Organización Internacional Nueva Acrópolis - España

Filosofía - Cultura - Voluntariado

La comunicación animal y humana (II)

Paloma de Miguel

Algunas consideraciones filosóficas:
Comunicar tiene relación con transmitir, contactar, expresar, participar o intercambiar algo, manifestar e informar, aunque hay muchos medios de comunicación que trascienden la palabra. De hecho, ésta es un medio más de comunicación específicamente humano.

La comunicación animal y humana

La danza es una forma de comunicación «muy movida»
Muchos seres vivos se comunican bailando. Mediante la danza (precisamente aquella que en justicia podría denominarse «danza del vientre», ya que el abdomen juega aquí un papel primordial) informan las abejas a los suyos de la localización y la cualidad de las fuentes de alimento. Por una especie de danza constituida por un encadenamiento de movimientos rituales dirimen sus diferencias muchos animales, como hacen las elegantes gacelas. A través de, a veces, complejas coreografías (tan complejas que requieren un largo aprendizaje, como es el caso de los manarquines, unos pequeños pájaros tropicales, por ejemplo), manifiestan sus intenciones a la concurrencia las aves o los mamíferos que quieren contraer matrimonio.

Por la danza se pretende atraer al otro sexo, focalizando su atención, fascinándolo, encantándolo, como hace el ave del paraíso. Danzando se formaliza y se cohesiona el vínculo de la pareja, como si jugaran con el tiempo al sincronizar sus ritmos vitales y adecuarse sus movimientos. Será también danzando como en los animales monógamos se reactualicen aquellas primeras ceremonias, rememorando los momentos de su elección, como forma de avivar el lazo entre ellos.

También los humanos nos expresamos mediante el baile. La danza puede ser para nosotros un contacto, una vinculación, un modo de adecuación, una forma de ligazón, de armonización con la Naturaleza y con sus seres, una participación activa en el Universo que nos rodea, pretendiendo reproducir sus características y movimientos y constituyéndose, por tanto, en un acto mágico. Así obran, desde la antigüedad más remota, muchas danzas religiosas, y en otro orden de cosas, cinegéticas.

La danza es también entre los hombres una forma de desahogo emocional, un modo de canalización de tal energía, una expresión afectiva y un acto social. El júbilo, la exaltación, y en ocasiones la pena o el furor se vierten en los pasos de baile. Bailando se transmutan los sentimientos. Bailando en comunidad se han abierto y se han cerrado tradicionalmente muchas de las más importantes ocupaciones humanas. El baile ha preparado a los hombres para combatir, para trabajar, y por supuesto para conquistar a la pareja.

También se puede decir mucho con la expresión corporal
La expresión del cuerpo transmite, casi siempre verazmente, características personales, sentimientos, afectos e intenciones. Por la importancia que tiene para ellos, a veces cuestión de vida o muerte, los animales son unos eficaces lectores de la dinámica corporal. Casi todos entienden a la perfección lo que significa que el otro se encoja como si se hiciera más pequeño, o se estire como si pretendiera duplicar su tamaño.

El primer gesto, representante de la postura cerrada, es índice de miedo y de sometimiento, y también de pesar; es una forma de repliegue, de ocultación, el primer paso hacia la huída o la inmovilidad, una manera de ofrecer menos espacio corporal al adversario, de apaciguarle evitando el enfrentamiento, la confrontación, de manifestarle vulnerabilidad, inferioridad. El segundo gesto, representante de la postura abierta, transmite potencia, fortaleza, dominio, en ocasiones cólera, y por lo tanto preludia acometida, actividad, ataque, arrojo, y la confianza personal en estas características.

Ambas posturas forman parte del interjuego de dominio-sumisión, muy ritualizado, por el que se organizan socialmente los animales. Por él establecen sus jefaturas, rangos, jerarquías y posiciones dentro del colectivo. Un gorila que quiera hacer saber a los suyos que se siente capaz de situarse a la cabeza de su grupo, que piensa mantener tal posición hasta que pueda y que no está dispuesto a tolerar «golpes de estado» por parte de sus súbditos, se enfrentará con sus posibles rivales estirado en todo su tamaño y con el pelo totalmente erizado, preludio de la acción si los otros no toman buena nota del mensaje, con lo que parece mucho más grande de lo que es.

Este mismo animal si, por desgracia, ha sido posteriormente destronado, se presentará con mayor contracción muscular y una postura, en general, más humilde ante sus superiores, pareciendo ostensiblemente más pequeño, de modo que un observador ocasional tal vez podría pensar que la pasión del poder es tan intensa que incluso hace crecer y menguar físicamente a los seres vivos.

Los animales superiores tienen una amplia gama de gestos que les permiten una comunicación básica, pero clara y sólida. Intervienen los movimientos de las orejas (en tensión: alerta; caídas: en calma) y el hocico (tenso, contraído y enseñando dientes y colmillos como muestra de temor o preludio de una amenaza; más relajado, con las comisuras de los labios estiradas hacia atrás y enseñando brevemente los dientes, si su estado es relajado). El rabo es un apéndice corporal realmente útil en los animales. No sólo es una herramienta en muchos de ellos, sino que expresa por sí solo o matiza gran cantidad de mensajes. Erguido en determinada posición puede indicar prepotencia.

Cuando se porta de un modo alto y relativamente relajado es que siente seguridad y una digna confianza. Se estira cuando su dueño se sorprende o se siente a la expectativa de un acontecimiento. Se tensa cuando el animal se siente amenazado. Se mantiene caído cuando hay calma, se encoge (a veces como si quisiera desaparecer entre las patas) cuando hay miedo, oscila cuando existe ambivalencia, rabia, furia, alegría, etc., dependiendo de lo que digan por su parte las distintas señales del rostro como resultante de los diversos juegos musculares y la mirada.

Casi ningún animal mira de frente y con fijeza. La mirada directa a los ojos es interpretada como amenazante, como señal de violencia. Por eso los animales suelen evitar la confrontación de las pupilas y rehuyen los ojos del otro, porque sostener la mirada es un signo de reto. La Naturaleza utiliza este recurso para defender a sus hijos y coloca en el manto de algunas mariposas lo que pudiera ser el dibujo de unos ojos abiertos e inmóviles como medida disuasoria frente a posibles depredadores. Los animales buscan la economía de esfuerzos.

Generalmente nunca persiguen a un animal sano y en plenitud de fuerzas. Así, además de permitir la supervivencia de los más aptos, ahorran energías dirigiéndose a ejemplares débiles o enfermos. Así actúan los grandes depredadores. Hay un ave, el chorlitejo grande, que conoce perfectamente esta máxima animal y cuando está cuidando a sus polluelos, camuflados en un poco consistente y apenas fiable nido situado en un terreno rocoso y descubre una potencial amenaza, sale arrastrando débilmente pero con ostentación una supuesta ala rota y cojeando como si se dirigiera a su enemigo comunicándole que no se moleste más en buscar un almuerzo cómodo, que en él está la presa que espera, que apenas puede moverse...

Con tales mensajes camina un trecho (en dirección diametralmente opuesta a donde están sus hijos), y cuando considera que ya hay la suficiente distancia de seguridad entre ellos y el agresor, se recupera «milagrosamente» y vuela a toda velocidad, en la plenitud de sus fuerzas, escapando del peligro, abandonando a su supuesto captor que se las prometía muy felices, dispuesto a interpretar de nuevo la pantomima cuantas veces sea necesario.

Muchas de las pautas de comunicación no verbal del mundo animal tienen su símil en el hombre. Quizá por eso es posible entender a los animales, porque compartimos con ellos algunos modos de expresión, aunque el ser humano les supera en riqueza expresiva. ¿Qué no podrán decir, por sí solas, nuestras manos?

El ser humano utiliza continuamente su expresión corporal para comunicarse... aunque no quiera. No en vano un experto en teoría de la comunicación humana ha dicho que «no existe y no es posible la no comunicación»; es más, se comunica comunicando y se comunica «no comunicando». Hasta un buen dominio de nuestro mundo interior que facilite la serenidad de nuestros gestos transmite información.

El lenguaje del cuerpo humano es muy rico y variado. En el cuerpo se graba nuestra historia, ahí está inscrito nuestro pasado, la modalidad de lo vivido, la historia de nuestras experiencias emocionales. Nuestros músculos, corporales y faciales, según rigideces y tensiones, a través de bloqueos energéticos relacionados con vivencias afectivas, pueden llegar a modelar las formas somáticas de una determinada manera, que, a su vez, dicen algo a los que nos observan acerca de nosotros mismos y de nuestra forma de ser. Del mismo modo, es corriente atribuir a nuestros semejantes mal humor, cólera, recelo o desidia según una rápida y a menudo inconsciente lectura efectuada a través de los rasgos de su rostro o las características de sus movimientos.

Si nos sentimos fuertes y seguros en algunas circunstancias de nuestra vida, es muy posible que nuestra postura corporal sea firme, abierta, erguida la espalda, con los hombros hacia atrás. Pero es posible que a través de nuestras vicisitudes personales hayamos querido reaccionar siempre con resolución ante los problemas de la vida, que hayamos deseado no eludir nunca los conflictos, admirando a aquellos que se comportan con seguridad y quizás con algo de dureza, de manera que nuestra actitud se haya hecho permanente, estable, como un rasgo de carácter, y tal vez haya llegado a tornarse incluso rígida, entonces puede que nuestro cuerpo exprese igualmente de un modo fijo, continuo, tal tendencia interior, y que toda la expresión somática transmita esta constelación interna.

Otras experiencias pueden hacernos sentir inseguros, temerosos, desbordados, como si estuviéramos oprimidos por ellas, como si los acontecimientos se tornaran negativos y pesaran como el plomo sobre nuestras almas; seguramente entonces nuestros gestos, espejo de nuestro interior, reflejarán el abatimiento que nos domina, nuestra cabeza tenderá a inclinarse, tal vez a contraerse los músculos de nuestros hombros y a tensarse nuestra nuca. Si por las diversas circunstancias de nuestra vida no nos parece muy sencillo nuestro paso por el mundo, no nos sentimos muy satisfechos del trato que nos proporcionan nuestros semejantes o hemos tendido a sentirnos de modo habitual víctimas de un destino difícil, obligados a soportar agobiantes problemas que nunca parecen terminar de disiparse, nuestro cuerpo se habrá hecho cargo de tal modo permanente de sentir y opinar y permanentemente expresará tal sensación de agobio con un conjunto de gestos relacionados con la tristeza.

Ambos modos estables de expresión somática forman parte de un amplio abanico de posibles manifestaciones corporales, solidificadas, basadas, conformadas según nuestros pensamientos y afectos, que se construyen a modo de defensa frente a nosotros mismos y frente a nuestro exterior y constituyen lo que en bioenergética psocioanalítica se conoce como coraza caracterial.

<-- Anterior