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Los vientos Las
alturas celestes, región etérea a que están fijados
todos los astros, gozan de una paz eterna. Pero debajo de ellos, en
la región de las nubes y en la vecindad de la Tierra, residen
las tempestades ruidosas, las tormentas y los vientos.
Éstos, divinidades poéticas, son hijos del Cielo y de
la Tierra. Hesíodo los llama Tifeo, Astreo y Perceo, pero exceptúa
a los vientos Noto, Bóreas y Céfiro, que supone hijos
de los Dioses.
La morada de los
vientos está, según Homero y Virgilio, en las Islas Eolianas,
entre Italia y Sicilia, y les dan por Rey a Eolo, que los retiene en
profundas cavernas. Estos temibles prisioneros braman y murmuran tras
la puerta de su calabozo. Si su Rey no los retuviera se escaparían
con violencia y en su fuga destructora lo arrasarían y barrerían
todo a través del espacio, las tierras, los mares y hasta la
misma bóveda celeste.
Pero el omnipotente Júpiter ha previsto tal desgracia. Y los
vientos no sólo están encerrados en cavernas, sino que
hay encima de ellas una masa enorme de rocas y montañas.
Eolo reina sobre sus terribles súbditos desde la cúspide
de estas montañas. Sin embargo, por muy Dios que sea está
subordinado al gran Júpiter y no puede desencadenar los vientos,
ni encerrarlos, sino por orden o con el asentimiento de su gran Jefe.
Si él se sustrajera a esta obediencia, sobrevendrían graves
desórdenes y deplorables desastres. En La Odisea, Eolo comete
la imprudencia de encerrar algunos vientos en botas de cuero y enviarlos
a Ulises. Los compañeros del héroe abrieron las botas,
una tempestad se desencadenó y los navíos se sumergieron.
En La Eneida, para
complacer a Juno, Eolo entreabre de un golpe de lanza el flanco de la
montaña en que descansa su trono; desde que encuentran esta salida
los vientos se escapan y revuelven el mar. Pero Eolo no tiene tiempo
de alegrarse: Neptuno, que ascendía a castigar a los vientos,
los devuelve a su Rey con términos llenos de desprecio y les
encarga que ellos mismos recuerden a Eolo su insubordinación.
Para desarmar o conciliarse con los vientos, las terribles potencias
del aire, se les dirigían plegarias y se les ofrecían
sacrificios. En Atenas se les había elevado un templo octogonal,
en cada una de cuyas esquinas estaba la figura de uno de los vientos.
Éstos eran ocho: Solano, Euro, Auster, Áfrico, Céfiro,
Eolo, Septentrión y Aquilión. En la cúspide piramidal
de este templo había un Tritón de bronce, móvil,
cuya varilla indicaba siempre el viento que soplaba.
Los romanos reconocían cuatro vientos principales: Euro, Bóreas,
Noto o Auster y Céfiro. Los otros eran: Euronoto, Vulturno, Subsolano,
Cerias, Áfrico, Libonoto, etc. Los poetas antiguos y modernos
representaban en general a los vientos como gigantescos, turbulentos,
inquietos y veleidosos. Los cuatro vientos principales tienen una fábula
distinta y un carácter particular.
Euro es el hijo
favorito de la Aurora, viene de Oriente y vuela con los caballos de
su madre. Horacio lo pinta como un Dios impetuoso y Valerio Flaco como
un Dios desgraciado y en desorden como consecuencia de las tormentas
que ha causado. Los modernos le dan una fisonomía de mayor calma
y dulzura, y lo representan como un joven alado, que por doquiera que
pasa siembra flores con ambas manos. El Sol sale detrás de él
y tiene el tinte bronceado de un asiático.
Bóreas, viento del Norte, reside en Eutracia y los poetas le
atribuyen alguna vez el Reino del Aire. Robó a la bella Cloris,
hija de Arturo, y la transportó al monte Nifato o Cáucaso.
Fueron padres de Hiparco. Pero él se enamoró sobre todo
de Oritia, hija de Erecteo, rey de Atenas; no habiendo podido obtenerla
de su padre, se cubrió de un espeso torbellino de polvo y convertido
en caballo, dio nacimiento a doce jumentillos, de tal velocidad que
corrían sobre los campos de trigo sin doblar las espigas y sobre
las olas sin mojarse las patas. Tenía un templo en Atenas en
las orillas del Iliso, y cada año los atenienses celebraban fiestas
en su honor, las Borcasmas.
Aquilón,
viento frío y molesto, es confundido con Bóreas alguna
vez. Se le representa como un anciano con los cabellos blancos y en
desorden.
Noto o Auster es el viento caliente y tormentoso que sopla del Mediodía.
Ovidio lo pinta de talla alta, viejo, con cabellos blancos, aire sombrío
y una tela anudada en derredor de su cabeza, mientras el agua gotea
de todas partes de sus vestidos. Juvenal nos lo representa en la Caverna
de Eolo con los rasgos de un hombre alado, robusto y completamente desnudo.
Marcha sobre las nubes, sopla con los carrillos inflamados, para designar
su violencia, y tiene una regadera en la mano para anunciar que casi
siempre trae lluvia.
Céfiro era
en realidad el viento de Occidente. Los poetas griegos y latinos lo
han celebrado porque llevaba el frescor a los climas cálidos
que ellos habitaban. Es una de las más risueñas alegorías
de la fábula, tal y como los poetas nos lo han pintado. Su soplo,
dulce y poderoso a la vez, da vida a la Naturaleza. Los griegos le suponían
esposo de Cloris y los latinos de la Diosa Flora.
Los poetas lo pintan
como un joven de fisonomía dulce y serena; le dan alas de mariposa
y una corona compuesta de toda clase de flores. Se le representaba a
través del espacio con una gracia y una ligereza aérea
y con una canasta en la mano, en que había las más hermosas
flores de la Primavera.
Vicente
Penalva |
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