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Así es, si así os parece… Las proyecciones psicológicas (II)
Coloma
Seguramente podemos reconocer tanto en la pintura como en la novela y la poesía elementos íntimos del autor, ya sea en dibujos que recogen muchos de sus rasgos o en argumentos literarios que filtran algo de la propia historia de su creador, sus principales problemas o preocupaciones. Pero también en la morfología de las rocas, en el supuesto diseño de las estrellas en el cielo o en la forma de las nubes desplegamos nuestra facultad proyectiva, en cuanto que pensamos o decimos que “esto que contemplamos se parece a…”, puesto que tal elemento evoca en nosotros una forma, una figura, una escena ya conocida o un estado de ánimo determinado.
En ocasiones, efectivamente, una roca puede tener una marcada forma de elefante y así reconocerlo el observador común, pero otras veces “ese gigante que parece amenazarnos” lo vemos solo nosotros, es un producto de nuestra proyección y en ella aparecen depositados nuestros miedos.
Posiblemente, si a un grupo de personas que contemplan un atardecer se les solicita que nos cuenten qué aspecto tiene cierta nube en el cielo, uno de ellos nos puede decir que podría ser una niña en un prado de flores, a otro la disposición de la nube se le asemejaría a un tanque, y quizás a un tercero le recuerde una tarta de chocolate. Posiblemente, si pudiéramos profundizar en tales observaciones en relación con los sujetos que las han emitido, veríamos que responden a estados de ánimo momentáneos o a rasgos más estables de su personalidad. Incluso, si afinamos más aún, sería posible obtener más datos en este sentido atendiendo no solo al contenido de lo que les ha parecido percibir, sino al “por qué” (la forma, la textura, etc.) o a partir de qué elemento de la nube (la totalidad, una parte de la misma, etc.) les ha podido servir como sugerencia. Así, cada una de estas respuestas son proyecciones y obedecen a motivos inconscientes.
Proyectamos cuando al relacionarnos con alguien, si le encontramos más abstraído que de costumbre, y sin reflexionar en sus posibles motivos particulares que quizás nada tengan que ver con nuestra persona, pensamos que está enfadado con nosotros. Proyectamos también cuando nos inhibimos en nuestros actos o relaciones por el “qué dirán” los demás, porque probablemente los otros tendrán o no sus opiniones particulares sobre nuestro modo de conducirnos, pero los primeros que opinamos y además nos censuramos somos nosotros mismos.
Un caso concreto de proyección dentro de la dinámica intrapsíquica:
Cierta persona que no se siente muy a gusto consigo misma, tiende a ver inconvenientes en todo lo que le rodea. Según su opinión, “nada en este país funciona como debiera”: si hace un encargo, lo recibe muy posteriormente a la fecha prevista “porque todo el mundo va a lo suyo”; si requiere un operario para que repare algún electrodoméstico de su propiedad, “aparece cuando a él le apetece” (y, por supuesto, dando por seguro que le va a engañar); si viaja en un transporte público, se suele encontrar muy frecuentemente a alguien que fuma a su lado: “¡…con lo que me molesta el humo!”; si está por la calle al comienzo de la noche, se siente inquieta porque “nunca se sabe lo que puede pasar con la inseguridad ciudadana que hay ahora” y teme que podrían atacarla de un momento a otro. Hasta de las tormentas se siente temerosa, por si no dejara de llover a tiempo y sobreviniera una inundación.
Esta persona está situando en el mundo sus propios conflictos. Leyendo la proyección, nada funciona bien en su mundo interno: siente que no marcha como debiera, que no está integrada, y así como no confía en sí misma no puede confiar en los demás. Además, al tiempo que proyecta hacia el exterior esta desconfianza, selecciona las ocasiones en que, efectivamente, alguien no ha respondido como esperaba, con lo que, hecha la justificación, comprueba que no puede confiar “en nadie” y así el círculo se cierra y el mecanismo se recicla y se refuerza. Más aún, su propia vulnerabilidad le hace temer el daño y la agresión de los otros. No se siente segura de sí misma ni “de lo que pueda pasar con sus propios elementos internos”. Teme la irrupción de sus propias fuerzas naturales, al tiempo que siente que le mundo es un lugar hostil y ni siquiera la Naturaleza puede contenerla.
La persona de este último ejemplo padece insomnio crónico porque abandonarse al sueño supone “bajar la guardia”, con el riesgo de que la invadan las emociones. Por otra parte, teme su propio descontrol y que la agresividad sin freno la posea y le haga cometer un acto violento contra sí misma (tirarse por la ventana) o contra otros (matar a un hijo); con lo que nos está informando, de paso, de que su agresividad es muy intensa y/o está muy reprimida.
No debemos olvidar que la proyección siempre suele estar vinculada a otros mecanismos defensivos. Por ejemplo, y sobre todo en los primeros momentos de nuestra existencia, está muy unida a la introyección o a la incorporación, justo el mecanismo contrario, que consiste en introducir, en hacer nuestros elementos, vínculos, vivencias y experiencias de nuestro entorno. Proyección e introyección, así considerados, se convierten en un interjuego dinámico entre el hombre y el mundo, y constituyen los “ladrillos o substratos del psiquismo”.
Por otra parte, el grado de fluidez, así como la riqueza y variedad de los mecanismos defensivos de que disponga un ser humano, es un índice claro de madurez, de fortaleza psíquica y de salud mental. Un uso preponderante y mayoritario de este mecanismo, tal como pudiera suceder con otros, puede ser índice de conflicto psíquico; en este caso, grave, puesto que indica el grado de individuación y objetividad alcanzado por el sujeto.
Notas:
- El material bibliográfico empleado para este artículo es exclusivamente el obtenido a partir de la práctica profesional.
- Todos los ejemplos expuestos son reales, alterados únicamente para preservar la privacidad de los sujetos.





