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Merlín o la era de los dioses (II)
Francisco Duque Videla
Lo que a continuación relatamos está extraído del libro El baladro del sabio Merlín, de autor desconocido y cuya edición data del año 1535, pudiendo existir ediciones anteriores. Cabe hacer notar que, debido a lo tardío de la fecha probable en que esto se pudo escribir, el contexto en que se desarrolla la historia es totalmente cristiano, haciendo aparecer a Merlín como un doctor de la Iglesia, a pesar de conjugar este rol con sus proverbiales características de sabio, profeta y “nigromante”, tal como se le presenta en el relato.
Quisieron los ángeles de las sombras (diablos) tomar venganza del sacrificio realizado por Jesús al ofrecer su vida para salvaguardar los destinos de la Humanidad y, con tal propósito, planearon dar vida y aliento a una criatura humana que viviese para trabajar a favor de ellos, confundir a los buenos e impedir la salvación de las almas mediante el escarnio de la obra de Cristo.
Para consumar esta felonía escogieron a una mujer que pudiese cobijar a tal criatura, y con este propósito intervinieron en el curso de los acontecimientos de la familia a la que la elegida pertenecía. Muertos su padre, su madre y su hermano mayor a causa de las desdichas producidas por esta suerte tan adversa, quedaron solas tres hermanas. Indujeron a la mediana a cometer adulterio y la hicieron ajusticiar.
A pesar de contar con el auxilio de un santo ermitaño, la menor de las hermanas fue, a su vez, inducida al adulterio, para hacer flaquear el alma de la mujer escogida. En este trance, debilitada su voluntad por el constante acoso del demonio, se durmió la buena mujer, y así, fatigada y en sueños, sin intervención humana alguna, supo que había engendrado una criatura.
Así, además de ser un desconocido, y sufriendo el escarnio público, fue sentenciada por la justicia a una prisión de ocho meses en una torre, mientras nacía el pequeño.
De acuerdo con el relato, quiso Dios que, por ser el niño hijo de un demonio, conservase la capacidad de ver, oír y saber todo lo que ocurre, y por ser hijo de mujer santa, tuviese el don de ver el porvenir. Nació de gran tamaño y totalmente cubierto de vello. Pusiéronle Merlín, como su abuelo.
A los dieciocho meses tenía ya el tamaño de diez años, y con ocasión del juicio definitivo de su madre, fue el propio Merlín, con gran maravilla de todos, el que asumió su defensa. Tan sabias fueron sus palabras y con tanta penetración escudriñaba el presente y el pasado de sus propios jueces que la verdad relució por encima de la mentira y su madre fue libertada.
Tomó luego Merlín contacto con Balicen, el ermitaño, haciéndolo su preceptor y encargándole que testimoniara en un gran libro todo aquello que él le encomendase. Este libro se llamó El baladro, que significa la profecía, dado que Balicen escribía en él lo por venir, las visiones de Merlín.
Comienza así a relatarle Merlín a Balicen cómo José de Arimatea trajo la reliquia del santo Grial por encargo de Jesucristo, y se lo legó a Clayn, quien a su vez lo condujo al castillo de Corberic, la casa del Rey Pescador, el que desde entonces lo custodia. Contó Merlín, a su vez, que su padre, el demonio, lo haría buscar por hombres contrarios a Oriente, es decir, opuestos al Bien, dado que en la Edad Media se entendía el oriente de algo, una joya por ejemplo, como su parte más bella e interna.
Aquí el relato nos lleva a la antigua Bretaña. En ella vivía un rey llamado Constantino, que descendía de Aurelio Ambrosio (y este de Bruto), que tenía tres hijos, Maines, Pendragón y Uther. Muerto Constantino, Maines, el mayor, asume el poder. Sin embargo, tras una invasión de los sajones y vencido el rey, estos hacen de Veringuer, el antiguo senescal de Maines, su nuevo rey, a lo que este se niega para no faltar a la fidelidad a su antiguo señor. Motivados por este impedimento, hicieron los sajones matar a Maines y proclamaron rey a Veringuer. De este modo, Pendragón y Uther tuvieron que huir hacia el destierro.
Envanecido en el poder, hizo construir Veringuer una gran torre como símbolo de su reinado, pero esta se venía a tierra por más que fuese afirmada por sus constructores. Consultados sus consejeros acerca de la razón de este prodigio, le indicaron que la mezcla para la construcción debía estar empapada por la sangre de un niño sin padre, y por diversos anuncios supo Veringuer de la existencia de Merlín, de quien había cundido la fama de haber sido engendrado sin paternidad, y encargó traerle a su corte.
No pudieron sus enviados conseguir engañarle ni reducirlo; antes bien, se maravillaron de su saber, y quiso de este modo venir Merlín por propia decisión a la corte. Instalado en ella, desenmascaró a los consejeros del rey y explicó la razón de la caída de la torre. Así, le habló Merlín al rey acerca del origen de la isla, y de la existencia de dos dragones, uno blanco y otro rojo, sumergidos bajo la isla, que se trenzaban en permanente lucha haciendo caer la torre. Finalmente, el blanco vencería al rojo, mas el significado de esta batalla ocultaba para el rey el fin de su reinado. El blanco simbolizaba a los sajones, por ahora victoriosos. El rojo, a los bretones, perdedores y engañados, los hijos de Constantino que vivían en el destierro. Estos tomarían venganza y su reinado terminaría.
Del mismo modo que lo anunció Merlín, ocurrieron los hechos. Pendragón y Uther retornaron a la isla seguidos por los bretones fieles a su dinastía, e hicieron quemar a Veringuer. En estos hechos en que se gestaba el destino de los hombres, permaneció ausente Merlín, y no regresó hasta que Pendragón, ya rey, le pidió que volviese y lo hizo su consejero.
Cuando la corte de Pendragón adquirió prosperidad, retornó Merlín al lado de Balicen para relatarle lo ocurrido y dejó que los hombres gozaran de un nuevo periodo de paz. Sin embargo, quiso ver Merlín en el futuro sombríos acontecimientos para el reinado de Pendragón y sintió que su presencia sería otra vez necesaria. Fue testigo, pues, de la envidia que ciertos hombres de sangre sajona avecindados en la isla sentían por Pendragón.
Se reunió con los hermanos y les relató lo que el destino les deparaba. Uno de ellos debería morir en batalla contra los sajones, pero no les diría quién para que la lealtad y el amor que se profesaban no se viese empañado por el dolor. Anunció también la victoria para los bretones si estos sabían esperar la señal de un prodigio que sería visible en el cielo. Era este el dragón rojo (o dorado), emblema de la dinastía que vería su gloria y ruina en el legendario Arturo. De este modo, reconocidos los signos en el cielo, se consumó la victoria de los isleños, pero quiso el destino que muriese Pendragón en la batalla.
Nombrado rey el menor, quiso Merlín que tomara el nombre de su hermano, por lo cual el joven monarca se llamó Uther Pendragón. Pensó Uther en honrar la memoria de su hermano de una forma que jamás fuese olvidado. Para ello se hizo aconsejar por Merlín, quien le encargó la titánica empresa de hacer traer desde Irlanda las piedras del lugar llamado la corona de los jayanes, haciendo referencia a una raza primitiva que las usó para honrar la memoria de sus reyes. No pudiendo fuerza humana alguna asumir tamaño encargo, fue el propio Merlín el que las trajo mediante su poder y las dispuso en el orden que actualmente tienen (Stonehenge).
En seguida, encargó Merlín a Uther la construcción de la Tabla Redonda, por piedad y en memoria de aquella mesa en la que Jesucristo celebró la última cena. Cumplido este encargo, hizo Merlín reunir a todos los señores de la corte y dispuso los asientos para cada uno de ellos en condición de igualdad, dejando vacío un asiento destinado a aquel que no había nacido y que sería digno de cumplir con el pacto de conservar el santo Grial, restañar las heridas del padre del Rey Pescador, que permanece postrado en el castillo, y responder las preguntas anunciadas en la procesión. Este asiento, que para algunos es el número trece, o el cien para otros, se llamó desde entonces la “silla peligrosa”, y en ella se grabaría con letras de oro el nombre del merecedor de tan alto honor, en el momento en que los designios del destino lo establecieran.
Desde estos sucesos, el destino de Merlín se enlazaría con hilos misteriosos con aquel que tampoco había nacido, pero que sería conocido como “el Rey que fue y que volverá”, representante de la era de los hombres y la caballería cortés, el rey Arturo.