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La profecía de Antonino, sacerdote del culto a Serapis, dios de la medicina (II)
Paz de Benito
Uno de los atributos de Serapis era el de ser “dios de la medida”, puesto que la salud y la razón dependen de la proporción, es decir, de la medida y “mesura”. Por este motivo, las imágenes clásicas de este dios le representan con un recipiente en forma de clepsidra sobre la cabeza, como símbolo de unidad de medida. No sorprende, entonces, que Serapis fuera hijo de Apolo, dios de la luz, la proporción, la armonía y la música.
Serapis y los Misterios de la Medicina
Los Misterios del dios Serapis y los servicios que prestaban no estaban dedicados solamente a la medicina. Era este un dios muy querido y solicitado; su culto se hallaba extendido y enraizado por todo el oriente y el occidente del Imperio.
Tantos sus complejos hospitalarios como sus centros de enseñanza e iniciación estaban abiertos a gente de toda condición social, sin diferencia de raza, sexo o creencia religiosa. Se acudía al dios para ser curado, encontrar consuelo y reponer fuerzas para la vida. Se le buscaba como dador de luz e inspiración para el entendimiento. Era un dios misericordioso que, además de médico y sanador, salvaba a las almas de tribulaciones y sufrimientos con protectora comprensión, atendiendo a necesidades y ruegos.
Significaba esperanza. Por todo esto, y por los “milagros”, es decir, curaciones por poderes divinos que se atribuían a los médicos de Serapis, era objeto de adoración sincera y sentida. Se admiraba su humanidad, unida a una imagen que emanaba majestad, sabiduría y serenidad, como demuestran las representaciones del dios que han llegado hasta nuestros días.
Antonino alcanza el “parentesco con los dioses”
El texto de Eunapio continúa diciendo:
“Antonino (…) estaba impresionado por la desembocadura del Nilo a su paso por la ciudad de Canopo, y allí se sentía bien. Por eso vivía completamente dedicado a los dioses que se adoraban en aquel lugar.
Pronto alcanzó el deseado parentesco con los dioses; despreciaba el cuerpo, se liberó de sus placeres y aspiraba a la sabiduría que queda vedada al común de los hombres. No abrigaba ningún deseo de practicar teúrgia ni ninguna otra cosa que requiriera el uso de fuerzas sobrenaturales, quizás porque temía la política del emperador, que ponía en ridículo estas prácticas. Mas todos admiraban su doctrina y su fuerte e irreductible carácter; y todos los estudiantes buscaban su enseñanza y solían verla en la playa de Alejandría”.
Y aclara:
“Y es que, debido al santuario de Serapis, Alejandría conformaba un mundo religioso en sí mismo. La cifra de personas que llegaban allí, provenientes de todos los puntos del mundo, era tan elevada como el número de habitantes de la ciudad misma. Una vez visitado el dios y habiéndole rendido culto, la gente continuaba viaje para ver a Antonino. Los unos lo hacían por tierra –eran a los que verdaderamente les urgía–, mientras que los otros se dirigían al lugar en barca, alcanzando así más cómodamente el destino de su viaje de estudios. Cuando, nada más llegar, conversaban con él, los unos le presentaban un problema científico, recibiendo prontamente alimento a través de ideas del pensamiento platónico; otros, que solo querían preguntarle sobre temas teológicos (léase “teúrgicos”), recibían “la respuesta de una estatua”, es decir: no pronunciaba palabra; permanecía sentado en el sitio, con la mirada fija en el cielo, sin decir nada ni ceder en su actitud. Nadie pudo testimoniar jamás que hubiera entablado conversación a la ligera sobre estas cosas”.
El biógrafo menciona “un signo”, refiriéndose al suceso predicho por Antonino, a saber: “que los templos se convertirán en sepulturas…”. Ciertamente, no era la primera vez que se hacía este vaticinio. Ya desde muchos siglos, existían profecías egipcias muy arcaicas, en las que se describen, con sorprendente transparencia, los signos que precederían al comienzo de una futura edad oscura en la que se olvidaría a los dioses y se adoraría a la muerte, enterrando a los muertos en los templos.
Para entender la consternación del biógrafo, hemos de considerar que, para el hombre de la Antigüedad clásica, era inconcebible hacer enterramientos en los templos. Estos edificios o zonas sagradas eran para la vida, la curación, la santificación o el culto; no se concebía “contaminarlos” con huesos y tumbas, una costumbre puramente cristiana que se sigue manteniendo hasta el día de hoy. Como ya Plinio el Joven, en tiempos de Trajano, cuenta en varias cartas a sus amigos, en muchos círculos romanos se calificaba a esta religión de “secta que adora a un muerto” (el crucificado), que se dedica a “comer el cuerpo y beber la sangre de sus ídolos” (la comunión) y “a rendir culto a sus cadáveres” (las tumbas dentro de las iglesias, catacumbas y, más tarde, catedrales)…
Pero dejemos de nuevo que lo describa el ahora ya indignado filósofo:
“Pronto, y a través de un signo, se pudo comprobar que (Antonino) era portador de un elemento divino. Porque, en efecto, fue inmediatamente después de abandonar Antonino la comunidad de los hombres (tras su muerte), cuando los cultos alejandrinos, y no solo los cultos en sí, sino también los edificios, fueron destruidos; en especial, el santuario de Serapis. A aquellos sagrados lugares (…) fueron conducidos una serie de pretendidos monjes. Acumularon allí huesos y cráneos de delincuentes (…) a los que consideraban dioses (…) y llamaban “testigos”, viendo en ellos, por así decirlo, “servidores” y “enviados” de los dioses, los cuales habían de recibir los ruegos y oraciones de los hombres. (…) Pero todo ello no hacía más que aumentar la fama de Antonino como vidente, ya que había profetizado que los templos se convertirían en sepulturas…”.
Como sabemos a través e otras fuentes históricas, esta “serie de pretendidos monjes” eran coptos, la comunidad cristiana monástica más extendida de Egipto. Fueron ellos los que, por ejemplo, atando fuertes sogas a las enormes columnas del templo de Alejandría, hicieron tirar de ellas a un rebaño de bueyes hasta que lograron su derrumbamiento y destrucción completa. Pero no se contentaron con edificios y obras de arte. También quemaron o destruyeron toda clase de texto antiguo, papiro, rollo, relieve o noticia de ciencias, religión o filosofía que cayera en sus manos y fuera anterior al “Nuevo Evangelio” que predicaban. Según dicen las tradiciones –vivas por lo menos hasta el siglo pasado– solo se salvaron de “la purga” objetos y libros escondidos previamente por logias secretas y sacerdotes que, avisados por vaticinios anteriores y análogos al que nos ocupa, habían tenido la precaución de esconderlos “hasta que la Humanidad vuelva a estar preparada”… Pero esta sería otra historia. En el lugar de los antiguos recintos sagrados, y utilizando sus restos, se edificaron iglesias. En ellas se introdujeron reliquias de santos, (sic: “huesos y cráneos de delincuentes… a los que consideraban dioses”); reliquias de mártires (a los que “llamaban testigos (…) servidores y enviados de los dioses”). Estos personajes representaban algo desconocido para la sensibilidad del ciudadano tradicional romano, ya que se les llamaba “intercesores” ante Dios (“los cuales habían de recibir las oraciones y los ruegos de los hombres…”).
Se hacía necesario hacer desaparecer el mundo antiguo, y con él al viejo dios Serapis, del que se decía que curaba por amor y compasión. Había que erradicar su culto. Y es que entre los epítetos que Serapis había llevado desde hacía siglos, se encontraba el de “Sanador” y “Salvador”, por lo que la población veía en la nueva doctrina una suplantación, una copia innecesaria de lo que ya tenía. No es de extrañar, por tanto, que el romano se sintiera, por lo menos, sorprendido.
Basten por el momento y ahora que estamos ente las puertas del año 2000, estas noticias del siglo IV para seguir aprendiendo de la Historia. Su olvido supone estar expuesto a las consecuencias del fanatismo, actos violentos y destructores; a la intolerancia, el sectarismo y –por ello– a la pérdida de derechos humanos y una educación humanista y humanitaria. Con ello viene la pérdida de saber y conocimientos ancestrales; el olvido de lo que se llama sentido cívico, que tiene mucho –o todo– de sentido común. Con la entrada de extremismos no solo se pierden libertades, sino que se olvidan deberes y obligaciones que son condiciones previas a la práctica de la tolerancia y el respeto por la diversidad, pues diverso es el camino, pero común es el objetivo de lo que se da en llamar evolución de los seres humanos.
Cordura, salud y entendimiento son garantía de inspiración para reconocer objetivos comunes, aquellos que nos unen como hombres. Es de hombres desarrollar facultades latentes. Y es de dioses como Serapis, al que se le llamaba “dios de la medida”, conceder y enseñar el don de la cordura, la salud y el entendimiento. Será entonces el encuentro con esa nuestra naturaleza interior, latente y en potencia, la que nos permita avanzar hacia un destino verdaderamente humano y universal.




