío, como todavía hoy utilizan algunos países costeros del Mediterráneo. Aunque la caña de azúcar abundaba en India, y Roma tenía relaciones comerciales con Oriente, no se utilizaba, pero sí en abundancia la miel. Bebían vino mezclado con agua, zumos de frutas, un licor de miel y, aquellos que habían tenido contacto con galos, cerveza.

Para comer se utilizaban unos divanes amplios llamados “triclinium”, en cada uno de los cuales se podían acomodar tres personas recostadas sobre un codo. Solían sumar tres de estos muebles, dejando un paso abierto para los servidores y con una mesa baja en el centro. Empleaban cucharas, tenedores y cuchillos muy semejantes a los actuales, así como platos y fuentes. Las cocinas, en las casas bien montadas, eran muy semejantes a las que se usaban en el siglo XIX en Europa, teniendo como base una cocina “económica” que funcionaba con leña o carbón vegetal. Los utensilios eran también iguales o semejantes a los del siglo pasado, con algunas curiosidades: por ejemplo, las sartenes para freír huevos tenían depresiones en su fondo, para contenerlos separadamente.

El vidrio era caro, por lo que en comidas normales se utilizaba poco, pero, al contrario de lo que se creía hasta hace algunos años, se empleaba en las ventanas, aunque ya es imposible saber cuánta transparencia tenían esas planchas.

El casamiento era a la vez civil y religioso; la mujer iba a vivir y se asimilaba a la casa de su esposo. Existía el divorcio cuando había mutua voluntad o por causas de inmoralidad comprobada.

Los impuestos eran mayores para los solteros, pues Europa en general, salvo las Galias, tenía una población escasa. En todo el Imperio, sobre los continentes, los censos no registraron más de cien millones de habitantes.

El ejército estaba formado por profesionales y voluntarios, así como por levas en casos necesarios. El número de hombres en épocas de paz no superaba, en todo el Imperio, los 330.000, pero su disciplina y equipo eran los mejores de su tiempo. Sus armas de artillería, como la catapulta y el onagro, se siguieron usando hasta muy avanzado el siglo XV.

Las “Doce Tablas de la Ley” fueron las bases del derecho romano, grabadas en bronce en el 450 a. C., y estaban a la vista de todos. Este derecho romano, con sus adaptaciones, es la médula del que aplicamos en la actualidad.

Aparte de los idiomas locales, toda la Administración imperial hablaba en latín. Sobre todas las acuñaciones regionales primaba la moneda del Imperio. Tal unificación, soñada y tratada de recrear tantas veces luego, jamás fue alcanzada.

La campiña

Estaba cruzada por una red de caminos tan perfecta que un estudio realizado en Francia demostró que la actual red está sobremontada, casi en su totalidad, a los viejos caminos romanos. Las calzadas, muchas de las cuales llegaron enteras a nuestros días, eran perfectamente rectas, pasando a través de montañas mediante túneles, y de ríos y valles con portentosos puentes que aún nos asombran. Eso le permitía a un hombre portador de un mensaje hacerlo pasar de mano en mano y a lomo de caballo, desde Roma hasta París (Lutetia) en diez días. Aunque las rutas eran muy útiles para el uso de las tropas de caballería e infantería, también servían para carros y coches particulares. Había unos carros-buses, de los cuales hay una excelente reproducción en el Museo de Colonia en Alemania, que llevaban incorporado un retrete y camas; la suspensión con flejes de cuero es magnífica y las ruedas giraban sobre los ejes a base de rodamientos, invento que aportó la tecnología gala. Del mismo origen eran las trilladoras mecánicas, que cortaban y acomodaban las espigas, tiradas por un asno y manejadas por un solo hombre. Otras máquinas, simples y robustas, servían para extraer el aceite de los olivos, la harina del trigo, etc.

Muchos especialistas se han preguntado por qué los romanos, teniendo tan buena tecnología, organización, administración y mano de obra, conociendo los rieles, la bomba aspirante-impelente, la caldera, los engranajes y demás mecanismos necesarios, no llegaron jamás a construir locomotoras, barcos o automóviles, ya que, cuando estos surgieron, en el siglo XVIII, la tecnología no era superior. La respuesta es difícil… En verdad, no lo sabemos. Parece ser que la causa fue más bien una alienación psicológica, un temor instintivo a las máquinas que aún se refleja en algunos lugares deprimidos económicamente de la Tierra, en los cuales no se usan arados de metal “para no envenenar la tierra”.

La campiña estaba, cuando cultivada, bien irrigada y cuidada. Grandes villas encerraban verdaderos emporios, algunos con puerto y flota propios. También abundaban las pequeñas casas de los campesinos, y conviene aclarar que en el mundo romano la miseria solo se daba en algunos suburbios de las grandes ciudades, donde se acumulaba la creciente población de desocupados. En el campo no ocurría eso.

Por lo general, Europa y el norte de África estaban arbolados de una manera que hoy nos resulta inconcebible; las aguas y los aires no estaban contaminados y luego de la Paz Augusta los caminos eran seguros y tenían a sus lados posadas calculadas de manera que ningún viajero se viese forzado a pasar la noche sin techo.

Los recónditos templos de los Misterios y las cavernas sagradas, así como los bosquecillos dedicados a las divinidades, daban al todo un hálito de religiosidad que en las grandes ciudades ya se había perdido, en buena parte en manos de los aparatosos cultos oficiales y de los filósofos, que siendo sofistas muchos de ellos, sembraban la duda en las almas y la vacilación en las inteligencias.

No podemos cerrar este trabajo sin referirnos, muy brevemente, a las causas que precipitaron la caída del Imperio romano.

A medida que la cultura y civilización de Roma se extendieron, se mezclaron con otros elementos, algunos positivos y otros negativos. No es cierto que Roma haya carecido de inventiva, volcada a lo social, que le permitió hacer llegar a millones de seres humanos lo que antes estaba reservado a unos pocos. Además, las últimas investigaciones arqueológicas demuestran hasta qué punto la civilización etrusca, los samnios y otros pueblos influyeron en sus orígenes. Cuando nos referimos a elementos “positivos” o “negativos”, no elevamos un juicio moral, sino simplemente si resultaron favorables o no a la unidad del Imperio. Esta unidad estuvo siempre más o menos comprometida, y las guerras civiles en tiempos de la República y del mismo Imperio debilitaron las riquezas espirituales, morales y materiales. Los frecuentes pactos con los pueblos bárbaros llevaron a estos desde el Neolítico hasta la Edad del Hierro de manera violenta, y poco a poco Roma fue perdiendo todas sus características propias. Su eclecticismo (y en cierta forma, indiferencia) religioso le fue fatal, y con Juliano, injustamente llamado “el Apóstata”, finaliza el ciclo histórico de Roma. Los “bárbaros” ya no estaban fuera de sus fronteras, sino dentro mismo de su aparato político, social y religioso. El Imperio se partió en dos y nació la llamada Edad Media. Solo en Bizancio, la entonces Constantinopla, quedaron vestigios de la antigua Roma hasta aproximadamente el año 1000; tras las Cruzadas quedó una ciudad en ruinas detrás de imponentes murallas, a merced de los turcos, que la tomaron en el siglo XV con la complicidad de media Europa, dando fin a la Edad Media.

Aquella vida cotidiana placentera y “moderna” del siglo I se fue diluyendo en la brutalidad y la simpleza, elementos, sin embargo, necesarios para la renovación de los ciclos. Es probable que también a nuestra civilización le toque la hora de la desintegración para que las tierras, las aguas, los aires y los hombres vuelvan a ser puros. No tiene esto nada que ver con supuestas maldiciones divinas ni con el fin del mundo, que tantos charlatanes han predicado desde hace milenios, sino con la muy natural ley de los ciclos, esa que hace que a un día le siga la noche y a esta otro día; que haya inviernos y veranos, etc.

Y, sin embargo, el filósofo cierra los ojos, y sueña con un mundo donde la belleza no se deforme, la juventud no envejezca, donde, como decía Augusto en su Ara Pacis, “el milano no persiga a la paloma”.

De existir ese mundo, no será en este plano de conciencia… aquí es imposible… pero siempre es bueno y necesario soñar con imposibles, esas divinas mentiras que son verdades para el alma… hasta que el alma se alza y llega a habitar en esas otras verdades imperecederas, más allá del tiempo con sus granos de arena.

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