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El Origen del Lenguaje a través de la Tradición
y los Símbolos Todo
un universo de sonidos nos rodea. Espacios llenos de extraños
símbolos fonéticos que emanan de la vida misma, tan naturales
para nosotros, que aun formando parte del misterio del ser humano y
de toda la Creación, apenas provocan en el hombre impresión
alguna en su alma.
Filósofos, científicos, buscadores de todas las épocas,
han intentado desvelarlo, de manera que se pudiera comprender parte
de la verdad del hombre: ¿de dónde venimos?, ¿cómo
surge la vida?, ¿cuál es nuestro origen?, ¿cómo
surgió el lenguaje?
De entre todos los buscadores,
encontramos el mundo propio de la Tradición. En él se
manifiesta de forma natural toda la historia de la Humanidad y del Universo
desde los tiempos prehistóricos, que se desarrolla en dos vertientes
unidas e inseparables; el mundo de lo interno (las esencias), y el mundo
de lo externo (la creación).
La Tradición, conducida en el tiempo por la sabiduría
ancestral de Maestros y discípulos, se concreta por vez primera
para la sociedad occidental en el siglo XIX, con Helena Petrovna Blavatsky,
con sus inmortales obras Doctrina Secreta, e Isis Sin Velo. Éstas,
tomadas como ficción por muchos científicos, ¿nos
aportan algo sobre el origen del lenguaje? Y si es así, ¿las
teorías existentes las afirman o las contradicen?
Esto es lo que con profundo respeto nos planteamos ver y comparar.
Teorías
sobre el origen del lenguaje
Entre el gran número de teorías existentes, se pueden
reducir a dos las más aceptadas.
Teoría de la onomatopeya
Según la cual, la lengua primitiva vendría a ser una expresión
imitativa mediata o inmediata de las percepciones. Se establece como
teoría más generalizada.
Teoría de las expresiones afectivas
Se podría llamar teoría interjeccional, por cuanto la
lengua tendría su principio en las diversas exclamaciones que
hubiera provocado en el hombre la contemplación del mundo.
La Teoría Onomatopéyica
nos habla de un lenguaje surgido de la imitación de los diferentes
sonidos de la Naturaleza. Sin embargo esta imitación por sí
sola no nos resuelve el misterio de cómo llegaron a entenderse
y comunicarse los hombres entre sí.
Blavatsky clarifica este problema con el concepto de la mente, y nos
dice en su Doctrina Secreta: «El hombre, antes del desenvolvimiento
de la mente, desarrolló al principio una clase de habla que sólo
era un progreso sobre los diversos sonidos de la naturaleza».
En la Teoría de las Expresiones Afectivas, se nos dice que el
lenguaje no surgió como imitación de los sonidos de la
naturaleza, sino de las sensaciones interiores producidas por su contacto
con el mundo (asombro, dolor, alegría...) cargado de exclamaciones
emocionales.
Esta teoría no contradice a la onomatopéyica o imitativa,
pues una y otra se complementan perfectamente. El hombre si imita es
porque tiene sensaciones. Pero del mismo modo que la teoría anterior,
no explica cómo de esa naturaleza animalesca con que se presenta
al hombre pudo crearse una relación de ideas.
Blavatsky nos dice: «Hasta que el hombre no adquirió completamente
la facultad razonadora, no existió el lenguaje propiamente dicho,
sino una especie de conato del lenguaje».
La lingüística recoge plenamente este problema, pero en
todas sus teorías no es capaz de explicar cómo se pasó
del lenguaje imitativo de los sonidos al lenguaje con coherencia; cómo
se pasó del lenguaje que no expresaba ideas, al lenguaje que
sí las expresa, o más claramente: ¿en qué
momento se adquirió esa facultad razonadora? Y aquí entramos
en el siguiente problema: ¿cuándo adquirió el hombre
la mente?
A pesar de este problema no resuelto para la ciencia, pero sí
para la Tradición, la lingüística nos presenta un
desarrollo de la formación del lenguaje desde su origen hasta
nuestros días. Este desarrollo se presenta en tres grandes divisiones
o grados del lenguaje, que son: Monosilábico, Aglutinante y de
Flexión.
Es sorprendente que la Tradición, antes aún de toda teoría
nos enseñe lo mismo. Vemos en Doctrina Secreta: «El habla,
pues, se desarrolló según la Enseñanza Oculta,
en el orden siguiente: Idioma monosilábico, Idioma Aglutinante
e Idioma de Flexión...».
El lenguaje monosilábico, según la lingüística,
es aquel que comenzó por el período llamado de «raíces»
porque se componía de expresiones integrales e indivisibles,
y estas expresiones estaban ya constituidas por elementos articulados
o compuestos de vocales. Es curioso saber que el primer sonido considerado
y que surge de los niños es la «a» para todas las
razas humanas; después le sigue la «e», la «i»,
la «o» y la «u». Así estas primeras raíces
monosilábicas fueron compuestas por una vocal, o como mucho por
una vocal y una consonante.
A este respecto nos dice Blavatsky en Doctrina Secreta: «Los primeros
hombres tenían el lenguaje del sonido, a saber: sonidos cantados,
compuestos de vocales solamente». «Este idioma monosilábico
fue el padre vocal, por decirlo así, de las lenguas mo-nosilábicas
mezcladas con consonantes duras. Este lenguaje monosilábico,
es el de los primeros seres humanos, de raza amarilla. Este lenguaje
todavía se usa entre las razas amarillas».
Esta afirmación la encontramos como idea general y aceptada en
el lingüista Estanislao Sánchez, que dice: «Los idiomas
más antiguos son los monosilábicos transgangéticos,
porque se hallan al norte del río Ganges, entre las razas amarillas».
¿Cuál
es la característica de este lenguaje monosilábico?
Como su nombre indica, es el conformado por una sola sílaba,
o como mucho por la misma sílaba repetida, que surgió
como imitación de los sonidos de la Naturaleza a la vez que de
sensaciones.
Estos primeros hombres hablantes, aún no tenían la capacidad
de dar sentido a estos conceptos puros o primeras raíces, y por
ello no se puede hablar de un verdadero lenguaje. No había una
fluidez entre la palabra y la idea, sino que cada una de estas raíces
monosilábicas se manifestaban como entes independientes entre
sí. La comunicación se basaba en el sonido pero no en
su interpretación.
Estas primeras sílabas tenían un sentido principalmente
emocional; la relación palabra-concepto no se guiaba por una
unión ideal, sino pasional.
A este respecto nos dice J.J. Rousseau en su Origen del Lenguaje: «Las
primeras voces tienen su origen en las pasiones».
El estruendo del trueno, la caída del rayo, el aire huracanado,
el sol, el cielo estrellado; provocaban tales impresiones en el alma
de estos primeros hombres que surgieron al tiempo que los primeros sonidos
o voces monosilábicas.
Sin embargo estas primeras raíces, aún siendo formadas
por las emociones, ya encerraban en sí las primeras ideas debido
al desarrollo paralelo de la capacidad razonadora. Así el trueno
en su parte emocional provocaba miedo por su formidable poder. Esta
emoción al imitar el sonido del trueno, Tron, se convierte en
un Dios, y en la mitología escandinava se le llamó Thor,
hijo del Cielo y de la Tierra. Thor encierra en sí una emoción
y una idea, que es la de fortaleza o poder.
De este lenguaje monosilábico surgió el lenguaje de aglutinación,
pero la lingüística no sabe cómo se desarrolló
el uno del otro. Todos los lingüistas se encuentran perdidos en
este punto, y se sabe que el lenguaje sin el pensamiento no es posible.
El uno es el origen del otro.
Estasnislao Sánchez dice ante este problema: «Ante la imposibilidad
de hallar el origen del lenguaje, ¿no habrán los hombres
primitivos heredado una civilización, una Edad de Oro?».
Refiriéndose a los daemon u hombres de oro de Platón.
J.J. Rousseau, intentando desvelar el origen del lenguaje, y tratando
por todos los medios de negar su origen divino, tuvo que dar marcha
atrás en varios puntos de su desarrollo por la imposibilidad
de encontrar en el origen de la lengua un proceso estrictamente humano.
Tanto es así, que llega a escribir en su ensayo: «En cuanto
a mí, espantado por las dificultades que se multiplican y convencido
de la imposibilidad, casi demostrada, de que las lenguas hayan podido
nacer y establecerse por medios puramente humanos, dejo la discusión
de este difícil problema a quien quiera».
Las escuelas idealistas del siglo XIX no tenían ninguna duda
sobre que el origen del lenguaje surgió de un ser superior a
nosotros, un ser divino. La Tradición nos dice sobre este punto:
«Descendió de una de las regiones superiores el Gran Instructor,
apiadado de los hombres tomando a los mejores de ellos para que enseñaran
al resto de la Humanidad las ciencias y las artes. Estos primeros hombres,
llamados Maestros Divinos; fueron quienes enseñaron el poder
de los nombres y las pa-labras».
¿Podemos considerar descabellada esta idea tradicional ante,
como dice J.J. Rousseau, «la imposibilidad casi demostrada de
que el origen de la lengua tenga un proceso estrictamente humano?».
¿Y no coinciden estos Maestros Divinos, u hombres más
evolucionados, con los Daemon de Platón u hombres de la Edad
de Oro, que nos cita el lingüista Estanislao Sánchez?
¿Cómo
se pasó del lenguaje monosilábico al de aglutinación?
Tras el lenguaje monosilábico, la lingüística, al
igual que la Tradición, evoluciona hacia el lenguaje de las aglutinaciones.
Su característica básica es el añadido a la raíz
principal de otras sílabas o raíces que pasaron a ser
sufijos o prefijos y que modifican la raíz central o idea primordial.
Este lenguaje de aglutinación es el que se desarrolló,
según la lingüística, en los pueblos llamados turanianos,
que son los que existieron en una gran extensión de Asia y Europa
con una lengua común, antes de las migraciones semíticas
y aryanas. Del Tigris al Indus poseían todo el territorio en
que figuraron después los iranios.
Para la Tradición: «El lenguaje monosilábico pasó
a poseer diferentes caracteres, que originaron distintas lenguas monosilábicas.
Esta evolución de los caracteres surgió al tiempo que
la evolución razonadora del ser humano. A su vez estos diferentes
idiomas monosilábicos originaron diferentes idiomas aglutinantes».
Al tiempo que estos hombres alcanzaban su totalidad humana, el despertar
de la conciencia al mundo de las ideas generaba la propiedad de interpretar
y unir las palabras con sus ideas, y éstas entre sí.
Como dice el lingüista Steinthal, en referencia al origen del lenguaje:
«El alma y el cuerpo dependiendo de su origen primero, despierta
al tiempo que cada nueva intuición un sonido o acento».
Para la Tradición, el lenguaje aglutinante es el primer lenguaje
real del ser humano tal cual somos. En este lenguaje aglutinante las
raíces eran puras, sin existencia de derivados. Podía
existir la idea pura o raíz «Thor», a la cual se
le añadían otras raíces que modifican su idea primera
sin perder por ello su esencia. Ejemplo de este lenguaje, y siguiendo
la idea de la raíz Thor o trueno, que da idea de poder y fuerza,
en el castellano desaparece la H al no pronunciarse y se convierte en
Tor. Así nos encontramos con: Trac-Tor: vehículo que tracciona
con gran fuerza o poder. Tor-Mento: dolor de gran intensidad o fuerza.
A-Tor-Ar: objeto que se halla obstruido en medio de algo. (Es significativo
ver como a su vez, Tor, en esta palabra, se haya en medio del prefijo
y del sufijo, como si estuviera atorado).
En este lenguaje aglutinante, la raíz principal, Tor, fuerza
o poder, se convierte en el alma, aquello que se aplica a un cuerpo
para darle sentido. Así esta raíz es el alma de la palabra,
y las raíces secundarias, (sufijos y prefijos), el cuerpo sobre
el cual se aplica.
El lenguaje
de flexión
Si es difícil explicar la evolución del idioma monosilábico
al aglutinante, mucho mayor es la incógnita de cómo pasó
éste al de flexión.
El lenguaje de flexión es un lenguaje altamente complejo. En
él, no sólo la raíz es acompañada por sufijos
y prefijos, sino que a su vez esta raíz fundamental sufre un
cambio en la morfología, pareciendo que las diversas raíces
son una sola palabra, resultando difícil luego hallarlas y por
tanto descubrir su origen y procedencia.
En estas palabras el núcleo o raíz sigue correspondiendo
al monosilábico primitivo, pero envuelto en otros elementos gramaticales.
En este lenguaje flexivo ya aparecen los artículos, el género,
los adjetivos, los participios, y todos los elementos del mundo gramatical
tal cual los conocemos hoy. Dice Blavatsky sobre el paso de la lengua
aglutinante a la de flexión: «Para la Tradición
el lenguaje aglutinante, al igual que la vida, tuvo una evolución
cíclica de infancia, pureza, crecimiento, madurez, dacaimiento
y finalmente muerte».
Nos muestra por tanto la Tradición que el lenguaje de flexión
es una evolución sobre las lenguas monosilábicas y aglutinantes,
porque se desarrollan un número mayor de ideas. Los conceptos
se acercan más a los arquetipos. Estos hombres del lenguaje flexivo
primero, eran capaces de llevar las propiedades de estos conceptos a
las diversas ideas, (palabras) para potenciarlas. Mientras los seres
humanos menos evolucionados aún mantenían lenguajes monosilábicos
y aglutinantes, aquellos cuya facultad razonadora se encontraba más
despierta, desarrollaron un lenguaje no sólo imitativo, sino
mucho más puro, en tanto introdujeron ideas metafísicas,
conceptos sobre la naturaleza interior y exterior del hombre y del Universo,
que abarcaba todos los planos de la Creación. La verdadera fuerza
del lenguaje flexivo se encontraba en su esencia, en el contenido y
a la vez en su forma de expresión.
Los hombres más desarrollados de esta época usaban un
lenguaje sagrado, como plasmación de los conceptos sagrados a
través de la palabra. Este lenguaje era mitológico y divino.
Estos hombres eran los seguidores de la Tradición que aquellos
Maestros Divinos dejaron a la naciente Humanidad. De estas lenguas flexivas
primeras y sagradas, nos encontramos al sánscrito antiguo, el
avéstico, el eslavo antiguo, las lenguas griegas primeras, el
akadio, y otras muchas procedentes de las migraciones indoeuropeas y
semitas. Aquí encontramos una coincidencia entre el lingüista
E. Sánchez y Blavatsky: «Este lenguaje procede de las lenguas
indoeuro-peas y semíticas».
Con el correr del tiempo este lenguaje como ser vivo va decayendo, el
lenguaje sagrado se va vulgarizando al masificarse entre el resto de
los pueblos que no podían alcanzar a entender los conceptos altamente
sagrados y espirituales. Así, en oposición al sánscrito,
o lengua sagrada, surgió el páncrito o lengua vulgar.
De este modo sucedió con las demás lenguas espirituales.
Así observamos que el lenguaje monosilábico corresponde
a la formación del cuerpo del lenguaje, aún sin alma y
sin espíritu. En el lenguaje aglutinante ya aparecen las primeras
manifestaciones de ideas conexas, y de atributos más allá
de lo imitativo. Encarna el alma del lenguaje. En el lenguaje flexivo,
los conceptos supremos, el lenguaje mistérico, las ideas divinas
y mitológicas, son la expresión del espíritu.
Podemos comprobar que la Tradición no sólo se anticipa
a las teorías existentes, sino que, mucho más importante,
da respuestas a los interrogantes que aún se mantienen. Aporta
una realidad tan evidente, y sobre todo tan distinta, que amplía
y corrige los errores existentes en la Historia oficial. Proponemos,
pues, seguir la Tradición.
BIBLIOGRAFÍA
—El origen de las lenguas, J.J. Rousseau.
—El nombre de los dioses, E. Sánchez.
—Vía del lenguaje, Steinthal.
—Doctrina Secreta, H.P. Blavatsky.
—Enciclopedia Salvat.
Javier
Muñoz |
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