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Erich Fromm y el amor (II)

Paloma de Miguel

Hombre y amor: tipo de vínculos
El deseo de un tipo de relación encaminado a la unión amorosa con otro ser humano es el impulso más poderoso que existe en el hombre, y su incapacidad para alcanzarlo significa destrucción de sí mismo o de los demás. Pero ¿a qué llamamos amor? ¿Nombramos con esta palabra a las distintas formas de búsqueda de fusión en lo interpersonal, o reservamos quizás el término para referirnos a aquella forma específica de unión que ha sido la virtud ideal de todas las grandes religiones y sistemas filosóficos humanísticos de los que tenemos noticia a lo largo de nuestra historia oriental y occidental?

Erich Fromm y el amor

Quizás sería mejor hablar primero de las formas inmaduras o patológicas de relación, y dejar la palabra amor para expresar “aquel afecto activo que religa al hombre de nuevo con sus hermanos y con el mundo”.

La unión simbiótica tiene su patrón biológico en la relación entre la mujer embarazada y el feto. En la simbiosis psíquica, los dos cuerpos son independientes, pero psicológicamente existe el mismo tipo de vínculo de dependencia en el que la vida de uno se mantiene a expensas del otro, que a su vez, por tal modo de realización, se realiza y halla sentido.

La forma pasiva de la unión simbiótica es la sumisión (o, clínicamente, el masoquismo), que básicamente consiste en “formar parte de otra persona o sustitutos”. Este poder externo guía, dirige, protege… Es el “aire” que el sometido respira. Se exagera el poder al que uno se somete, ya se trate de una persona o un dios. (“Él es todo y yo no soy nada, salvo en la medida en que formo parte de él”). En un contexto religioso, el objeto de adoración recibe el nombre de “ídolo”; en el contexto secular de la relación amorosa masoquista, el mecanismo esencial de idolatría es el mismo.

La forma “activa” de la fusión simbiótica es la dominación (o por utilizar también un término técnico, el “sadismo”). La persona sádica escapa de su soledad haciendo de otro individuo una parte de sí misma. Dominando, explotando, humillando y lastimando, se siente acrecentada y realizada, incorporando a otra persona, que “la adora”. En un sentido emocional profundo, ambas manifestaciones (dominio y sumisión) tienen en común la fusión sin integridad.

Hombre y amor: el amor productivo o “maduro”
En contraste con la unión simbiótica, el amor maduro significa unión a condición de preservar la propia integridad, la propia individualidad. El amor es un poder activo en el hombre, un poder que atraviesa las barreras que le separan de sus semejantes y lo une a los demás. El amor lo capacita para superar su sentimiento de aislamiento y separación, y, no obstante, le permite ser él mismo y mantener su integridad. En el amor se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos. El amor es una actividad, no un afecto pasivo, es un “estar continuado”, no un súbito arranque. Este carácter activo del amor puede describirse diciendo que es fundamentalmente dar y no recibir.

Comúnmente, el acto de dar es sinónimo de empobrecimiento, sacrificio y renuncia y se supone a menudo que la virtud de dar está en el acto mismo de aceptación del sacrificio. En otras ocasiones, solo se da si se recibe en el intercambio. Pero, para la orientación madura del carácter humano, dar constituye la más alta expresión de potencia, en la que el donante experimenta su fuerza, su riqueza, su poder, y por tanto, se siente vivo y dichoso.

Así, dar es una expresión de vitalidad.

Apenas es necesario destacar el hecho de que la capacidad de amar, como acto de dación, depende del desarrollo caracterológico de la persona. Presupone el logro de una orientación predominantemente productiva, en la que la persona ha superado su dependencia, la omnipotencia narcisista, el deseo de explotar a los demás o de acumular, y ha adquirido fe en sus propios poderes humanos y coraje para confiar en su capacidad para lograr sus fines. En la misma medida en que carece de tales cualidades, tiene miedo de darse, y por lo tanto, de amar.

Además de lo señalado, existen una serie de elementos básicos comunes a todas las formas de amor. Estos elementos son: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento.

El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos. Cuando falta la preocupación activa, no hay amor. El cuidado, la preocupación, implican otro aspecto del amor: la responsabilidad. Hoy en día suele usarse ese término para designar un deber, algo impuesto desde el exterior. Pero la responsabilidad, en su verdadero sentido, es un acto enteramente voluntario; es la respuesta personal de un ser humano ante las necesidades, expresadas o no, de otro ser humano. Ser responsable significa estar listo y dispuesto a responder. La responsabilidad podría degenerar fácilmente en dominación y afán de posesión, si no fuera por un tercer componente del amor: el respeto. Respeto no significa temor y sumisa reverencia; quiere decir, de acuerdo con la raíz de la palabra (“respicere”: mirar), la capacidad de ver a una persona tal cual es, tener conciencia de su individualidad única. Respetar significa preocuparse por que la otra persona crezca y se desarrolle tal como es, no como se necesita que sea, como un objeto para el uso particular. De este modo, el respeto implica la ausencia de explotación. Es obvio que este solo es posible si se ha alcanzado independencia, si se puede caminar “sin muletas”, sin tener que dominar y explotar a nadie.

Respetar a una persona sin conocerla no es verdadero respeto. El cuidado y la responsabilidad serían ciegos si no los guiara el conocimiento, y este estaría vacío si no lo guiara la preocupación. El conocimiento está relacionado con una necesidad de conocer “el secreto del hombre”. Cuanto más avanzamos hacia las profundidades de nuestro ser, o el ser de otros, más nos elude la meta de conocimiento. Sin embargo, no podemos dejar de sentir el deseo de penetrar en el secreto del alma humana, en el núcleo más profundo de él. En su aspecto destructivo, desesperado, el intento de conocer los secretos utiliza la fuerza y la violencia para arrebatar ese último reducto. Aquí reside una motivación esencial de la profundidad y la intensidad de la crueldad y la destructividad, a veces motivados por el deseo profundo de conocer el secreto de las cosas y de la vida. Un niño, por ejemplo, puede desarmar o deshacer un objeto o matar un animal para conocerlo.

Sin embargo, en el camino del amor, el conocimiento supone la penetración activa en la otra persona, en la que la unión satisface el deseo de conocer.

Existirían dos tipos de conocimiento: uno psicológico y mental y otro que va más allá de él y lo trascendente. Quizás en el hombre el primero sea previo al segundo, representado por el acto de amar, que trasciende el pensamiento, que trasciende las palabras. En el misticismo se renuncia al conocimiento de Dios con el pensamiento, y se lo reemplaza por la “experiencia de amor con Dios”.

El amor no es esencialmente una relación con una persona específica; es una actitud, una orientación del carácter que determina el tipo de relación de una persona con el mundo como totalidad, no con un “objeto amoroso”. Si una persona ama a otra solamente, y es indiferente al resto de sus semejantes, su amor no es total, sino un tipo de relación simbiótica o un egoísmo ampliado. Sin embargo, la mayoría de la gente supone que el amor está constituido por el objeto, no por la facultad. Puede compararse esa actitud con el hombre que quiere pintar, pero que en lugar de aprender el arte, sostiene que debe esperar el objeto adecuado, y que pintará maravillosamente bien cuando lo encuentre.

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