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Uranus y Gaia. El mito de la Creación en la antigua
Grecia
De
los mitos y los astros
Los
griegos decían del mito: he aquí el relato de lo que no
ha existido jamás y que sin embargo fue, es y será.
"Mitos"
en griego significa el "relato", la "palabra", de
la cual Hesíodo dirá: la palabra que dice la verdad. El
mito se expresa por medio de un lenguaje poético que se viste
de símbolos y se expresa como una totalidad que se dirige tanto
a nuestro corazón como a nuestra inteligencia. Se reviste de
símbolos porque son portadores de la ambigüedad, puente
permanente entre lo visible y lo invisible, lo concreto y lo abstracto,
la idea y el acto, pasando por el corazón y por consiguiente
por nuestro mundo imaginario.
El
mito se vuelve realidad cuando es vivido y percibido por nuestra imaginación
creadora y se convierte en la fuente de inspiración de nuestros
actos.
Los
astros, al marcar el orden del cielo con su ritmo regular, ritman también
los latidos del corazón del Universo y son portadores de inmensa
vida, de la cual todos los seres participan. La Astrología, verdadera
ciencia de analogías, revela el lazo profundo que nos une a todo,
desde lo infinitamente grande (macrocosmos), hasta lo infinitamente
pequeño (microcosmos) ima-gen de lo vivo. Del principio hermético:
"como es arriba es abajo e inversamente" resulta un simbolismo
preciso, según el cual los astros son representaciones de las
funciones psicológicas fundamentales del hombre.
La
disposición que tienen en el cielo, desde el Sol, estrella de
nuestro sistema, hasta Saturno, el último de los planetas perceptibles
por nuestra vista, sus características y ritmos, hacen de ellos
la imagen simbólica de los siete principios que rigen el orden
del mundo, tal como lo expresa el símbolo del dios Apolo con
su cítara de siete cuerdas que recrea "la armonía
de las esferas", de la cual hablaban los pitagóricos.
El
astro más alejado de todos y simbólicamente el más
arcaico es Cronos -Saturno-, amo del Tiempo y del Destino. Con él
nos remontamos hasta los orígenes del mundo y de la creación,
hasta la pregunta primera que espantó al hombre cuando alzó
lo ojos al cielo: "si es cierto que por mis actos estoy unido a
la Ley Universal, ¿en qué medida soy yo dueño o
esclavo de mi destino?".
Para
que comprendamos la relación entre el hombre y lo divino en la
religión griega, sigamos el pensamiento de W. Otto (ver Bibliografía).
"Para los griegos la divinidad se percibe cuando se participa del
movimiento del mundo. La divinidad se presenta con su mayor presencia
e inmediatez al hombre en su quehacer y en lo que emprende, bien sea
para llevarlo a triunfar o para impedírselo, para iluminarlo
o para confundirlo".
El
hombre no puede pretender sustraerse a las consecuencias de lo que no
hizo correctamente. Muy al contrario, con una inflexibilidad que nos
espanta, sus consecuencias se dejan sentir. Sin embargo, nada que haya
hecho el hombre, que merezca alabanza o censura, debe ser considerado
por el hombre como realizado por él solo. El culpable no tiene
esa humildad que carga la falta entera de la voluntad individual; sabe
que no es la única causa de lo que le ocurre. Por eso es por
lo que permanece altanero y orgulloso aun en el desastre. Lo que le
ha sucedido, aun cuando sea para destruirlo, pertenece, como todo lo
que sucede en el mundo, a "decisiones superiores".
Esta manera de ver las cosas tiene sus raíces en la creencia
muy sólida en la divinidad en el mundo. Eran los tiempos en los
cuales el hombre percibía el mundo y no su singular existencia
en el espejo del mito auténtico.
En
efecto, en la concepción antigua de la existencia, el hombre
interior no es un mito en sí mismo. Esto quiere decir que está
implicado y completamente fundido dentro del mito del mundo, y que allí
tiene su forma definida y particular. "Los motivos que tenemos
cuando tomamos nuestras decisiones, los conocen los dioses. Es en ellos
y no dentro del corazón del hombre donde se encuentra el fundamento
principal de todo lo importante que se realiza en él".
Esto
quiere decir que el hombre sabe que pertenece a un gran Ser y a sus
formas vivas. Cuando las conoce, se conoce a sí mismo. Lejos
de encerrarse y de hundirse en la subjetividad, de no estar seguro de
sí mismo y volverse obstinado, el hombre tiende hacia la objetividad
y la realidad del mundo, y de ahí hacia lo divino". Es por
esto por lo que para el griego, comprender y conocer es más esencial
que tener una percepción sobre esto o aquello.
"Aquel
que se atarea con amor, nobleza y justicia conoce algo de lo amable,
lo justo y lo bello".
El mito
cosmogónico
Antes de todo vino al ser Caos... "Entonces, antes que todo vino
al ser Caos, -escribe Hesíodo-, y enseguida vino Gaia, de anchos
flancos, asidero por siempre seguro para los inmortales que ocupan las
cimas del Olimpo nevado y para los tártaros de oscuras brumas,
hasta el transfondo subterráneo de anchos caminos; y también
Eros, el más bello de los dioses, aquel que quiebra los miembros...".
Caos, Gaia, Eros,
esta es la trilogía de poder, de quien el génesis procede
e introduce todo el proceso de organización cosmogónica.
El Caos que nace antes que toda cosa no tiene fondo como tampoco tiene
cima: es ausencia de estabilidad, ausencia de forma, de densidad, ausencia
de lleno. Como "cavidad" es un torbellino vertiginoso que
se ahueca indefinidamente, sin dirección, sin orientación.
Sin embargo, como "apertura" desemboca sobre lo que, unido
a él, es su contrario.
Gaia, una base sólida
sobre la cual caminar, un asidero seguro sobre el cual apoyarse. Al
ser designada, Gaia se presenta en su función de asiento de los
dioses, extendida sobre los dos polos, de arriba a abajo, tendida entre
sus cimas claras y nevadas y su oscuro fondo subterráneo. Y asimismo
Caos, desde su aparición, da nacimiento a dos parejas de entidades
contrarias; Erebo y Noche (Nux) y a sus hijos: Éter (Aither)
y Luz del Día (Hemeré).
Eros representa
una fuerza generadora anterior a la división de los sexos y a
la oposición de los contrarios. Es un Eros primordial -como el
de los órficos- en el sentido de que representa la fuerza de
renovación en el albor, dentro del proceso mismo del génesis;
el movimiento que lleva, primero a Caos y a Gaia a emerger sucesivamente,
a producir a partir de ellos mismos algo más, algo que prolongándolos
se les encara, siendo a la vez su reflejo y su opuesto.
Gaia da a luz, en
primer término, a Uranos Asteroeis, el Cielo Estrellado; lo pare
"idéntico" a sí misma, a fin de que la cubra
y la envuelva por todas partes. El desdoblamiento de Gaia pone ante
sí a un compañero masculino, quien a su vez aparece como
Tierra y como Caos, extendido entre lo oscuro y lo luminoso; es el oscuro
cielo nocturno pero constelado de estrellas.
Así termina
la primera fase de la cosmogonía. Hasta aquí, las fuerzas
que vinieron al Ser se presentan como fuerzas o elementos fundamentales
de la Natu-raleza. El Teatro del Mundo ha quedado erigido para que entren
en escena actores de tipo diferente.
El incesante
engendrar de Uranos y Gaia
De los abrazos de Uranos, Gaia en-gendrará tres series de hijos:
los doce Titanes y Titánidas, los tres Cíclopes y los
tres Ciembrazos (Heca-tónquiros). Entre los Titanes hay seis
masculinos y seis femeninos; Zeus, en la lucha por la realeza del cielo,
es nombrado al final y aparte.
La versión
arcaica de Pelasgo acerca del Mito de la Creación establece la
relación entre las fuerzas planetarias y los Titanes ("Señores"):
la Diosa creó las siete potencias planetarias e hizo que cada
una fuera gobernada por un Titán y una Titánida, y así
(1):
* Teie e Hiperión
reinaban sobre el Sol,
* Febo y Atlas sobre la Luna,
* Dionesa y Sirio sobre Júpiter,
* Tetis y Océano sobre Venus,
* Rea y Cronos sobre Saturno.
Con la triple descendencia
de Uranos y Gaia, los actores que protagonizarán el último
episodio del proceso cosmogónico ya están ubicados. Uranos,
en la sencillez de su fuerza primitiva, no conoce más actividad
que la procreadora. Extendido sobre toda Gaia, la cubre por completo
en una interminable noche de incesante efusión. Este amor y constante
desbordamiento, convierte a Uranos en aquel que "esconde a Gaia",
"esconde a sus hijos en el lugar mismo donde los concibió",
es decir, en el seno de Gaia, quien gime ahogada en sus profundidades
por el fardo de su progenitura.
Uranos, el progenitor,
bloquea el curso de las generaciones, impidiéndole a sus pequeños
acceder a la luz, perdido de amor, pegado a Gaia, lleno de odio por
sus hijos, quienes al crecer podrían interponerse entre ellos
dos; expulsa a aquellos a quienes concibió a las tinieblas del
prenacimiento, al seno mismo de Gaia. El exceso de su desbordada fuerza
sexual inmoviliza a las generaciones.
Ninguna nueva generación
puede aparecer mientras se perpetúe este incesante engendramiento
que Uranos lleva a cabo sin tregua al estar unido a Gaia. No permite
que haya un espacio encima de ella ni un espacio de tiempo en el que
puedan nacer, una tras otra, las razas de nuevas Divinidades. El mundo
habría permanecido estático si Gaia, indignada por una
existencia de esclava, no hubiese imaginado un pérfida treta
que va a cambiar la faz de las cosas.
La castración
de Uranos
Gaia crea el acero y hace con él una podadora; luego exhorta
a sus hijos a castigar a su padre. Todos dudan y tiemblan, salvo el
más joven de ellos, Cronos, el Titán de corazón
audaz y astucia maliciosa. Gaia esconde la podadora y prepara la trampa.
Cuando Uranos se extiende sobre ella en la noche, Cronos, de un golpe,
le corta los órganos genitales.
Este acto de violencia
tendrá consecuencias cósmicas decisivas. Alejará
por siempre al Cielo de la Tierra y lo fijará en la cima del
mundo, como el techo del edificio cósmico. Uranos ya nunca más
se unirá a Gaia para producir seres primordiales. El espacio
se abre y este desgarramiento le permite a la diversidad de los seres
tomar forma y encontrar su lugar en el espacio y en el tiempo. El mun-do
se puebla y se organiza; el gé-nesis se ha desbloqueado.
Sin embargo, es-te
gesto liberador es al mismo tiempo un crimen horrible, un acto de rebeldía
contra el Padre-Cielo. Todo se va desarrollando como si el orden cósmico,
con sus jerarquías de poder y las diferencias de competencia
que ello supone entre los Dioses, no pudiera quedar instituido sino
por medio de una violencia culpable, de una pérfida astucia,
por la cual ha de pagarse un precio.
Cronos sostiene
en su mano izquierda el sexo de Uranos que arrancó de un tajo,
con la podadora en su mano derecha. Sin mirar, y como para conjurar
la mala suerte, arroja estos restos sanguinolentos por encima de su
hombro... pero las gotas de sangre celeste caen sobre Gaia, la negra
tierra, quien las recibe todas en su seno. El sexo, que ha caído
más lejos, va a parar a las aguas del Ponto, las cuales se lo
llevan hasta el mar. Uranos, castrado, ya no puede reproducirse, pero
fecundando a la tierra y a las aguas, su órgano progenitor va
a realizar la maldición de vengar su crimen.
Sobre la tierra,
las gotas de sangre harán nacer tres grupos de fuerzas divinas
que se encargarán de llevar a cabo la venganza en nombre del
Progenitor: las Erinias, los Gigantes y las Ninfas, que apadrinarán
las empresas guerreras, las actividades de lucha y las pruebas de fuerza.
Durante mucho tiempo, el sexo amputado de Uranos es llevado por las
aguas, y va mezclando a la espuma marina que lo rodea la espuma de esperma
nacida de su carne. De esta espuma (afros) nace una niña que
Dioses y hombres llaman Afrodita. Cuando llega a Chipre, Eros e Hímeros
(Amor y Deseo) le hacen la corte.
La castración
de Uranos engendra entonces sobre tierra y aguas dos órdenes
de consecuencias: de un lado la violencia, el odio, la guerra; del otro
lado la dulzura, la concordia, el amor. Así pues, el mundo va
a organizarse por la mezcla de contrarios, mediación entre opuestos.
Pero en este universo de mixtos, donde se equilibran fuerzas de oposición
y fuerzas de unión, no hay una línea divisoria entre el
bien y el mal, ni entre lo positivo y lo negativo.
Las fuerzas de
la guerra y las del amor tienen también sus aspectos claros y
sus aspectos oscuros, benéficos y maléficos. La relación
de tensiones que mantiene alejados a los unos de los otros, se manifiesta
también en cada uno de ellos, bajo la forma de polaridad, de
una ambigüedad inmanente a su propia naturaleza.
BIBLIOGRAFÍA
La astrología, clave para el conocimiento de uno mismo. Ed. NADP,
1980.
Comprender las etapas de la vida y encontrarles sentido. Ed. Belfond,
1981.
Memorias del Coloquio "Dane Rudhyar, humanista del Siglo XX".
Ed. Nueva Acrópolis 1986.
Lo sagrado en el Tíbet. Homo Religiosus, 1987.
Revista Nueva Acrópolis. Varios números.
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Laura
Winckler |
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