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El deseo en el Hombre
Victoria Calle
Desde el punto de
vista de la moderna psicología, el deseo es la motivación
de la vida humana. Dirige y orienta los actos del hombre.
Antes de que esta ciencia se independizara del global conocimiento
filosófico, también se consideró el
deseo como uno de los motores más importantes del
comportamiento humano: desde las doctrinas materialistas
que propugnaban una satisfacción plena del deseo,
hasta las espiritualistas, que lo trataban como una de las
causas de la infelicidad, procurando trascenderlo para llegar,
precisamente a la felicidad.
Entre estas últimas encontramos Filosofías de gran altura como el Estoicismo clásico, o religiones como el Budismo.
Pero hablar de deseo implica connotaciones muy amplias. Nuestro
cuerpo tiene deseos, apetitos necesarios para la vida; nuestra
psique tiene también deseos, deseos de afecto, por
ejemplo, y nuestra mente desea conocer, pensar; incluso hay
deseos desconocidos para nosotros mismos, como aquellos que
surgen del inconsciente.
Según se explica en los manuales de Psicología,
el hombre, como todos los organismos, se mueve hacia alguna
parte porque necesita elementos que no tiene y que le hacen
falta para existir. La carencia de estos elementos provoca
en los organismos alteraciones internas, desequilibrios y
tensiones que se traducen en movimientos encaminados a conseguir
del ambiente exterior lo que le falta en el interior.
Una vez conseguido, la inquietud queda aplacada, se recupera
el equilibrio interior y cesa la búsqueda hasta otro
nuevo desequilibrio. El placer es la gratificación
a ese esfuerzo.
El deseo provendría, según esta explicación,
de una carencia de una necesidad de equilibrio y completura
y el placer sería el estado de satisfacción
ante el reestablecimiento del equilibrio o incompletura.
Todo este proceso se movería en un círculo cerrado,
un ciclo que, en el momento en que se acaba, comienza de nuevo
en un continuo rotar.
Se podría decir que el deseo tiene una causa que es al mismo tiempo un fin: conservar y generar la vida; perpetuarla. Pero este esquema que resulta tan claro en el plano biológico, es decir, para la vida vegetal y animal, no lo es tanto con relación al hombre. En ésta más que hablar de un círculo, tendríamos que hacerlo en una espiral cuyo eje fuera el tiempo. El apetito del deseo en el hombre no acaba con la satisfacción de la necesidad, sino que aumenta progresivamente, según parece. La imaginación humana espolea el instinto de poder y de vida hasta querer abarcarlo todo, poseerlo todo, estar en todo. La necesidad y el sentimiento de carencia es inmenso y continuo y, como resultado, el apetito se vuelve insaciable.
A diferencia del animal, el hombre puede inventar y multiplicar enormemente sus propias necesidades. Lo meramente biológico tiende al equilibrio homeostático del que depende básicamente la vida. Los deseos del hombre, en cambio, no son sólo a menudo superfluos para la vida, sino que incluso pueden llegar a ser antibiológicos, (deseos de muerte o más allá de lo biológico, como deseos culturales superiores y a veces opuestos a la necesidad biológica de vivir. Incluso se ha dicho que la vida verdaderamente humana consiste en desvivirse por algo, en trascenderse a sí misma poniéndose al servicio de valores superiores al de la vida misma.
Así pues, los conceptos biológicos de necesidades
y lucha por la vida, tan caros a la psicología conductista
contemporánea, han de aplicarse con suma cautela en
el campo de las motivaciones humanas. El hombre comparte,
sí, muchas necesidades con los animales pero puede
renunciar a muchas de ellas. Entre las necesidades animales
y los deseos humanos hay una notable diferencia: nuestras
necesidades no son del todo "necesarias". Además
existen en el hombre deseos que superan con mucho lo biológico;
por la realización de un valor estético, intelectual
y religioso, el ser humano es capaz a veces de sacrificarlo
todo, incluso su propia vida.
En síntesis, hay dos características que podríamos
destacar dentro del deseo humano: el crecimiento continuo
de sus necesidades y la existencia de deseos que trascienden
lo biológico.
LA BÚSQUEDA DE PLACER
Otro aspecto que podemos contemplar sobre el deseo se refiere
al punto de vista del placer que implica satisfacerlo. Cuando
en lugar de fijar la atención en la necesidad ponemos
la mira fundamental en el placer, nuestros actos quedan disociados
de la necesidad que los causara. Así se crean necesidades
que son verdaderamente artificiales como comer cuando estamos
saciados o incitar artificialmente el deseo sexual por la
pornografía. Esto llega a crear una adicción
enfermiza para la psique y el cuerpo, convirtiendo la función
normal del deseo en vicio. En lugar de conservar la vida,
el deseo viciado la destruye por exceso.
Para bien o para mal, muchos de nuestros deseos son bloqueados
o interceptados por una serie de barreras de diversa índole
que en definitiva nos impiden satisfacerlos. A esto lo llamamos
frustración y crea un estado emocional opuesto al placer
que identificamos como dolor, confusión, inquietud.
La resultante de la frustración no es la desaparición
del deseo, sino su transformación. Generalmente toma
la forma de agresividad. Esta agresividad no siempre está
orientada hacia el obstáculo que impide la satisfacción,
sino que suele derivarse por otras vías y dirigirse
a otros objetivos a veces sin relación con el obstáculo.
Obviamente no se ha podido vencer dicho obstáculo que
a veces es muy poderoso o desconocido incluso, por lo que
la agresividad se desvía. Dicha agresividad, como forma
de deseo encubierto, suele producir situaciones muy conflictivas
en las relaciones humanas, que aumentan los motivos de frustración.
No siempre la agresividad se dirige al exterior, sino que
a veces invierte el sentido hacia el interior de la persona,
que se siente culpable de sus fracasos y se "autocastiga",
construyendo en sus interior tormentas psíquicas de
dolor e impotencia que producen depresiones y estados de angustia.
Este replegarse del deseo puede llevar a regresiones a etapas
infantiles, abúlicas o incluso a un deseo de negación
de la vida y regreso a etapas prenatales.
Cuando la frustración es continuada y sorda produce
estados crónicos que se asimilan al carácter,
ya sea agresivo o depresivo.
Simplificando mucho, podríamos decir que si el placer
acompaña al deseo satisfecho, el dolor acompaña
al deseo insatisfecho.
En el caso de la depresión, el miedo al deseo mismo
y al dolor de haber perdido la esperanza de satisfacerlo inhibe
la acción y la energía del impulso queda detenida.
Puede llegar a desaparecer el deseo, pero no la necesidad.
Tomando un ejemplo del cuerpo físico, sin comer se
puede hacer desaparecer el apetito pero no la necesidad que
el cuerpo tiene de alimentos. De ahí que la depresión
sea esencialmente lo mismo que el deseo viciado pero a la
inversa: destruye la vida por defecto. No satisface las necesidades
por huida del dolor.
Para el hombre consciente y maduro, la necesidad natural es
el motor de la acción, no el placer o el dolor que
incita o inhibe. El conocimiento y la voluntad tenderán
a cumplir su objetivo.
LAS DOS DIRECCIONES DEL DESEO
Al referirnos antes a las dos características básicas
del deseo humano, hemos señalado dos formas de expansión:
El crecimiento continuo de sus necesidades y la existencia
de deseos que trascienden lo biológico.
La necesidad artificial se debe a una creencia a un sentimiento
subjetivo de necesidad. Creemos necesitar una televisión
o un automóvil e inmediatamente se desata el deseo
de poseerlo. Así podríamos crear indefinidamente
necesidades con sólo creer que las tenemos. Nuestra
sociedad de consumo comienza creando las necesidades para
incitar al deseo. Nos convence de que en lugar de un objeto
necesitamos muchos y luego de que el antiguo no sirve y necesitamos
cambiarlo por otro nuevo, hasta que el mismo cambio se convierte
en una necesidad.
Esta forma expansiva del deseo podríamos representarla
por una espiral que se desarrolla en horizontal, a ras de
suelo. Se desean más cosas cada vez; es la cantidad
lo que se valora. El hombre se valora a sí mismo por
la cantidad de elementos que posee. Esta espiral a ras de
suelo abarca cada vez más suelo y el hombre no sale
de su horizontalidad. Su instinto de poder se desarrolla de
forma material.
Cuando comienzan a aparecer los deseos que trascienden lo
biológico, el hombre cambia la direccionalidad horizontal
para expandirse verticalmente. Esta espiral del deseo se transforma
y de su horizontalidad se levanta hasta los valores inmateriales.
El deseo material, horizontal, en el que prevalece la cantidad
(cantidad de objetos, cantidad de veces) no es selectivo,
no implica sentido de perfección. Por tanto, no sirve
como impulso de evolución.
El sentido de perfección es el que causa el deseo
de lo perfecto, que percibimos como lo bello, lo bueno, lo
justo, lo verdadero. Aun en la inconsciencia de lo puramente
biológico, la vida tiende a engendrar perfección.
El deseo básico incita hacia lo que consideramos más
bello, más fuerte, más bueno. La vida no satisface
sus necesidades de forma indiscriminada, sino selectiva.
En el hombre ese mismo sentido de perfección se hace
consciente y también la visión de su carencia
de la misma. Busca lo bueno y lo bello porque no sólo
desea cosas, sino que las desea buenas y bellas y cuanto más
mejor.
Pero además el hombre puede verse a sí mismo,
pensar sobre sí mismo, mirarse en el espejo y reconocerse.
Surge el deseo de poseerse a sí mismo y perfeccionarse.
Se puede desear ser más eficaz, más bello, más
sabio, más bueno.
Es en esta espiral ascendente, verticalizante, donde realmente
se manifiesta la vida y donde el hombre se realiza como tal.
Aquí pasamos del tener al ser; de la simple función
biológica y de la inconsciencia animal al perfeccionamiento
del mundo que nos rodea y de nosotros mismos. Del simple deseo
de más vida al de mejor vida; de la acumulación
de datos al conocimiento; de la acumulación de conocimientos
a la sabiduría; de lo efímero a lo que permanece.
LA CONCIENCIA HUMANA
Según afirma la Sabiduría más antigua,
la conciencia humana está situada en el gozne entre
lo material y lo espiritual. El hombre no pertenecería
ni a la tierra ni al cielo, sino a ambos. Su conciencia actúa
de puente entre los dos mundos. Desde el punto de vista del
deseo, esta situación le hace ser receptor de dos tendencias
aparentemente opuestas: la de lo material y la de lo espiritual.
Colocado en el centro, desea tanto los bienes perecederos
y superiores como aquellos que le otorga la existencia cotidiana.
Cuando se sitúa en su lugar correcto, en el hombre
confluyen dos corrientes: por una parte capta las posibilidades
superiores del mundo espiritual, la belleza, la justicia,
la bondad, la verdad; por otra, su actividad en el mundo material
le permite llevar las cosas y a sí mismo hacia la perfección
de la que haya podido tener noticia. Por eso el sentido de
perfección en el hombre le viene de la capacidad de
su conciencia de elevarse hasta el mundo espiritual.
Cuando esto llega a realizarse plenamente, el hombre se convierte
en una fuerza de la Naturaleza, en un canal por medio del
cual Dios trabaja en el mundo, en un ser benéfico para
todo cuanto vive y para sí mismo.
Cerrar las puertas a lo espiritual es impedir al hombre una
vida realmente humana, oponerse a su propia autorrealización
y sumirle en estados infelices que acaban por destruir su
identidad.





