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Los vikingos en América: algo más que un mito (I)

Carlos Albrecht Alba

Los hombres siempre tenemos la innata curiosidad de buscar y hurgar en lo desconocido, pero son sólo los verdaderos aventureros quienes se lanzan a explicarlo.

Los vikingos en América: algo más que un mito

El límite y la frontera, esos grandes parámetros de la geografía actual, fueron invisibles para todos los exploradores y viajeros del pasado; de egipcios a griegos, pasando por fenicios y mesopotámicos, los hombres anhelaron traspasar las fronteras de lo conocido para adentrarse audaz y temerariamente, por tierra y principalmente por mar, dentro de un universo que existía con tanta antigüedad como el suyo, pero que no les era evidente.

El tema que hoy nos ocupa es, a no dudarlo, de los más polémicos, dada la escasa evidencia de la afirmación del título.

Más aún, la aceptación del descubrimiento de América por Cristóbal Colón pone en tela de juicio a todo aquel que supuestamente haya arribado a sus costas antes que él.

Ya en los años 50 el explorador noruego Thor Heyerdhal hizo el interesante viaje Kon-Tiki tratando de demostrar –como lo hizo– que los antiguos peruanos pudieron llegar, gracias a las corrientes marinas, hasta las islas polinesias –lo cual prueba que grandes navegantes existieron siempre–.

El peso histórico de Colón radica, a mi modo de ver, en su posibilidad de permitir la colonización, pero el mérito de descubrir América como nueva tierra empieza a inclinar la balanza hacia este pueblo navegante y fascinante: los vikingos.

Los primeros relatos: las sagas

Una forma de preservar la leyenda, la historia y la tradición fueron los relatos contenidos en las llamadas SAGAS, que, a su vez, están mayormente contenidas en los Eddas, verdaderas colecciones primitivas de la tradición escandinava.

Las sagas son narraciones medievales de tipo biográfico, de origen escandinavo y también islandés. Es una rama de la literatura diferente de los anales históricos, pues se entrelaza con relatos simbólicos y leyendas que le dan un carácter singular; de ahí que, en la actualidad, se dude mucho de su contenido.

Existen varios tipos de sagas. Las más antiguas son las de los reyes noruegos que vivieron entre los siglos IX y XIII. La más antigua de estas, la saga de san Olao (1180 d.C. aprox.), aún preservada en fragmentos, permite apreciar su forma y estilo.

Durante los siglos XIII y XIV fueron incorporadas a otras obras, como el Libro de Flaky, que contiene, además, biografías de héroes islandeses.

Las más importantes fuentes para la aseveración de la llegada de estos navegantes a las costas norteamericanas, medio milenio antes que Colón, son las sagas islandesas de tipo biográfico y familiar hechas en los siglos XII y XIII, que relatan la vida en Islandia de los siglos X y XI. La mayoría de estas obras son de autor desconocido, y se acepta que las fuentes predominantes fueron los cuentos populares, resúmenes históricos y, principalmente, la tradición oral.

Europa mira al oeste

Más de 400 años después del nacimiento de Cristo, el mundo europeo seguía centrado en torno al Mediterráneo. Hacia el oeste, el horizonte se limitaba por el gran océano, que se extendía hacia lo desconocido. Los pueblos que vivían a orillas del Atlántico en el siglo V d.C. no tenían idea de lo que podría existir mar adentro.

Los terrores y la superstición ponían cerco a la vida de los europeos y a todo intento de exploración. Se creía que el mundo era plano, y si se navegaba demasiado lejos, caerían por el borde del mundo, dominado por fieros monstruos. Además, los navegantes se guiaban por estrellas y con pocos instrumentos de navegación.

Fueron irlandeses y vikingos los primeros que se aventuraron al desafío del mar Atlántico. Los primeros para convertir al cristianismo a cuanto pagano encontrasen, y los segundos para considerar lugares donde asentarse y seguir mar adentro en búsqueda de ricas tierras para la incursión.

Debo recordar, sin embargo, que no fueron unos ni otros los primeros en surcar las aguas del Atlántico. Pescadores de las Islas Británicas y del occidente europeo ya hacían comercio entre ellos. Más aún, 800 años a.C. marineros fenicios habían atravesado las Columnas de Hércules (estrecho de Gibraltar) y llegado a las Islas Británicas en el siglo IV a.C., estableciendo relaciones comerciales.

Los islandeses navegantes

Estos míticos marineros procuraban no perder de vista la tierra. Pero fue la labor misionera de los irlandeses la que permitió la mirada hacia el oeste. Antes del siglo V, Irlanda era un país agrícola y pesquero con pequeñas comunidades y religión local. A principios del siglo V d.C., los irlandeses incursionaron en Gales, y en su botín figuraba un jovenzuelo de 16 años tomado como esclavo: Patricio, el futuro santo patrono de Irlanda. Tras seis años de cautiverio, escapó a Francia, donde se hizo monje, y en el 432 volvió y organizó misiones para la conversión al cristianismo, haciendo verdadera predicación eclesiástica para toda la vida. Los irlandeses establecieron monasterios en Francia y Alemania conservando sus archivos, que han suministrado datos para el conocimiento de los primeros viajeros irlandeses.

Hacia el 700 d.C. llegan a las islas Feroe, al norte de Escocia. En el 825 d.C. un monje irlandés llamado Dicuil da cuenta de la llegada a estas islas “luego de dos días y dos noches de viaje a vela con viento favorable”, en su obra Dimensiones del mundo. También relata que en el 770 llegaron a Islandia, aludida como Thule o Thyle.

Hacia el siglo VIII empiezan a aparecer en el escenario europeo los hombres del norte, los vikingos, que, precipitándose desde las ásperas tierras de Escandinavia, se derramaron sobre el continente, llevándolo todo a sangre y lucha, arrebatando y saqueando oro, ganado y esclavos. En el 795 llegan a Irlanda, las Feroe, Hébridas e Islandia. Los descendientes de estos vikingos hablan de los irlandeses en Reykiavik (capital de Islandia). A estos últimos, la insoportable vida con estos paganos escandinavos les impulsa a seguir hacia el occidente, y a tres días de navegación, llegan en el 870 hasta Groenlandia. Escritos nórdicos dicen que el 982, al llegar Eric el Rojo, encontró casas abandonadas y barcas que usaban los irlandeses. Otros escritos hablan de la existencia de hombres blancos en “Islandia la Grande”.

Además, los primeros misioneros franceses, que llegaron al Canadá en los siglos XVI y XVII, encontraron ritos entre indígenas de mucho parecido cristiano.
La utilización frecuente de cruces en sus ropas y artesanías son puntos a favor. Sin embargo, toda esta teoría no se fundamenta históricamente, ni hay datos concretos acerca de la llegada de los irlandeses a Norteamérica. Nada hay, en efecto, probado; todo permanece, al cabo de más de un milenio, dentro de una razonable duda.

Los vikingos: pueblo de navegantes y guerreros

Este pueblo procedía del norte, de los actuales países escandinavos de Noruega, Suecia y Dinamarca. En la antigua lengua nórdica, la palabra “viking” significaba la descripción del hombre que abandona el fiordo para incursionar y merodear. Llegó, por tanto, a adquirir la significación de pirata feroz y despiadado.

La crudeza de su clima, excesos de población y carestía de tierra, hizo necesaria su vida de incursiones y saqueo por Europa. Durante siglos, el espectáculo horripilante de su presencia aterrorizó a la gente. El temor a la muerte era cosa desconocida; la muerte en batalla suponía el fin más glorioso de la vida terrenal. Odín, el dios máximo de su panteón, admiraba, sobre todas las cosas, el valor de la lucha, y recogía con sus diosas-guerreras, las valkirias, a los caídos, para transportarlos al palacio-paraíso de los guerreros: el Walhalla. Allí, seguía la guerra, y los vencidos volvían a la tierra para seguir con esta forma de vida.

Utilizaban barcos largos y cortos, para viajes de mucha duración e incursiones rápidas por ríos respectivamente. Históricamente, su primer ataque se remonta al 780 d.C., a los habitantes de las Islas Británicas, que a la sazón, se hallaban divididos y en constante guerra.

En el 789 arribaron a Dorset, sudeste de Inglaterra, y se establecieron. Sucesivamente, en los siglos IX, X y XI, siguieron su guerra contra los ingleses y llegaron a su punto más alto en el 1016, cuando Canuto fue coronado rey de Inglaterra. Al igual que Inglaterra, Escocia e Irlanda sufrieron el acoso vikingo. En el 840 fundaron Dublín.

Europa, después de la muerte de Carlomagno en el 814, fue incapaz de contenerlos, y esta vulnerabilidad dio oportunidad de atacar y someter a pueblos desde Francia hasta el mismo Marruecos. Los vikingos daneses y noruegos se encargaron del occidente europeo, mientras que los suecos tendían más hacia el comercio y llegaron hasta el lejano mar Caspio.

Toda la época entre los siglos V y X, conocida como Edad de las Tinieblas, ha llegado a nosotros gracias a tres fuentes: la primera son los restos arqueológicos encontrados en toda Europa; la segunda son las sagas (aproximadamente unas 120) y el Landmabók y Flateyjarbók, colección de sagas hechas por sacerdotes entre 1387 y 1394. Gracias a esto se ha podido reconstruir, aunque con imprecisión, buena parte de lo que sucedió en esos siglos.

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