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La
Filosofía del Arte
Una
de las situaciones más confusas que enfrenta la filosofía académica actual
es la de los fines de la Filosofía del Arte. Es decir: ante una obra artística,
como un poema, o una escultura, o una catedral, una danza o una interpretación
musical, cuál será la misión de la filosofía. Es lo mismo que preguntarse
cómo debe enfrentar el pensamiento las cuestiones acerca de la belleza.
Del pensamiento son los límites, las formas, las clasificaciones, las
comparaciones. De la belleza es la vivencia, lo inapresable, el espíritu
sutil que escapa a todas las definiciones.
¿Cuáles
serán, nos volvemos a preguntar, los objetivos de la Filosofía del Arte?
¿Establecer los cánones, por ejemplo, por los que se afirme que un cuadro
es bello y otro no lo es? ¿Dictar las medidas para la poesía, fuera de
las cuales el verso sea condenado al destierro de lo feo? ¿Fijar las formas
musicales que "encierren" la belleza y la armonía, y limitar así los innumerables
caminos, casi infinitos, que el Logos ha dispuesto para la Belleza-Una?
Podríamos decir, en boca de Shakespeare, que "las palabras de Mercurio
parecen chillonas después de los cantos de Apolo". Mercurio es el pensamiento;
Apolo el Arte. Sea prudente el pensamiento al tratar de limitar el Arte.
Sea cauto y reservado el hombre al tratar de establecer límites a lo increado.
Existen
"Formas Áureas", proporciones, relaciones de colores, ritmos, modos musicales,
etc, que efectivamente reflejan con perfección el etéreo fulgor de la
belleza. Pero limitar el número de estas formas, o establecer pautas racionales
que tracen el límite de lo bello y lo feo es otra cosa.
Aunque
la voz de Mercurio sea chillona después de los cantos de Apolo, también
es cierto que Mercurio otorga el don de la oratoria, el fuego sagrado
en el verbo del orador. Y éste es también un Arte, que Apolo, patrón de
todas las Musas, acepta complacido. La Filosofía del Arte, entre otros
objetivos, podría ser portavoz racional de la belleza. Sin querer apresar
o limitar, puede vestir racionalmente la gloriosa desnudez de la intuición
artística. El filósofo puede tratar de entender todo aquello que le rodea
y encaminarse a la Verdad, guiado por el rayo del hecho artístico, por
las huellas de la belleza.
En este
sentido quizás dos de los más grandes filósofos del Arte hayan sido Platón
y Plotino. Ambos eran filósofos y poetas. Ambos expusieron las profundidades
de la Filosofía según los cánones de la perfecta belleza. Ambos aleccionaron
a sus discípulos para usar la belleza y el amor como un trampolín para
el entendimiento de las más difíciles verdades. (¡Cómo resuena en nuestras
almas la melodiosa enseñanza de Platón, de que aquello que nos sustenta
en esta tierra de mentiras es la belleza que muestra, como en un espejo,
la Naturaleza!).
También
la Filosofía del Arte puede plantearse el objetivo (como lo hizo el genial
ideólogo inglés de principios de siglo, John Ruskin) de hacer accesible
a la Mente la obra artística. Es decir, crear una escalera mental que
eleve nuestra conciencia a un punto en el que podamos recibir el rayo
de la belleza presente en una determinada obra artística. O proporcionar
una llave para entrar en el reino de la creatividad artística. O incluso
enseñar el "lenguaje" con el que una obra artística deja de ser un misterio,
hasta convertirse en libro abierto de radiante esplendor.
Por
ejemplo, contemplando el Partenón, o la Gran Pirámide de Gizza, podemos
sentirnos conmovidos, alucinados, pero también confusos al no saber el
por qué de esta sensación tan indefinida. Sin embargo, si nos explican,
por ejemplo, que la Pirámide es una representación de la Montaña Mágica,
que en sus medidas se reproducen las estructuras septenarias y las proporciones
del Sistema Solar, que sus caras son ligeramente cóncavas, para repetir
conceptualmente la concavidad de las paredes del universo, que sus tres
cámaras (mas las otras cuatro, que dice H.P. Blavatsky que la Ciencia
encontrará), alineadas en un eje vertical, reproducen los centros pulsantes
que "crean" o sustentan los tres mundos (las tres regiones del Universo:
físico, psicológico-mental y espiritual; o simbólicamente, Cielo, Tierra
y Aire). Si nos enseñan que el simbolismo de la pirámide es el mismo que
el del fuego, y que ésta reproduce la jerarquización de fuerzas y de entidades
que existen en la Naturaleza, que cada pirámide estaba consagrada a una
estrella... todas estas ideas, todos estos conceptos y enseñanzas construyen
en nuestra alma un templo de ideas, de "materia mental", con el que recibir
más dignamente, y de un modo más útil, el divino resplandor de la belleza,
cuando contemplamos esta pirámide. Esto es, sin duda, Filosofía del Arte.
Constantino
Fernández
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