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Las crisis humanas (I)

Coloma

Desde el punto de vista psicológico, uno de los símbolos más frecuentes para representar la existencia humana individual en su devenir es el del camino. Sin embargo, hay caminos y caminos. Los hay llanos como si siguieran una interminable línea a través del desierto, y casi inexpugnables, como si fueran una mezcla de desfiladero pedregoso y selva tropical enmarañada. Así, los caminos simbólicos tendrán todas las variedades posibles de los caminos de la realidad, los que constituyen los senderos físicos; y habrá tantas posibilidades simbólicas como diferencias hay en las rutas a través de los paisajes del mundo, siendo en el universo interno cada posibilidad, cada ruta, un símbolo que alude, que explica, que refiere analógicamente un modo de ser y de sentir del ente humano.

Las crisis humanas

Al hablar de los caminos, tenemos que tomar como ejemplo un camino típico, una especie de camino simbólico que no será ni demasiado liso ni demasiado accidentado, porque la verdad es que ambos extremos no son representativos; pero sí con los escollos suficientes como para hacer entretenida la marcha. Y de eso se trata: de los inconvenientes que se le presentan al caminante a su paso, en forma de obstáculos, encrucijadas, pantanos, pendientes, precipicios, señales equivocadas, calor o frío.

Todos estos escollos de la ruta que nos obligan a detenernos, que nos impulsan a estudiar el modo de superarlos, desde el punto de vista psicológico constituyen situaciones críticas. En psicología, cada una de las circunstancias que irrumpen en nuestro transcurrir vital, psicológico y existencial, cerrando situaciones y abriendo un abanico de posibilidades de experiencia y acción de las que puede resultar un mayor grado de experiencia, madurez, seguridad interna y en ocasiones conciencia, según el enfoque que se les dé, aproximación y solución, se llama crisis.

¿Qué es una crisis?

La teoría de las crisis enfoca al ser humano desde un punto de vista dinámico, en interacción consigo mismo, con sus semejantes, con las cosas y con el mundo en general, de modo que permanentemente entra en situaciones de conflicto que debe superar. No es una aproximación al ser humano desde la psicopatología, sino que esta puede sobrevenir como fracaso en la resolución de las crisis. La teoría de las crisis supone entender al hombre con un criterio activo, de movimiento, cambio y transformación.

Una crisis es un punto crucial a lo largo del desarrollo evolutivo humano, como ser vivo, emocional, racional y social; y que obliga a la persona a una readaptación intrapsíquica y psicosocial como consecuencia de las alteraciones producidas y de los factores introducidos por la misma crisis.

La crisis siempre señala dos direcciones: hacia el futuro o hacia el pasado. Se sitúa como una puerta abierta hacia el cambio, entre la estabilidad de lo conocido y la situación nueva, y plantea básicamente dos movimientos: estabilidad y desestabilidad, seguridad e inseguridad.

Las crisis son inevitables. Las propias características del proceso de desarrollo y maduración humanos nos impelen forzosamente a momentos o períodos críticos.

No se puede precisar la duración de una crisis, que dependerá de la magnitud de la misma y a qué esfera de la persona o de la personalidad afecte y la intensidad de la afección. Así, un período crítico puede oscilar entre algunos minutos o algunos años de nuestra existencia.

Desde el punto de vista evolutivo, las crisis operan simbólicamente a la manera de escalones que unen el continuo vital, de forma que cada situación condiciona la siguiente. La no resolución de las alternativas y alteraciones producidas por un período crítico influyen en la permanencia del mismo, en la dificultad en el abordaje de los siguientes y, por supuesto, en la fragilidad de la personalidad global.

Existirían grandes y pequeñas crisis. Las primeras suponen un replanteamiento de la orientación interna o externa del sujeto, mientras que las segundas son pequeñas alteraciones en una faceta, un rasgo, una actitud o una circunstancia de la persona.

Toda situación crítica exige una gran cantidad de energía, por lo que la disponibilidad energética de la persona para otras tareas disminuye, ya que esta se concentra en atender lo urgente.

Una crisis puede provocarse por situaciones internas o externas al sujeto. Las situaciones internas pueden deberse a alteraciones biológicas, como las enfermedades, variaciones biológicas, los cambios vitales de crecimiento y desarrollo, etc. Como en el ser humano no podemos hablar de una dicotomía corporal y mental, so pena de escindir a la persona, cada alteración somática tiene una repercusión psicológica, más aún cuando, como las citadas anteriormente, pueden incidir de un modo tan total en la vida futura del individuo. Otro tipo de situaciones internas pueden tener su origen en emociones (el enamoramiento, por ejemplo), pensamientos, ideologías, etc., que produzcan una toma de conciencia y, por tanto, una posibilidad de cambio.

Las situaciones externas generadoras de momentos críticos pueden provenir de alteraciones en el medio social inmediato, ya sea el ambiente familiar (variaciones por ausencia de un familiar, cambio de estado por matrimonio, muertes, etc.), el campo laboral (por alteraciones en las condiciones de trabajo –ascenso, despido, paro–), etc. Nuevamente, quiero resaltar la interdependencia bio-psico-social en el ser humano, y cómo una situación crítica desencadenada en una esfera determinada puede repercutir en las restantes.

En una crisis-tipo existen una serie de momentos clave que se repiten habitualmente:
   1.º) Incidencia del desencadenante. Aparición del mismo en el campo vital del sujeto. Esta aparición puede ser súbita o previsible, comenzando a alterar las condiciones habituales de la persona.
   2.º) Fase de sorpresa o estupor caracterizada por el desequilibrio, que puede ser tanto externo como interno, y posterior incremento de los mecanismos de defensa ante la situación nueva; puede aparecer cierta sintomatología psicológica o psicosomática (angustia, tensión, depresión, insomnio, etc.).
   3.º) Intento de resolución y de adaptación a la circunstancia conflictiva, con las consiguientes evaluaciones del conflicto, alcance del mismo y variaciones posibles. Paralelamente, se da una elaboración emotiva, es decir, “digestión del proceso de cambio”, con objeto de integrarlo en la conciencia.
En este sentido, el recuerdo, la asociación con otras circunstancias ocurridas anteriormente o conocidas de algún modo, el aprendizaje previo obtenido de esas circunstancias, la ambivalencia entre distintos afectos o distintos pensamientos, los deseos, las emociones de pena, alegría, rabia, etc., y sus ligazones con las ideas y recuerdos correspondientes, la alternancia de unos y otros y, en fin, todos aquellos factores que constituyen la movilidad intrapsíquica son elementos del trabajo interno.
   4.º) Es posible que durante este trabajo exista una regresión dinámica al pasado, y a estadios ya superados, utilizando mecanismos o recursos pertenecientes a otras épocas evolutivas. Este estado puede convertirse en estable en el caso de fracasar en la resolución del conflicto, incrementándose la angustia, reactivándose conflictos similares, apareciendo franca sintomatología y patología psíquica declarada.
   5.º) Por el contrario, puede darse una aceptación del cambio, superación de la dificultad, asunción de lo perdido y de lo nuevo y del significado común a ambos, integración de la experiencia en la conciencia, adaptación de los elementos de la personalidad implicados en la situación que plantea la crisis; y, por tanto, aparición de nuevas perspectivas vitales, con el consiguiente aprendizaje, fortalecimiento y maduración de la personalidad. Simbólicamente hablando, se habría salvado un escollo o completado una etapa del camino.

Desde el punto de vista existencial, las crisis nos enfrentan a la imposibilidad de la seguridad, a no ser que esa seguridad sea la del movimiento y, por tanto, la de la incertidumbre. Psicoanalíticamente hablando, las crisis son dolorosas porque nos reflejan la imposibilidad de la totalidad, de la totalidad de la estabilidad y la totalidad de la plenitud. En última instancia, las crisis obligan a retomar una y otra vez el tema de la pérdida, la separación; instalan al individuo en el bamboleante camino medio entre una época y otra, entre uno y otro estado, con sus hábitos, creencias, sensaciones, esperanzas; algunas quedarán atrás, en nuestro pasado, en nuestra historia, otras se abrirán para nosotros en el ahora con la nueva etapa.

Por otra parte, cada crisis porta en su núcleo un mensaje, una enseñanza. Abriéndonos a ella conseguimos utilizar de modo positivo los accidentes que jalonan nuestro transcurso por la vida.

Algunos autores clasifican las crisis humanas en vitales y existenciales; las primeras estarían más relacionadas con el ciclo vital de los individuos, con el desarrollo evolutivo, que podría señalarse mediante una serie de etapas correspondientes a una edad cronológica concreta. Las crisis existenciales pueden acompañar a las crisis vitales, o pueden aparecer en cualquier período de la existencia con motivo de las circunstancias internas o externas señaladas anteriormente.

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