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Hacia nuevas dimensiones de la conciencia (II)

Laura Winckler

Algunos psicólogos se han interrogado sobre el aporte de los estados modificados de conciencia. Para Shor, como para Tart, esta ruptura o desaparición del estado de conciencia ordinario es la que permite hacer surgir a la conciencia materiales inconscientes ricos de significación, capaces de liberar energía psíquica.

Hacia nuevas dimensiones de la conciencia

El estado modificado de conciencia, o estado de trance, permite una liberación de las constricciones sociales y el descubrimiento de nuevos aspectos de la realidad en relación con la profundidad del ser, su individualidad real, sus energías inconscientes y sus fuerzas de creatividad.

Su presencia es indispensable para el equilibrio psíquico: en el dormir o en el soñar provocan una verdadera regeneración del organismo.

Favorecen la aparición de nuevos estados de conciencia, que responden a la necesidad más fundamental del ser humano, según C. G. Jung: saber descubrir nuestra realidad interior cultivando la vida simbólica y estableciendo un contacto dinámico directo entre el inconsciente colectivo y el yo. Ligando consciente e inconsciente, podemos beber en las fuentes infinitas de la sabiduría insondable de los tiempos, guardadas en las profundidades de la psiquis colectiva.

Según C. Hardy (1), en los estados modificados de conciencia el proceso del pensamiento tiende a modificarse, desarrollando cierta capacidad para pensar por medio de imágenes y símbolos. Esta mayor visualización favorece la expansión del hemisferio derecho del cerebro, que actualiza la intuición, el sentido de la globalidad y la sensibilidad artística.

El modo de pensamiento utilizado en este caso tiende a reflejar una visión del mundo holística, basada en la interacción de las partes y, por lo tanto, más global, apta para percibir las relaciones significativas en un desarrollo ilógico que hace intervenir el pensamiento simbólico y la asociación de ideas. Ello provoca una relación más interiorizada con el mundo y con los otros.

Estos estados hacen intervenir una mayor “empatía”; en los estados mediáticos muy profundos, la identificación con lo observado es tal que no hay ya distinción entre el sujeto y el objeto. Esta identificación corresponde en el hinduismo a la noción de samadhi. En los más altos samadhi, el ser, en estado de fusión, identificado con la conciencia cósmica, se siente uno con el universo.

Los estados modificados de conciencia no solo ponen a nuestra disposición un nuevo modo de información sobre nosotros mismos y el entorno, sino que incluso nuestra interrelación con los eventos que constituyen la “realidad” puede ser radicalmente transformada. En efecto, nos queda mucho camino por recorrer para descubrir la “realidad”, pues es cada vez más difícil, incluso a nivel científico, mantener una estricta dicotomía entre la “realidad objetiva” y los mundos subjetivos.

S. Groff (2) dice, refiriéndose a los estados modificados de conciencia que conducen a experiencias extáticas y unitivas, “que suprimen el sentimiento de alienación, crean sensaciones de pertenencia, procuran al individuo fuerza, coraje y optimismo y refuerzan su propia estima de sí mismo. Purifican los sentidos, abriéndolos a la percepción de las extraordinarias riquezas, bellezas y misterios de la existencia. Aumenta la tolerancia y la paciencia respecto a los demás, disminuyendo el umbral de la agresividad y mejorando la capacidad de cooperación”.

Es como si el hombre realizase un largo viaje hacia las cimas de una alta montaña y, desde allí, pudiese contemplar en el valle de su casa, su jardín, a los suyos. A medida que se aleja más, sus problemas pierden importancia, hasta no parecer más grande que un grano de arena en el universo. Si su conciencia puede abrirse para sentirse a la vez en la montaña y en el valle, en lo infinitamente grande y en lo infinitamente pequeño, las partes se reorganizarán, se integrarán en un todo complejo, diversificado y coherente a la vez. Puede entonces alejarse y acercarse al mismo tiempo, cambiando el estado de conciencia ordinario.

La modernidad y los estados modificados de conciencia
Las últimas investigaciones psicológicas y parapsicológicas, que incluyen interesantes aportes sobre los estados modificados de conciencia, concuerdan con otros descubrimientos de las vanguardias de la ciencia. Sin embargo, en nuestra sociedad, marcada por una fuerte connotación racionalista y reduccionista, subsiste una tendencia a la marginación, a la sospecha, al rechazo de estos estados que, como la parapsicología, son clasificados como “sobre-naturales” (actualmente se denominan “estados modificados de conciencia”), pues no se los integra en la normalidad.

El racionalismo moderno definió los estrechos marcos de pensamiento que han creado dogmas cientificistas cerrados más que teorías científicas abiertas. Ellos constituyen el marco abstracto de nuestros estados de conciencia ordinarios, en el cual hemos sido condicionados durante varios siglos.

Lo propio de este sistema es reducir lo real a lo observable y lo observable a lo medible y comprobable. Así, el hombre moderno ha realizado la divisa de Protágoras (3), según la cual “el hombre es la medida de todas las cosas”.

Todo lo que no entra en el marco de la razón ha sido extirpado, pues el moderno racionalismo ha actuado como Procusto, ese bandido de la antigua Grecia que, después de extender a sus huéspedes sobre su lecho, cortaba los miembros demasiado largos y estiraba los que eran demasiado cortos. En este contexto de homogeneización normativa, es difícil aceptar los estados modificados de conciencia y comprender su sentido.

Las enfermedades más características de nuestras sociedades: insomnio, estrés, depresión, fatigas crónicas, perturbaciones cardíacas, cáncer, etc., están ligadas a la incapacidad que tenemos de regenerarnos, de encontrar un ritmo natural en nuestro trabajo, de sentirnos en armonía con la Naturaleza, el entorno y los otros, de renunciar a nuestra mentalidad rigorista y laboriosa, sobre cierto fondo de culpabilidad.

Nuestra sociedad, proyectándose en una búsqueda insaciable de progreso sin fin, ha perdido el sentido de los ciclos naturales. No sabe respirar, sentir, vivir en contacto con la Naturaleza. Ha rechazado su femineidad y su sentido de la inmanencia. A partir de ahí rechaza todo contacto con sus emociones, sus intuiciones y todo lo que la llevaría a abandonar su egocentrismo y su narcisismo.

Paradójicamente, siente una necesidad inmensa, desmedida e incontrolada de retomar contacto con estas fuentes. En una sociedad de frustración y de insatisfacción crónicas, el sujeto desarrolla una necesidad artificial de sensaciones fuertes. Inventa, para escaparse de la prisión gris de la rutina, la huida de la droga, en la discoteca, en los conciertos de masas que provocan trances falsamente extáticos, en la pornografía que trata de satisfacer todos los fantasmas interiores, en la velocidad bajo todas sus formas. Nuestra sociedad muestra una evidente carencia de “estados modificados de conciencia”, además de discernimiento.

En realidad, la necesidad que dicho individuo trata de satisfacer por vías sinuosas es la más profunda del ser humano, la que el psicólogo A. Maslow llamaba “necesidad de realización de sí mismo”. Sin embargo, no se satisface tomando el camino de la huida, sino, por el contrario, por la vía de la calificación interior, de manera que el estado modificado de conciencia (EMC) se vuelva complementario del estado de vigilia (ECO) y cese de verse como opuesto. Vivir los estados modificados de conciencia superiores, los que expanden la conciencia y le permiten acceder a un estado de unión y de apertura, es un acto propio de individuos libres, autónomos e individualizados.

El grito de sufrimiento desesperado de nuestro mundo expresa la necesidad de renovar el lazo cósmico que une el hombre al universo y a la Naturaleza de la cual forma parte. Este sufrimiento puede ser el de un nuevo nacimiento, el del hombre nuevo del tercer milenio, si somos capaces de asumir tal desafío.

Para concluir, quisiera citar estas palabras de S. Groff: “En nuestro mundo en desorden, constatamos un interés creciente por la espiritualidad y la búsqueda interior. Si esta tendencia se mantiene, la transformación interior de la Humanidad nos permitiría invertir la tendencia suicida actual, que parece conducir el mundo a un ritmo desenfrenado hacia una catástrofe irremediable. La rápida convergencia de la nueva ciencia y de las tradiciones místicas integrándose en la “filosofía perennis” permiten esperar la próxima elaboración de una fascinante visión del mundo global, que llenará el abismo existente entre la investigación científica y la búsqueda espiritual. Tal paradigma global podría ser un catalizador importante en la evolución de la conciencia, que aparece como condición esencial para la preservación de la vida sobre la Tierra”.

Notas:

  1. «La science et les états frontière», Le Rocher, Mónaco, 1988
  2. «Les nouvelles dimensions de la Conscience», Le Rocher, Mónaco, 1989
  3. Sofista griego del siglo V a.C.

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