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Hacia nuevas dimensiones de la conciencia (I)

Laura Winckler

La psicología actual, estudiando los estados modificados de conciencia en los que el individuo no está sometido a las limitaciones de los estados de conciencia ordinarios, constata la riqueza interior que estos pueden aportar, cuando no corresponden a tentativas de huida provocadas artificialmente.

Hacia nuevas dimensiones de la conciencia

Los estados de conciencia ordinarios

Gracias al estado de conciencia ordinario (ECO) en el cual vivimos habitualmente, captamos la realidad cotidiana y el mundo en el que vivimos.

Pero, contrariamente a lo que se podría creer, este estado de conciencia no es algo natural o espontáneo, sino una construcción muy compleja, variable según la sociedad a la que se pertenece.

En efecto, un mismo objeto puede tener significaciones diferentes según las culturas: el oro simbolizaba para los pueblos amerindios el cuerpo de sus dioses y estaba reservado a los objetos rituales. No tenía para ellos ningún valor mercantil, lo que no era el caso para los europeos que desembarcaron en América en el siglo XV. La avidez de los europeos, incompresible para los indios, explica la amplitud de las masacres perpetradas por los primeros sobre los segundos.

Cada cultura elabora así un conjunto de esquemas de interpretación de la realidad que constituyen la base de los estados de conciencia ordinarios de quienes los comparten.

Es necesario todo un proceso de condicionamiento para que estas informaciones se fijen y determinen comportamientos aceptados en el marco de cada sociedad, pues la cultura, contrariamente a los valores innatos, debe ser reaprendida de generación en generación, y los niños pasan los años en la escuela no solo para aprender lenguas, Historia o ciencias, sino también para adquirir una visión de la realidad y unos patrones de comportamiento acordes con los criterios culturales de su sociedad.

El rol de los estados ordinarios de conciencia es el de facilitar la vida cotidiana, favorecer la adaptación y permitir a los individuos vivir y actuar juntos, con códigos comunes para satisfacer sus necesidades fisiológicas, así como sus necesidades de seguridad y de integración social.

“Nuestro estado de conciencia ordinario o normal –como lo define el psicólogo Charles Tart– es un instrumento, una estructura, un mecanismo de integración que nos permite actuar en relación con una cierta realidad social aceptada; un consenso de realidad”.

Este estado, definido por otro psicólogo, Shor, como “la orientación generalizada respecto de la realidad, no puede mantenerse sino gracias a un esfuerzo mental activo que intenta perpetuarlo continuamente”.

Los estados modificados de conciencia

El estado modificado de conciencia (EMC), llamado también estado de trance, “se produce cuando el sistema de referencia a la realidad cesa temporalmente de funcionar y desaparece la atención consciente” (Shor), de manera que se produce una “reestructuración de la conciencia” (Tart) sobre otras bases.

Esta desintegración puede ser producida por fenómenos muy diversos. Pueden ser naturales y muy variados, desde la absorción total en una actividad hasta la distensión del sueño profundo. Pueden ser conscientes y voluntarios, como en el caso de los estados místicos, o, por el contrario, provocados artificialmente, como los estados de alucinación por las drogas o los estados de delirio tóxico.

Los diferentes estados modificados de conciencia tienen características comunes, que ha señalado A. Ludwig:

El propio Ludwig analiza las funciones realizadas por los estados modificados de conciencia:

“Las manifestaciones y utilización muy extendida de los estados místicos y de posesión, de las experiencias estéticas y creativas indican que estos EMC satisfacen numerosas necesidades a la vez para el individuo y para la sociedad”.

Los EMC pueden indicar una carencia o una búsqueda de adaptación. Cuando representan un defecto de adaptación, expresan un estado de desesperación y de huida. Pueden representar también una tentativa de resolución de conflictos emocionales, una defensa respecto a situaciones de perturbación, la aparición de impulsos marginales (psicosis o pánico), y una manera de escapar a las responsabilidades y tensiones (por la adicción a las drogas, por ejemplo).

Solo cuando indican funciones de adaptación, aportan nuevas soluciones a ciertos problemas:

En Occidente podemos encontrarlo parcialmente en las experiencias de los místicos cristianos. También en las prácticas de los sufíes (los santos o “locos de Dios”) o en las de los cabalistas.

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