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Orígenes mitológicos de las constelaciones zodiacales (I)

Juan Carlos del Río

Mirar al cielo es el quehacer inteligente más antiguo del hombre. Entender el cielo, aprender a leer y escribir en él el presente, el pasado y el futuro. El tiempo está en las estrellas; en las estrellas también los caminos del mar y de la tierra.

Orígenes mitológicos de las constelaciones zodiacales

Introducción

Con seguridad, una de las primeras ciencias que ha explorado el hombre, ha sido el estudio de los cielos estrellados. Desde el comienzo de los tiempos, los cuerpos celestes y sus rítmicos y cíclicos movimientos aparentes han ejercido una influencia fascinante sobre el espíritu humano. Desde tiempos paleolíticos se ha observado que los movimientos de los cuerpos celestes concuerdan con ciertos sucesos aquí en la tierra. Los cambios estacionales tienen una estrecha relación con el transito solar, al igual que las crecidas de las mareas coinciden rítmicamente con las lunaciones. No es extraño que pronto se pensara que tal como los dioses habitaban en los recintos de los templos, de la misma manera residieran en los cielos con mansiones propias. Toda la cúpula celeste era un mundo animado que a través de sus desplazamientos enviaban mensajes en "clave", que debían ser descifrados para conocer la voluntad de los dioses.

Si observamos la distribución en el firmamento de las 2.500 estrellas visibles a simple vista en una noche despejada, notaremos que algunas de ellas parecen agruparse representando ciertas figuras, que reciben el nombre de constelaciones, término que en latín significa “posición de las estrellas”. En realidad esta agrupación es tan solo aparente, ya que, a excepción de algunos casos particulares, las estrellas de una constelación no están conectadas en forma física ni se encuentran cercanas entre sí.

Esta observación que nos parece obvia aún hoy en nuestro tiempo en el que nos estamos acostumbrando a ver todo a través de una pantalla, era mucho más real en el mundo antiguo, en el que las únicas luces nocturnas eran las de los objetos celestes. Aunque no se conoce con exactitud el origen de la práctica de definir figuras a partir de la posición aparente de las estrellas en el cielo nocturno, esta práctica debió comenzar con los albores del hombre.

El origen de las denominaciones de las constelaciones visibles desde el Hemisferio Norte proviene de tres fuentes diversas, aunque debemos a los griegos de la época helenística su completo ensamblado:

Los árabes fueron de gran importancia en el tránsito de los conocimientos griegos a la época moderna. Y a ellos debemos el nombre de la mayoría de las estrellas que lo tienen, algunas veces haciendo referencia a antiguas tradiciones árabes y en la mayoría de las restantes refiriéndose a mitos clásicos. En cuanto a las constelaciones del Hemisferio Sur en su mayoría los nombres no provienen de la mitología clásica, sino de modernas denominaciones en referencia a objetos relacionados con la navegación. En 1928 la IAU (Unión Astronómica Internacional) declaró los límites definitivos de las 88 constelaciones en que fue dividido el firmamento, y que fueron oficializados dos años más tarde.

Pero las constelaciones no son meras coincidencias, meras figuras imaginativas donde encajar los mitos del Hombre, o tan sólo ayudas para la navegación de los marinos del Mediterráneo oriental.

Puesto que tratar acerca de todas las constelaciones, su forma, su origen, etc., nos parece excesivamente amplio para este reducido estudio, hemos decidido limitarnos a las constelaciones del Zodiaco (del griego zoon diakon, “círculo o rueda de animales”).

Estas constelaciones no sólo han llegado a nosotros a través de los relatos mitológicos griegos, sino que si sabemos leer simbólicamente en los relatos, tradiciones, imágenes, libros que reflejan la sabiduría antigua, podemos darnos cuenta de la importancia de saber leer el lenguaje de los cielos para poder entender lo que pasa en la Tierra.

Y es que para el hombre sabio de la antigüedad no había una separación completa entre los Cielos y la Tierra, pues incluso los fenómenos atmosféricos de ésta, tenían una relación directa con la influencia de aquél. De hecho, los dioses mitológicos suelen abarcar tanto el cielo de las estrellas, como el “cielo atmosférico”.

No quisiéramos terminar esta introducción sin mencionar que para la mentalidad fenoménica y material de nuestra época la asociación de las constelaciones con objetos o dioses fue puramente imaginativa, casi se podría decir que infantil. Así podemos reconocer fácilmente un carro, un escorpión o una serpiente o dragón. Pero en el caso de las constelaciones zodiacales la identificación no es tan evidente, como veremos a continuación con Acuario o Piscis. Y sin embargo, las denominaciones han sido muy similares en todas las culturas, como veremos posteriormente. Esto nos indica una misteriosa conexión entre cielo y tierra que apenas hoy alcanzamos a comprender.

Relación entre la astronomía y la meteorología

Los fenómenos celestes y atmosféricos eran considerados semejantes, no completamente aislados como ocurre hoy en donde la astronomía y la meteorología son disciplinas completamente ajenas. Si el principal objeto de la astronomía en la Antigüedad era la determinación del tiempo, era normal asociar el tiempo atmosférico con el paso del tiempo. En nuestro idioma todavía existe esta confusión, pues según el diccionario “tiempo” es tanto el “estado atmosférico” como la estación del año o “los actos sucesivos en que se divide la edad de las cosas” y del Universo.

Quizá en principio la determinación del tiempo astronómico se utilizó para mejorar el conocimiento del tiempo atmosférico, surgiendo así los calendarios agrícolas. En culturas como la egipcia los meses se asociaban a una fenomenología determinada de tipo meteorológico, donde se hablaba, por ejemplo, del “Tercer mes de la carencia agua”.

En este sentido también Helena P. Blavatsky nos relaciona los fenómenos celestes con los atmosféricos:

Los hombres científicos arcaicos nos aseguran que todos los cataclismos geológicos –desde el levantamiento de los océanos, los diluvios, y las alteraciones de continentes, hasta los actuales ciclones de todos los años, huracanes, terremotos, erupciones volcánicas, las olas de las mareas, y hasta el tiempo extraordinario y aparente cambio de estaciones, que tienen perplejos a todos los meteorólogos europeos y americanos– son debidos y dependen de la Luna y los Planetas; más aún: que hasta desdeñadas constelaciones modestas tienen la mayor influencia en los cambios meteorológicos y cósmicos –sobre y dentro de nuestra Tierra1.

La Astronomía es, en su contexto cultural y antropológico más amplio, la ciencia con la que las diferentes culturas han intentado ejercer el control sobre el tiempo. Este control del tiempo meteorológico y su equivalente tiempo civil ligado a las actividades humanas, habría sido ejercido de forma eficiente mediante la creación de lo que los antropólogos llaman “el tiempo sagrado”: calendarios de fiestas y hierofanías divinas.

Según Mircea Eliade, la Humanidad reconoce dos clases de tiempo, profano y sagrado. El primero, la “duración evanescente” es lo que solemos denominar tiempo histórico o simplemente historia. El otro es una serie de “eternidades recuperables” periódicamente, durante las fiestas, que constituyen el calendario sagrado; esta eternidad está garantizada por la repetición cíclica de los fenómenos meteorológicos, asociados al ciclo estacional, y de sus equivalentes los fenómenos celestes periódicos. Este último se asocia a la mentalidad religiosa, que lo relaciona con los mitos sobre el origen del Cosmos, de la vida o de la fecundidad de la Tierra. En consecuencia, las fiestas de Año Nuevo se instituirían como una esperanza de renovación, de vuelta a los orígenes, a ese estado primigenio en que todas las cosas tuvieron su comienzo.

Para Jorge Luis Borges el Tiempo somos nosotros, o quizá esa dimensión superior dentro de nosotros:

Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos. El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges2.

1 DS volumen 4, sección 4-A. Pág. 291-292.

2 Final de Nueva refutación del Tiempo

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