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Compositor y Espectador Cuando
un compositor se sitúa frente a una página pautada en
blanco, desea, entre ilusionado y preocupado, que algo o alguien acuda
en su ayuda. En la antigüedad las Musas cumplían bien ese
papel inspirador, pero el músico actual, supeditado a otras circunstancias,
casi las ha olvidado. Sin embargo, es posible que, al igual que ocurre
con la repetición cíclica de los temas musicales en una
sonata, en un futuro cercano vuelvan a ser llamadas y buscadas.
En cualquier caso,
con musas o sin ellas, son miles las páginas que se componen
a diario y son cientos las obras que surgen cada semana de la mano de
músicos profesionales. El siguiente paso, su difusión,
se realiza a través de discos compactos y bandas sonoras de películas,
que constituyen actualmente el medio más rápido para que
esas partituras atraviesen el espacio sonoro y sean conocidas. Ahora
bien, intentemos elevar nuestra conciencia durante un momento por encima
de la vorágine comercial que ello supone; preguntémonos,
con visión un poco más objetiva, qué causas, qué
razones llevan a producir y distribuir determinada música y no
otra. Es muy posible que cada uno obtenga una respuesta diferente, pero
teniendo en cuenta que todos vivimos en la actualidad bajo el signo
de dos terribles divinidades, el Tiempo y el Dinero, también
cabe la posibilidad de llegar a esas conclusiones. Así pues,
y más allá de las máscaras engañosas (también
denominadas "publicidad") que envuelven esas ideas musicales,
existen dos premisas que condicionan su salida al mercado como productos
consumibles: venta a corto plazo (Tiempo) y sustanciosa ganancia (Dinero).
Llegados a este
punto, creo apropiado señalar la encubierta vanidad que se desprende
de nuestros libros sobre "Historia de la Música". En
ellos suele decirse que desde hace dos siglos nos liberamos de la figura
del "compositor por encargo", que ya el músico compone
lo que quiere, libremente, sin condicionamientos. Pero, ¿es que
acaso son "libres" los actuales compositores que firman contratos
comprometiéndose a una determinada cantidad de canciones por
año (muchas veces con temas prefijados), temas u obras con una
duración muy limitada en la mayoría de los casos, giras
y conciertos que ellos no eligen, y un largo etcétera?
Un refrán popular aconseja no mirar tanto la paja del ojo ajeno
y percatarse más bien de la viga propia. De lo contrario acabaremos
creyendo que vivimos en un tiempo infinitamente mejor a cualquier otro
anterior. Si hacemos dogmas de lo que sólo son teorías,
manipulamos la historia, exageramos errores de épocas pasadas
y disimulamos los actuales, llegaremos a ese dudoso género de
conclusiones. Por ejemplo, y en el caso que nos ocupa, a nadie se le
escapa que la canción más vendida no tiene por qué
ser la mejor, y sin embargo solemos asociar ambas ideas.
Tras lo expuesto,
es inevitable hacer referencia al segundo protagonista de este artículo,
los espectadores, que somos los que recibimos el mensaje de los compositores,
o mejor dicho, de algunos de ellos, elegidos generalmente por razones
extramusicales. Es cierto que es delicado tratar estos temas, pues ya
se sabe que en cuestión de gustos cada uno tiene el suyo, pero
ello no ha de evitar que exista en cada uno de nosotros una revisión
sobre si lo que llamamos "nuestros" gustos verdaderamente
lo son, o simplemente nos han sido implantados. De igual forma que si
queremos alimentarnos físicamente no comemos cualquier producto,
aunque esté magníficamente precintado y presentado, tampoco
deberíamos aceptar "basura emocional", por mucho dinero
que nos haya costado o por mucha calidad externa que recubra esta composición.
Cada uno, por medio de una evaluación personal y consciente,
alejada de los reclamos publicitarios, ha de vigilar cómo alimenta
sus emociones y sentimientos, al igual que hacemos cuando hemos de alimentar
nuestro cuerpo. En otras palabras, hay que tener presente que no todas
las combinaciones de sonidos y tiempo que una productora discográfica
nos presenta son saludables.
Hagámonos
ahora una terrible pregunta: ¿Cabe la posibilidad, si sumamos
todo lo dicho, de que las directrices de la Música actual se
encuentren en manos extrañas, es decir, en empresarios alejados
de objetivos artísticos, pedagógicos y culturales, o en
personas cuya mayor aspiración consiste en un despacho cada vez
más grande y lujoso?
Ya que en el inicio hemos citado a las Musas como esos seres capaces
de generar la inspiración necesaria para el artista, no está
de más recordar una vieja historia de la antigua Grecia que habla
de dos gemelos, Anfión y Zeto, y que puede ayudarnos a tomar
una decisión en este asunto.
Cuenta el mito que
Lico, gobernador de Tebas en aquel momento, temió por su futuro
al enterarse de la vuelta de Antíope, hija del antiguo administrador
del reino y madre de los gemelos. Así tuvo la horrible idea de
encerrarla en una oscura prisión, abandonando a los hijos a su
suerte. Estos tuvieron la fortuna de ser encontrados por unos pastores
y así salvaron la vida. Por voluntad de Zeus, las Musas se ocuparon
de su educación. Zeto mostró afición por las artes
manuales, la agricultura, la ganadería y la lucha, y Anfión,
a quien Hermes le regaló la lira que él mismo había
inventado, se dedicó a la Música.
Cuando los dos jóvenes príncipes se hicieron mayores y
llegaron a tener suficiente valor y destreza, decidieron vengar las
injurias que su madre había recibido de Lico y su esposa Dirce,
la cual odiaba a Antíope por su belleza. Y así fue. Una
vez liberada su madre reconquistaron Tebas y reinaron en ella. Al margen
de la importante labor de Zeto, que no viene al caso, Anfión
invocó a los Dioses y a las Musas que siempre le habían
protegido; al ponerse a cantar y a tocar la lira, y mediante el hechizo
de sus acordes, que hacía que las piedras se desgajasen y ajustaran
solas, como si fuesen colocadas por la mano de un hábil arquitecto,
ciñó de murallas y torres la ciudad de Tebas. Y las casas
rústicas donde vivía la gente, gobernada antes por el
injusto Lico, se convirtieron en soberbios palacios.
A medida que se acerca el fin de este milenio aparece la necesidad de
atesorar los aciertos conseguidos, pero además se hace imperioso
iniciar el nuevo siglo sin cargar con viejos errores y vanidades que
obstaculicen la construcción de un nuevo Arte. Más allá
de la hermosa leyenda griega, si es admitido el gran poder del Arte
en la sociedad, y el de la Música en particular, es conveniente
preocuparse por los caminos que pueda tomar. Si hacemos un Arte que
recoja lo mejor de los clásicos conjugando los elementos válidos
de la actualidad, no podemos llamar artista o compositor a quien fundamente
sus creaciones en emociones burdas, en la originalidad por la originalidad,
en "romper esquemas" sin aportar nada válido; y tampoco
dejar que los destinos de la Música estén dirigidos por
la avidez de fama o dinero fácil.
Tampoco se trata
de poner limitaciones al compositor, más bien es una cuestión
de salud estética, de no dejar que la Música retroceda
casi hasta el salvajismo, como habría sucedido en Tebas de no
haber vuelto Anfión. El ser humano tiene derecho a un Arte que
se caracterice por su contenido trascendente y, que en lugar de volcarse
hacia lo vulgar y cotidiano le ayude a remontarse hacia lo bello. Esa
es la gran responsabilidad del artista y compositor.
Pero además de la figura concreta del músico, sea como
intérprete o como compositor, existe también la del humilde
ciudadano de a pie, es decir, cada uno de nosotros, pues también
tenemos una responsabilidad a título individual, en cuanto a
la elección de nuestra música. Ésta no debería
improvisarse, hace falta atención y conciencia. En la medida
de nuestras posibilidades, cada uno puede ser un pequeño Anfión,
constructor de su ciudad ideal, con fuertes murallas que nos permitan
defendernos del ataque de un arte especulativo, degenerado en producto
comercial. Una ciudad interna que también poseerá bellos
palacios donde desarrollar nuestros mejores sueños.
Quizá todo
dependa de no dejar pasar las oportunidades que la vida nos ofrece,
algo tan simple a veces como decir "no" ante una moda musical
pasajera cualquiera que, a poco que lo pensemos, incluso nos parece
repulsiva; o decir "sí" a una melodía simple,
actual o centenaria, pero que nos emocione y haga vibrar lo mejor de
nosotros, aunque no esté en la lista de discos más vendidos.
El espectador ha de superar la actitud pasiva que provoca el momento
en que vivimos, y ayudar de esta forma a la desaparición de todos
los parásitos que se han adueñado del mercado musical,
dejando el lugar un poco más limpio y aireado. Es posible entonces
que volvamos a concebir la Música (y el Arte en general) tal
y como la describió Carlyle:
"…una especie de inarticulado e insondable lenguaje que nos
conduce al borde de lo infinito y por un momento nos permite contemplarlo.
Carlos
A. Farraces |
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