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Abderramán III. El esplendor de Al-Andalus (II)

Mª José Reina
Ana Belén Rodríguez

La milicia: constante ejemplo
La potencia bélica de Abderramán ha sido recordada como formidable. Una soberbia marina le permitió disfrutar de la soberanía del Mediterráneo. El ejército fue numeroso y bien disciplinado, contando con excelentes jinetes y con una infantería formada por judíos, mozárabes y esclavos. Pero entendemos que bastante antes de Abderramán se llamaba así a todos los extranjeros que servían en el harén o en el ejército, cualquiera que fuese su origen o raza. Muchos de ellos fueron cautivados siendo niños y adoptaron fácilmente la religión, la lengua y costumbres de sus señores, recibiendo en su gran mayoría una cuidada educación. Durante los gloriosos días de Abderramán eran numerosos los que formaban su guardia interior, investidos de funciones militares y civiles; incluso, en su desagrado por la aristocracia, obligó a gente de alto linaje a humillarse ante ellos. También llegaban gran cantidad de mercenarios procedentes de tierras africanas y de reinos cristianos para servir al soberano cordobés, pero la milicia de más consideración y fortuna estaba formada por los llamados esclavos.

Abderramán III

Otra de las facetas que causan admiración en este rey español es su gran inteligencia, a la que nada se escapa, y que muestra tanto en los más pequeños detalles como en las más sublimes concepciones. Durante los días de lucha, recorría personalmente el campamento antes de la batalla y revisaba minuciosamente el estado de sus hombres, de los caballos, de las armas y después de este riguroso examen les recordaba las obligaciones de un buen guerrero:

«Mientras combata el enemigo, tened el puño firme y el corazón implacable; cuando se rinda, ni la más mínima crueldad, ni el más leve insulto son permitidos contra los prisioneros. El engaño y la estratagema son autorizados durante el batalla, pero luego de ella, nunca se ha de faltar a la palabra jurada.»

Y tal como repetía estas palabras, era capaz de transmitirlas, porque su noble corazón admiraba y se conmovía ante la bravura y la heroicidad allí donde estuviese, aunque lo viera reflejado en sus propios enemigos.

La cúspide del saber
En el año 929, Abderramán III adopta el título de «Califa y Príncipe de los Creyentes», iniciándose de este modo el período de máximo poder político y de mayor esplendor cultural de Al-Andalus, sobre todo de su capital, Córdoba, que, próxima al millón de habitantes, se convertía en la ciudad más importante del mundo occidental, comparada por los escritores islámicos con la mismísima Bagdad.

Abderramán, gracias a sus excepcionales cualidades, se ganó la consideración y el respeto de los demás reinos y fue tratado como el hermano mayor de los reyes de la península, que le escribían, consultaban y visitaban amistosamente, viviendo la cristiandad española durante la segunda mitad del s.X maravillada y sumisa frente a Al-Andalus.

Conocemos la visita realizada por la embajada del Emperador Constantino Porfirogeneta de Grecia sobre el año 948, en la cual se renuevan los antiguos tratos de amistad y alianza entre las dos monarquías. También se firmaron pactos amistosos con León y con el conde de Castilla hacia el 955 y también por esta época recibe la visita del rey Otón I de Alemania, siendo recibidas tales embajadas con toda la pompa y magnificencia que era costumbre en su corte. Y es que se esforzaba el soberano en ser un buen anfitrión y para ello preparaba deslumbrantes recibimientos y fabulosos regalos. Abderramán poseía un sentido exacto de la majestad real que le obligaba a vivir quizá demasiado apartado del pueblo y se presentaba ante sus súbditos en muy contadas ocasiones, rodeado de un gran protocolo.

Se fue incrementando el capítulo de obras públicas y ello dio ocasión al Califa para dar a conocer al mundo su gran capacidad creadora. La agricultura, la industria, el comercio y las ciencias florecen con gran esplendor en todo el califato, y el extranjero que cruza por sus campos y sus ciudades admira la abundancia de los cultivos, la suntuosidad de los edificios públicos, incluso la comodidad y limpieza de los baños públicos. Se asombrará al cruzar por los lugares más apartados sin asomo de peligro, extrañándose del precio ínfimo de las cosas necesarias y más todavía al observar que casi nadie es tan pobre que no tenga su cabalgadura para andar por los caminos. El tesoro público, que encontró en ruinas a su llegada al poder, se convierte en el más próspero de Europa y África. Se calcula que en el año 951 se guardaba en las arcas de su tesoro la fabulosa suma de 20 millones de monedas de oro.

El espíritu fue cultivado con el mismo empeño que los campos, y la poesía, la filosofía y la música asientan su trono en Córdoba, que fue llamada por los pueblos de Europa la Atenas de Occidente.

La lengua oficial del califato era el árabe clásico; y Abderramán imponía a sus servidores y ministros la pureza de este idioma. Pero el pueblo y aún los más altos señores de la ciudad, en su vida diaria, hablaban un árabe empedrado de barbarismos, en uno u otro lenguaje, con caracteres latinos o arábigos, el español de Andalucía estaba ansioso por saber, y son escasas las personas que ignoraban la ciencia de leer y escribir, en contraste con la noche de la inteligencia que se tendía sobre los pueblos de Europa.

La filosofía pura, hasta el tiempo de Abderramán, no tenía libertad de extensión, puesto que se sigue rigurosamente la letra del Corán, mas gracias a la tolerancia de este emir, los buscadores de la verdad hallan la libertad necesaria para expresar sus ideas. La misma tolerancia que para la filosofía encuentran quienes cultivan las demás ciencias, como las matemáticas y astronomía.

Alcanzan una gran importancia la biblioteca pública y privada, y llegan a Córdoba, desde las naciones más alejadas, sabios, estudiosos, copistas y libreros, convirtiéndose la capital en el cerebro del mundo. Abderramán poseía la biblioteca más numerosa de la época, heredándola de sus predecesores y enriqueciéndola con ejemplares de belleza única. De las artes plásticas destaca la arquitectura, siendo cúspide la creación de una ciudad de ensueño llamada Medina Azahara, en recuerdo de una hermosa esclava del rey, a la cual amaba y distinguía entre todas las demás.

Allí vivió los últimos años de su vida, donde esperó a que la muerte se lo llevara, un 16 de octubre del año 961, a los 72 años de edad y con 50 de difícil reinado. Cuentan que en sus últimos días estuvo melancólico, pero siempre afable con cuantos le rodeaban. De una forma tranquila y serena abandonó este mundo uno de los más gloriosos reyes de España. De Medina Azahara tan sólo quedan ruinas y las estrofas de los poetas que describen su belleza. Pero del soberano nos queda algo más que un vago recuerdo: nos queda su ejemplo de tolerancia, sabiduría y justicia, que nosotros, como herederos de su importante legado, debemos continuar para lograr un mundo nuevo y mejor.

BIBLIOGRAFÍA
* Abderramán III. Mariano Tomás.
Ed. Bolaños y Aguilar, S.L.
* Política y Milicia en Al-Andalus. Antonio Guzmán Reina. Ed. Gráficas Utrera.
* España bajo la Media Luna. Angus Macnab. Ed. José J. de Olañeta.
* El Islam en Occidente. Roger Garaudy. Ed. Breogan.

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