La Diosa en nosotros (II)
Símbolos de lo femenino. Señora
de todas las esencias, vestida con el resplandor de la bondad a quién
aman los cielos y la Tierra, del templo amigo de An, le vistes de grandes
ornamentos, deseas la diadema de las altas sacerdotisas aquellas que
sostienen las siete esencias, tu las has tomado y las has colgado en
tu mano.
Enheduanna.
Sacerdotisa de Inanna.
"Madre de Eneas y de
toda su raza, placer de los Dioses y de los hombres, Venus que das la
vida. Bajo tu hacer la rueda de las constelaciones del cielo y toda
la naturaleza está llena de ebullición tanto la vida en
el mar que mantiene a flote nuestros barcos, como la tierra que produce
nuestra comida. A través tuyo todas las criaturas vivientes son
concebidas y pueden llegar a ver la luz del sol... tú sola eres
el poder que guía el Universo y, sin tí, nada emerge en
el mundo brillante de la luz para crecer en alegría y amor".
Invocación
a Venus. Lucrecio
El Cosmos
mismo tiembla ante el aspecto oscuro de la Diosa. Es cuando firme y
terrorífica Kali, la Negra, baila frenética la danza de
los mundos de forma complementaria e inversa a la de su consorte, el
Danzarín celeste, y Perséfona, desvelada, puede sentarse
en cátedra frente a las almas desencarnadas.
Más,
¿no es la oscuridad el origen de la luz? ¿No es en lo
profundo de la noche cuando se origina el día? ¿No muestra
Hécate triforme una antorcha luminosa en el centro de las encrucijadas?
¿No es, también, la mansión de los muertos el lugar
del origen, la fuente de la vida y la sede del conocimiento? ¿No
se encuentran allí los tesoros escondidos? Tal vez por ello la
Diosa oscura lo es también de la magia y del conocimiento secreto...
Celeste, terrena y marina
o subterránea, tres manifestaciones asociadas a la luna. Porque
en sus más antiguas representaciones la Diosa aparece como una
deidad lunar, que posibilitó a los humanos la medida del tiempo.
Reina de la noche, frente al sol, señora de lo oculto, con su
rostro de plata simboliza la mutabilidad y el cambio, la renovación
cíclica; también la fecundidad, la vitalidad, las emociones,
la inspiración y por tanto la expresión creativa y el
conocimiento intuitivo. A la luna aluden esas piedras meteóricas
que aparecen en muchas de las representaciones artísticas de
los pueblos del pasado y las piedras negras, como la Kaaba, a cuyo Santuario
han de peregrinar obligatoriamente los musulmanes quienes, sin saberlo,
de alguna manera veneran a la Antigua Diosa que antaño reinó
en sus territorios.
Si es una en sí misma,
si contiene infinitas posibilidades, es la llamada Diosa Virgen, en
cualquiera de sus manifestaciones, representada en ocasiones como andrógina
para resaltar ese aspecto de autoposesión, de completud, de todalidad.
Y si aparece como lo femenino por excelencia, es Shakti, impulso, flujo,
corriente, dinamismo vital, energía, fuerza y sostén;
el aspecto femenino,el factor vivificante, el Alma del Cosmos y de lo
masculino en general, de ahí su búsqueda desde el ámbito
psicológico como complemento interno y factor de regeneración.
Shakti gobierna las corrientes
energéticas que sostienen y renuevan la Vida. Por eso Ella es
representada como serpiente. Impulso serpentino que fluye por los canales
celestes, por los vasos de la tierra y por los diferentes conductos
similares de los seres vivos. No hay que olvidar que la serpiente, desde
el fondo de los milenios, siempre ha estado relacionada con la Diosa
hasta que el cristianismo, paradójicamente, la enemistó
con la mujer relegándola al mundo inferior.
India nos muestra claramente
este concepto con las Shakti de los dioses más importantes del
hinduismo. El tantrismo venera a Shakti y en otras culturas, las esposas
divinas expresan esta faceta de similitud, al tiempo que contraparte
y complementariedad del dios. Son el Poder del dios. Más Shakti
siempre es una vía de unificación e integración;
no en vano, Devi, la Diosa, ha constituido uno de los seis Caminos en
la India, y en la actualidad, el culto a Shakti constituuye uno de los
más importantes al lado de los Visnuitas y Shivaitas.
En tal expresión,
la Diosa también es mediadora y conductora; ella, Materia, se
yergue sobre la misma materia para llegar, pulsátil y vibrante,
fuerte y sinuosa hasta la Mente, hasta la Conciencia, hasta el Espíritu,
hasta los Dioses, hasta Dios, hasta el Origen... Bajo estos atributos
es Tara, Dolma, la compasiva, y aún se constituye en la misma
esencia budisátwica para el budismo tibetano.
Como elemento de constancia
en el Cosmos es, como factor de permanencia, resiste. Sabe más
que conoce, por eso en muchos aspectos, la Diosa encarna la Sabiduría
y se instaura en modelo para las mujeres. Como Diosa libre e independiente
representa la primavera con sus promesas de vida; también la
primera juventud, la actividad y los proyectos. Es la luna creciente
que tiende a la plenitud. Nos habla también de la primera fase
del ciclo femenino. Es Afrodita, es Artemisa, es Atenea.
Si aparece como madre, se
relaciona con el verano, con las cosechas crecidas, los frutos en sazón.
Nos habla de la madurez de la vida, de la actualización de las
potencias, de la realización y de la plenitud; muchas veces de
la función femenina de la esposa y siempre de la madre. Preside
el cielo bajo la forma de la luna llena, plena de hermosura, completa
y luminosa. Corresponde al momento de la ovulación y al de la
fecundación. Es María embarazada y la madre nutricia que
sostiene al niño otorgando parte de su esencia en alimento. Puede
dar porque posee. Es Isis con Horus.
Mostrando en su esencia la
experiencia del tiempo transcurrido, de la obra hecha, es en la naturaleza
el tiempo de las mieses cosechadas, del grano recogido. Es el otoño
que camina hacia el invierno, la vida vivida, la luna menguante, la
mujer sabia, la mujer chamán, curandera, tal vez bruja, sacerdotisa
y maestra. Preside la segunda mitad de la vida, los años maduros,
el declinar hacia la vejez y la vejez misma. Se personifica a través
de todas las diosas oscuras. En las mujeres rige el periodo posterior
a la ovulación que conduce a la menstruación.
Dueña de la vida y
la muerte, la Diosa la trasciende. Ella misma se expande y mengua, muere
y renace. También muere y renace su hijo. La representación
del hijo-amante que surgiendo del seno de la madre se convierte, adulto,
en su consorte para desaparecer posteriormente y resucitar de nuevo,
es un tema que aparece de modo más o menos manifiesto en el simbolismo
de todas las culturas de
la antigüedad y corresponde a un aspecto más de su expresión
cíclica. Innumerables imágenes nos muestran a la Madre
Dolorosa lamentando la desaparición del hijo y compañero.
Cibeles llora a Atis, Inanna a Dummuzi, Isthar a Tammuz, Afrodita a
Adonis, Isis peregrina en pos del cadaver de su esposo y, finalmente,
María recoge en sus brazos el cuerpo inerte del Hijo.
Eternamente antigua
es, sin embargo, permanentemente presente; acercarnos a su esencia es
entrar en su reino y es hacerla reinar en nuestro interior. Es descubrir
aquello que, de un modo u otro, como seres vivos, hombres o mujeres,
late en nuestra alma; aún más, es recobrar el alma porque
Ella es el Alma misma. Desde esta perspectiva nosotros le pertenecemos
a la vez que Ella habita en nuestras profundidades. El viaje interior
constituye un buen acercamiento, el campo del símbolo un método
para encontrarla. Los sueños, las fantasías, la imaginación
activa y la creación artística las puertas que nos conducen
a Su presencia.
Paloma
de Miguel
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