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El hombre cosmopolita (II)

Jorge Ángel Livraga Rizzi.

El hombre que surge, se levanta ante una circunstancia histórica y dice: «Basta, esto no puede seguir así, tiene que ir de otra manera». Estamos también condicionados ante ese mundo que ya está hecho, formado, y que no tenemos la fuerza de formar o de cambiar; no somos el Buddha, no somos el Cristo, no somos esas figuras que en lo religioso pueden cambiar el curso de la Historia, sino que somos los pequeños, los puñaditos de arena que hacemos el gran desierto, las hojas que conforman el árbol y que cuando pasa el viento hacemos nuestra música; parecemos pocos, pero a nuestra manera gritamos una verdad individual. Y ese puñado de gente que somos nosotros, aparecemos ante un mundo ya predeterminado pensando si es que lo podemos cambiar, si podría ser diferente.

El hombre cosmopolita

Volvamos atrás brevemente, hacia ese polifacetismo interior nuestro. En medio de ese torbellino enorme, en donde hay voces que nos reclaman cosas desde dentro y voces que nos reclaman cosas desde fuera, tenemos que llegar a aquello que mencioné al empezar esta pequeña charla; llegar a ser ciudadano del mundo, llegar a ser verdaderamente algo que abarque todas las cosas, todas las facetas.

¿Cómo podré llegar a ser ciudadano del mundo? ¿Cómo podré llegar a unificarme dentro de mí mismo y con lo exterior?

Lo primero que tenemos que hacer es comprender que las formas no son iguales. Yo estoy viendo aquí el rostro de cientos de personas. No tienen una el rostro igual a otra, y para fortuna vuestra ninguna tiene el mío. De tal suerte, todos somos formalmente diferentes. Hay entonces una parte que los divide, que los diferencia, pero hay otra parte que los une. Esa parte que los une, interior, invisible, permite que podamos apoyarnos; no en lo que separa, sino en lo que nos une, en esa fuerza interior que nos hace seguir caminando día a día, que nos hacer ser optimistas todas las mañanas.

Ese optimismo básico, ese optimismo que nos hace continuar caminando, que se refleja en las velas encendidas en las tartas de cumpleaños, en los niños que crecen, en los jardines que ver-dean, en las bibliotecas que se van poblando de volúmenes, en la vida que sigue y nos va aportando diferentes experiencias, todas necesarias para nosotros. Ese optimismo, que nos permite concebir un hombre que no solamente sea nuevo, sino también mejor –básicamente mejor que lo que podemos ser nosotros–, un hombre como lo hemos soñado, un hombre que extraiga su pensamiento, su alma, de esos rincones escondidos donde están los versos que no escribimos nunca, las palabras de amor que nunca nos atrevimos a pronunciar, las esperanzas que tuvimos miedo de expresar por temor a que la gente se riese de nosotros.

Allí donde está nuestro cariño por toda la Humanidad, sin importar si tiene la piel negra o blanca, allí donde está nuestro básico entendimiento con todos los hombres, no importa que hablen un idioma u otro.

¿Qué se nos ha derrumbado dentro? ¿Qué se nos ha derrumbado fuera? Nosotros que creíamos en las vidas de los grandes hombres y las grandes mujeres, ahora nos dicen simplemente que no fueron grandes, y a veces les creemos.
¿Qué nos pasa? ¿Qué nos ocurre? ¿De qué estamos enfermos? ¿Estamos enfermos de tristeza tal vez, de desconfianza? ¿Nos han engañado tanto que ya no creemos en nadie?

De alguna forma, debemos volver a ser jóvenes, debemos volver a tener fuerza interior y exterior. Más allá de las palabras, más allá de los carteles, más allá de las denominaciones que el mundo pone a las cosas, debemos reaccionar como hombres y mujeres, con toda la fuerza de nuestro corazón y de nuestra naturaleza. Debemos entender que cuando sentimos algo en el corazón tenemos que poder expresarlo, y si sentimos amor tenemos que saber gritarlo, y si sentimos concordia tenemos que saber gritarlo, y si sentimos que la Humanidad es una tenemos que poder afirmar la Unidad de esa Humanidad. Tenemos que volver a Ser –otra vez–, Damas y Caballeros. Tenemos que recorrer los caminos del mundo buscando el mítico Grial, el mítico lugar, el mítico objeto que nos reunirá a todos los que estamos durmiendo y nos despertará, nos hará encontrarnos a nosotros mismos y a los demás, a los viejos sueños, los conocimientos primarios que nos dieron nuestros abuelos, las palabras balbuceantes de nuestros nietos.

Encontrémonos de nuevo, más allá del espacio, más allá del tiempo; seamos en verdad «ciudadanos del mundo», hombres y mujeres capaces de sentirse a sí mismos, de sentir sus manos, de sentir a Dios, de no tener vergüenza de lo santo ni de lo bueno. Un hombre al cual no se le pueda comprar con oro ni se le pueda apagar con plomo. Ése es el Hombre Nuevo.

Ése es el Hombre que Acrópolis propone, el Hombre que vendrá Mañana, el hombre que hará girar los molinos de la Historia con el nuevo viento de la resurrección espiritual: la Revolución más profunda de todas.

Conferencia dada en mayo de 1983

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