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Uranus y Gaia. El mito de la Creación en la antigua Grecia
Laura Winckler
De los mitos y los astros
Los griegos decían del mito: he aquí el relato
de lo que no ha existido jamás y que sin embargo fue,
es y será.
"Mitos" en griego significa el "relato",
la "palabra", de la cual Hesíodo dirá:
la palabra que dice la verdad. El mito se expresa por medio
de un lenguaje poético que se viste de símbolos
y se expresa como una totalidad que se dirige tanto a nuestro
corazón como a nuestra inteligencia. Se reviste de
símbolos porque son portadores de la ambigüedad,
puente permanente entre lo visible y lo invisible, lo concreto
y lo abstracto, la idea y el acto, pasando por el corazón
y por consiguiente por nuestro mundo imaginario.
El mito se vuelve realidad cuando es vivido y percibido por
nuestra imaginación creadora y se convierte en la fuente
de inspiración de nuestros actos.
Los astros, al marcar el orden del cielo con su ritmo regular,
ritman también los latidos del corazón del Universo
y son portadores de inmensa vida, de la cual todos los seres
participan.
La Astrología, verdadera ciencia de analogías,
revela el lazo profundo que nos une a todo, desde lo infinitamente
grande (macrocosmos), hasta lo infinitamente pequeño
(microcosmos) ima-gen de lo vivo.
Del principio hermético: "como es arriba es abajo
e inversamente" resulta un simbolismo preciso, según
el cual los astros son representaciones de las funciones psicológicas
fundamentales del hombre.
La disposición que tienen en el cielo, desde el Sol,
estrella de nuestro sistema, hasta Saturno, el último
de los planetas perceptibles por nuestra vista, sus características
y ritmos, hacen de ellos la imagen simbólica de los
siete principios que rigen el orden del mundo, tal como lo
expresa el símbolo del dios Apolo con su cítara
de siete cuerdas que recrea "la armonía de las
esferas", de la cual hablaban los pitagóricos.
El astro más alejado de todos y simbólicamente
el más arcaico es Cronos -Saturno-, amo del Tiempo
y del Destino. Con él nos remontamos hasta los orígenes
del mundo y de la creación, hasta la pregunta primera
que espantó al hombre cuando alzó lo ojos al
cielo: "si es cierto que por mis actos estoy unido a
la Ley Universal, ¿en qué medida soy yo dueño
o esclavo de mi destino?".
Para que comprendamos la relación entre el hombre
y lo divino en la religión griega, sigamos el pensamiento
de W. Otto (ver Bibliografía).
"Para los griegos la divinidad se percibe cuando se participa
del movimiento del mundo. La divinidad se presenta con su
mayor presencia e inmediatez al hombre en su quehacer y en
lo que emprende, bien sea para llevarlo a triunfar o para
impedírselo, para iluminarlo o para confundirlo".
El hombre no puede pretender sustraerse a las consecuencias
de lo que no hizo correctamente. Muy al contrario, con una
inflexibilidad que nos espanta, sus consecuencias se dejan
sentir. Sin embargo, nada que haya hecho el hombre, que merezca
alabanza o censura, debe ser considerado por el hombre como
realizado por él solo. El culpable no tiene esa humildad
que carga la falta entera de la voluntad individual; sabe
que no es la única causa de lo que le ocurre. Por eso
es por lo que permanece altanero y orgulloso aun en el desastre.
Lo que le ha sucedido, aun cuando sea para destruirlo, pertenece,
como todo lo que sucede en el mundo, a "decisiones superiores".
Esta manera de ver las cosas tiene sus raíces en la
creencia muy sólida en la divinidad en el mundo. Eran
los tiempos en los cuales el hombre percibía el mundo
y no su singular existencia en el espejo del mito auténtico.
En efecto, en la concepción antigua de la existencia,
el hombre interior no es un mito en sí mismo. Esto
quiere decir que está implicado y completamente fundido
dentro del mito del mundo, y que allí tiene su forma
definida y particular.
"Los motivos que tenemos cuando tomamos nuestras decisiones,
los conocen los dioses. Es en ellos y no dentro del corazón
del hombre donde se encuentra el fundamento principal de todo
lo importante que se realiza en él".
Esto quiere decir que el hombre sabe que pertenece a un gran
Ser y a sus formas vivas. Cuando las conoce, se conoce a sí
mismo.
Lejos de encerrarse y de hundirse en la subjetividad, de no
estar seguro de sí mismo y volverse obstinado, el hombre
tiende hacia la objetividad y la realidad del mundo, y de
ahí hacia lo divino".
Es por esto por lo que para el griego, comprender y conocer
es más esencial que tener una percepción sobre
esto o aquello.
"Aquel que se atarea con amor, nobleza y justicia conoce
algo de lo amable, lo justo y lo bello".
El mito cosmogónico
Antes de todo vino al ser Caos...
"Entonces, antes que todo vino al ser Caos, -escribe
Hesíodo-, y enseguida vino Gaia, de anchos flancos,
asidero por siempre seguro para los inmortales que ocupan
las cimas del Olimpo nevado y para los tártaros de
oscuras brumas, hasta el transfondo subterráneo de
anchos caminos; y también Eros, el más bello
de los dioses, aquel que quiebra los miembros...".
Caos, Gaia, Eros, esta es la trilogía de poder, de
quien el génesis procede e introduce todo el proceso
de organización cosmogónica. El Caos que nace
antes que toda cosa no tiene fondo como tampoco tiene cima:
es ausencia de estabilidad, ausencia de forma, de densidad,
ausencia de lleno. Como "cavidad" es un torbellino
vertiginoso que se ahueca indefinidamente, sin dirección,
sin orientación. Sin embargo, como "apertura"
desemboca sobre lo que, unido a él, es su contrario.
Gaia, una base sólida sobre la cual caminar, un asidero
seguro sobre el cual apoyarse. Al ser designada, Gaia se presenta
en su función de asiento de los dioses, extendida sobre
los dos polos, de arriba a abajo, tendida entre sus cimas
claras y nevadas y su oscuro fondo subterráneo.
Y asimismo Caos, desde su aparición, da nacimiento
a dos parejas de entidades contrarias; Erebo y Noche (Nux)
y a sus hijos: Éter (Aither) y Luz del Día (Hemeré).
Eros representa una fuerza generadora anterior a la división
de los sexos y a la oposición de los contrarios. Es
un Eros primordial -como el de los órficos- en el sentido
de que representa la fuerza de renovación en el albor,
dentro del proceso mismo del génesis; el movimiento
que lleva, primero a Caos y a Gaia a emerger sucesivamente,
a producir a partir de ellos mismos algo más, algo
que prolongándolos se les encara, siendo a la vez su
reflejo y su opuesto.
Gaia da a luz, en primer término, a Uranos Asteroeis,
el Cielo Estrellado; lo pare "idéntico" a
sí misma, a fin de que la cubra y la envuelva por todas
partes. El desdoblamiento de Gaia pone ante sí a un
compañero masculino, quien a su vez aparece como Tierra
y como Caos, extendido entre lo oscuro y lo luminoso; es el
oscuro cielo nocturno pero constelado de estrellas.
Así termina la primera fase de la cosmogonía.
Hasta aquí, las fuerzas que vinieron al Ser se presentan
como fuerzas o elementos fundamentales de la Natu-raleza.
El Teatro del Mundo ha quedado erigido para que entren en
escena actores de tipo diferente.
El incesante engendrar de Uranos y Gaia
De los abrazos de Uranos, Gaia en-gendrará tres series
de hijos: los doce Titanes y Titánidas, los tres Cíclopes
y los tres Ciembrazos (Heca-tónquiros). Entre los Titanes
hay seis masculinos y seis femeninos; Zeus, en la lucha por
la realeza del cielo, es nombrado al final y aparte.
La versión arcaica de Pelasgo acerca del Mito de la
Creación establece la relación entre las fuerzas
planetarias y los Titanes ("Señores"): la
Diosa creó las siete potencias planetarias e hizo que
cada una fuera gobernada por un Titán y una Titánida,
y así (1):
* Teie e Hiperión
reinaban sobre el Sol,
* Febo y Atlas sobre la Luna,
* Dionesa y Sirio sobre Júpiter,
* Tetis y Océano sobre Venus,
* Rea y Cronos sobre Saturno.
Con la triple descendencia de Uranos y Gaia, los actores
que protagonizarán el último episodio del proceso
cosmogónico ya están ubicados.
Uranos, en la sencillez de su fuerza primitiva, no conoce
más actividad que la procreadora. Extendido sobre toda
Gaia, la cubre por completo en una interminable noche de incesante
efusión. Este amor y constante desbordamiento, convierte
a Uranos en aquel que "esconde a Gaia", "esconde
a sus hijos en el lugar mismo donde los concibió",
es decir, en el seno de Gaia, quien gime ahogada en sus profundidades
por el fardo de su progenitura.
Uranos, el progenitor, bloquea el curso de las generaciones,
impidiéndole a sus pequeños acceder a la luz,
perdido de amor, pegado a Gaia, lleno de odio por sus hijos,
quienes al crecer podrían interponerse entre ellos
dos; expulsa a aquellos a quienes concibió a las tinieblas
del prenacimiento, al seno mismo de Gaia. El exceso de su
desbordada fuerza sexual inmoviliza a las generaciones.
Ninguna nueva generación puede aparecer mientras se
perpetúe este incesante engendramiento que Uranos lleva
a cabo sin tregua al estar unido a Gaia. No permite que haya
un espacio encima de ella ni un espacio de tiempo en el que
puedan nacer, una tras otra, las razas de nuevas Divinidades.
El mundo habría permanecido estático si Gaia,
indignada por una existencia de esclava, no hubiese imaginado
un pérfida treta que va a cambiar la faz de las cosas.
La castración de Uranos
Gaia crea el acero y hace con él una podadora; luego
exhorta a sus hijos a castigar a su padre. Todos dudan y tiemblan,
salvo el más joven de ellos, Cronos, el Titán
de corazón audaz y astucia maliciosa. Gaia esconde
la podadora y prepara la trampa. Cuando Uranos se extiende
sobre ella en la noche, Cronos, de un golpe, le corta los
órganos genitales.
Este acto de violencia tendrá consecuencias cósmicas
decisivas. Alejará por siempre al Cielo de la Tierra
y lo fijará en la cima del mundo, como el techo del
edificio cósmico. Uranos ya nunca más se unirá
a Gaia para producir seres primordiales. El espacio se abre
y este desgarramiento le permite a la diversidad de los seres
tomar forma y encontrar su lugar en el espacio y en el tiempo.
El mun-do se puebla y se organiza; el gé-nesis se ha
desbloqueado.
Sin embargo, es-te gesto liberador es al mismo tiempo un
crimen horrible, un acto de rebeldía contra el Padre-Cielo.
Todo se va desarrollando como si el orden cósmico,
con sus jerarquías de poder y las diferencias de competencia
que ello supone entre los Dioses, no pudiera quedar instituido
sino por medio de una violencia culpable, de una pérfida
astucia, por la cual ha de pagarse un precio.
Cronos sostiene en su mano izquierda el sexo de Uranos que
arrancó de un tajo, con la podadora en su mano derecha.
Sin mirar, y como para conjurar la mala suerte, arroja estos
restos sanguinolentos por encima de su hombro... pero las
gotas de sangre celeste caen sobre Gaia, la negra tierra,
quien las recibe todas en su seno. El sexo, que ha caído
más lejos, va a parar a las aguas del Ponto, las cuales
se lo llevan hasta el mar. Uranos, castrado, ya no puede reproducirse,
pero fecundando a la tierra y a las aguas, su órgano
progenitor va a realizar la maldición de vengar su
crimen.
Sobre la tierra, las gotas de sangre harán nacer tres
grupos de fuerzas divinas que se encargarán de llevar
a cabo la venganza en nombre del Progenitor: las Erinias,
los Gigantes y las Ninfas, que apadrinarán las empresas
guerreras, las actividades de lucha y las pruebas de fuerza.
Durante mucho tiempo, el sexo amputado de Uranos es llevado
por las aguas, y va mezclando a la espuma marina que lo rodea
la espuma de esperma nacida de su carne. De esta espuma (afros)
nace una niña que Dioses y hombres llaman Afrodita.
Cuando llega a Chipre, Eros e Hímeros (Amor y Deseo)
le hacen la corte.
La castración de Uranos engendra entonces sobre tierra
y aguas dos órdenes de consecuencias: de un lado la
violencia, el odio, la guerra; del otro lado la dulzura, la
concordia, el amor.
Así pues, el mundo va a organizarse por la mezcla
de contrarios, mediación entre opuestos. Pero en este
universo de mixtos, donde se equilibran fuerzas de oposición
y fuerzas de unión, no hay una línea divisoria
entre el bien y el mal, ni entre lo positivo y lo negativo.
Las fuerzas de la guerra y las del amor tienen también
sus aspectos claros y sus aspectos oscuros, benéficos
y maléficos. La relación de tensiones que mantiene
alejados a los unos de los otros, se manifiesta también
en cada uno de ellos, bajo la forma de polaridad, de una ambigüedad
inmanente a su propia naturaleza.
BIBLIOGRAFÍA
La astrología, clave para el conocimiento de uno mismo.
Ed. NADP, 1980.
Comprender las etapas de la vida y encontrarles sentido.
Ed. Belfond, 1981.
Memorias del Coloquio "Dane Rudhyar,
humanista del Siglo XX". Ed. Nueva Acrópolis 1986.
Lo sagrado en el Tíbet. Homo Religiosus, 1987.
Revista Nueva Acrópolis. Varios números.





