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La vía de los kami: el espíritu shinto (I)
Juan Carlos del R'io
Es difícil explicar en qué consiste la religión shinto o sintoísmo, pues carece de doctrina oficial, dogmas o preceptos morales. Carece también de un fundador, un santo o un sabio que la haya conformado. Sin embargo, aunque las creencias son muy vagas, los ritos son muy exactos e imperativos.
El nombre de shinto fue dado en el siglo VI d. C., para diferenciar el budismo, Butsu-do, “el camino de Buda”, frente al shinto, “el camino de los dioses”, cuando monjes procedentes de Corea y China introdujeron en Japón el budismo de India.
Se puede decir que el shinto consiste en la creencia en una multitud de espíritus naturales, aquellos que residen en oscuras arboledas, en las cimas de las montañas, cerca de los nacimientos de los ríos, en los alrededores de las rocas con extravagantes formas.
Para el shinto, las plantas, las rocas, los animales tienen un alma igual a la que habita en nosotros; no debemos entenderlo como animismo, sino como una comprensión del sentido de la unidad de la vida. La rama retorcida de un pino, una cueva en la roca, un insecto, una piedra pueden convertirse en un kami, es decir, en divinos.
Kami es una vitalidad peculiar de todo lo que habita en la Naturaleza.
Kami quiere decir, literalmente, los seres situados más arriba. Todo, un animal, una planta, una montaña tiene un kami. Toda cosa natural, un hombre, un volcán, un cerezo, tiene en diferentes grados de intensidad un kami, un espíritu. El kami de una montaña puede ser un dios; también puede ser el protector de los que viven cerca de la montaña.
Los únicos preceptos del shinto se pueden resumir en “actuar según los genuinos impulsos del corazón” y en la obediencia al emperador. La lealtad y la piedad filial son influencias posteriores del confucionismo y del budismo.
Todo es una manifestación del poder divino. Los animales, las plantas reciben la vida de los kami al igual que el hombre y en el mismo grado. El soplo de los kami es esencial para el nacimiento de todas las cosas. Cada cosa posee un soplo divino, un alma individual dada por los kami.
Todas las cosas y todos los seres visibles o invisibles son, por consiguiente, dignos de respeto; más aún, de veneración. Los dioses shinto son raramente representados, puesto que, como espíritus de la Naturaleza, no es posible trasladarlos a formas humanas.
Junto a esta creencia en los espíritus de la Naturaleza, existe una tradición de leyendas, recopiladas en el Ko-Ji-Ki (712 d. C.) que resumiremos al final. Allí se narra el ciclo de Izanagi e Izanami, creadores de las islas del Japón y de los ocho millones de dioses, el ciclo de Amaterasu –el Sol– y Suzanoo –la tempestad–, el ciclo de O Kuni Nushi –la fecundidad– y el de Ninigi, nieto de Amaterasu y padre del primer emperador del Japón, entronizado en el 660 a. C.
El hombre debe vivir de acuerdo con una ética conforme con el camino de los dioses. Este camino está trazado en el interior del hombre como resultado de su sentido innato del bien y de la justicia, que posee de forma natural por descender de los kami celestiales.
Todo lo que existe es naturalmente bueno, ya que procede de lo divino. El hombre sólo puede ser malo por causa de las condiciones de su existencia.
Las infracciones a lo exigido por la vía de los kami son solo errores, y no pecados. Los errores requieren, por tanto, purificaciones. Un espejo no reflejará la luz si está sucio. Los malos actos son manchas que caen en el espejo de nuestra alma, y necesita, por lo tanto, limpieza para que vuelva a su pureza natural.
Podemos hablar de tres tipos de purificación: por ablución con agua, por exorcismo y por privación.
El efecto espiritual de la purificación consiste en refrenar las inclinaciones del cuerpo para preparar el apaciguamiento del alma.
Las purificaciones más comunes consisten en el baño frío en una corriente de agua o en el mar, como hizo Izanagi tras visitar el país de los muertos. También son comunes los ayunos o regímenes alimenticios severos o la privación de dormir, que tienden a evitar el calentamiento del cuerpo y, por lo tanto, de las pasiones.
La vía de los kami exige, en primer lugar, lealtad (makoto), es decir, contacto con los kami cuya presencia sentimos en nosotros. La vida en armonía con la Naturaleza nos llena de felicidad sin fin. Este sentimiento produce una actitud benevolente y fiel para nuestros semejantes, un sentido de generosidad, de paz y de cortesía libre de hipocresía, lo cual explica la cortesía y la obsequiosidad japonesa.
En segundo lugar, esta ética exige la rectitud en los actos y, por consiguiente, la honestidad, la corrección y la justicia. El camino de los kami exige del individuo una devoción a los dioses y a los hombres, lo que implica amor filial, tolerancia y respeto a un semejante.
El emperador es el símbolo del pueblo japonés, el centro de su vida religiosa. Es un objeto suprarreligioso. El Japón sin el emperador no es Japón.
Sería imposible sentirse satisfechos del propio país, de la vida, sin pensar al mismo tiempo que estos beneficios le han sido otorgados a uno. La persona con quien uno está endeudado, en última instancia, es el emperador.
No existe culto a los antepasados remotos, como en China, sino solo a los recientes. La veneración a los antepasados se hace en un santuario situado en el cuarto principal de la casa, donde se honra la memoria de los seis o siete últimos miembros de la familia fallecidos.
El sintoísmo acepta la vida del espíritu después de la muerte, pero esto no implica ninguna enseñanza moral, puesto que no hay premios ni castigos después de la muerte.




