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Mario Roso de Luna (II)
José Carlos Correas
Es 1904, fecha de la muerte de su padre, y de su traslado a Madrid con su mujer y sus dos hijos. De su hogar extremeño, como el mismo dirá, sólo trae la ciencia, el arte, su alma y un puñado de tierra. Y éstos son los cuatro puntos cardinales de su vida.
A partir de su llegada a Madrid, Roso sigue dedicándose con verdadera pasión al estudio de las obras de Teosofía, pero no se limitaba a ellas, sino que a la vez profundizaba constantemente en Historia, Astronomía, Química etc., con la pasión y provecho de un autodidacta.
Mantuvo siempre una enorme dedicación Roso a la guitarra y al piano que le ayudaron a mantener su pasión por la música. Fue un prolífico escritor de innumerables libros, artículos para revistas de todo tipo y se puede disfrutar de su obra completa en la actualidad.
Desde 1904 está afiliado a la Sociedad Teosófica de Adyar, fundada en 1.874 por H.P. Blavatsky. Y como tal miembro, debido a su preparación filosófica y científica se le llama desde Buenos Aires a dar unas conferencias, en sustitución de Annie Besant, cosa que llevara a cabo de inmediato en 1909. Se embarcó pronto recordando el pasado conquistador de los extremeños, dispuesto a una conquista espiritual mas anónima y menos cruel de los habitantes del Nuevo Mundo y cuyo efecto más constante es el recuerdo que de él tienen aun en Sudamérica y los dos tomos de su obra Conferencias Teosóficas en América del Sur, que publicó al concluir su viaje. Argentina, Chile, Uruguay y Brasil fueron los países que se beneficiaron de su enorme erudición y su brillante oratoria. Manuel Sánchez Pizjuán dijo de él: “No enumera, narra; no impone criterios, expone doctrinas; no imita a nadie, copia su propio estilo”.
Como conferenciante tenía un gran éxito donde quiera que fuese llamado, ya en Madrid, Sevilla o Barcelona. Para dar una conferencia sólo precisaba que le dejasen reflexionar quince minutos sobre el tema. Y su elocuencia era tal que muchos que acudían a oír sus disertaciones con ánimo de criticarlas salían desconcertados, reconociendo lo fundado de sus opiniones por más contrarias a sus principios que pareciesen.
Según relata el mismo Roso en una entrevista que tuvo con Annie Besant de la que no salió muy complacido, narra cómo del imperceptible roce de los anillos de ambos apareció un resplandor extraño que les hizo mirarse en silencio con una interrogación en los ojos que ninguno intentó verbalizar.
Siguiendo con la Astronomía, la noche del 8 al 9 de junio de 1918 descubrió antes que ningún otro astrónomo europeo, la ultima estrella temporaria aparecida entre las constelaciones del “Águila” y de la “Serpiente”, pero el entonces director del Observatorio de Madrid, Sr. F. Iñiguez, retraso la noticia llevado por su disparidad filosófico-religiosa con Roso.
En 1931 fundó con sus compañeros de la rama Hesperia, el “Ateneo Teosófico”, que conoció durante los meses que duró su presidencia un gran apogeo al recibir los personajes de todas las tendencias y establecer con ellos discusiones y conferencias públicas. Como tantas otras cosas, la guerra civil terminó con este club del libre pensamiento. También escribió numerosas obras que reunió bajo el nombre de “La Biblioteca de las Maravillas”.
Le negaron una cátedra prometida anteriormente por el Ministerio de Instrucción Pública, aun estando refrendada por trescientos catedráticos y ateneístas de prestigio. Uno de los ministros que negó tal concesión dio como única razón que Roso era budista. Cuanto tengo de budista- le replicará- lo que él de moro, de hotentote o de indio.
Sin embargo Roso de Luna era en general bien considerado en el mundo cultural de su tiempo. Fue citado por Menéndez y Pelayo como el mejor estudioso y explorador científico en Extremadura. Y entre otros personajes ilustres era amigo de Bonilla y San Martín. Alterna esta época de su vida las conferencias, los escritos (sobre todo comentando las obras de H.P.B.) y las charlas en el Ateneo con los intelectuales de la época. A esas charlas acudían Valle-Inclán, Cajal, Emilio Carrere, Arturo Soria, Gómez Carrillo etc. Con Pío Baroja se veía a veces.
Para todo el mundo tuvo siempre abiertas las puertas de su casa, vagabundos y bohemios, todos eran bien recibidos con temor a veces de su pobre mujer que no podía por menos extrañarse, al ver como su hogar se convertía en consultorio o puerta de convento.
Otra de sus cualidades fue la serenidad ante la muerte. No quiso lágrimas ni luto. El lunes 2 de noviembre de 1931 cayó en la cama y ya no pudo ir ese día de reunión. Pidió que llamaran al Dr. Alfonso y con los auxilios de éste, se recuperó rápidamente e incluso quiso levantarse. El sábado recayó y el domingo por la tarde cambió bruscamente su enfermedad, se puso muy grave y a las doce de la noche, sereno y tranquilo, murió. Las últimas palabras que pronunciara Roso antes de morir fueron un verdadero mensaje de amor y entrega a lo que fue su ideal durante toda su vida. Ante la tristeza de su familia y amigos solo les decía:
Ningún hombre es indispensable. No me lloréis. De una sola manera honrareis mi memoria: ¡Continuad mi obra..! ¡Superadla!





