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Debemos preservar la pureza de la Naturaleza... y del Hombre
Después
de la "guerra fría" o "guerra sucia" que
siguió a la Segunda Conflagración Mundial, aunque se mantuvo
el mito de los malos y los buenos, la juventud de Occidente cayó
en un gran desconcierto. Como si fuese un niño asustado, en su
intención de borrar las "malas palabras" que se decantaron
después de 1945, lo hizo también con gran parte de la
memoria colectiva que llamamos "Historia".
Las
viejas costumbres y aceptaciones, que aun en su imperfección
habían permitido guardar al hombre cierto protagonismo individual
y colectivo con ansiedad de futuro, se derrumbaron. Y arrastraron en
su caída a millones de jóvenes desencantados. Habían
ganado la Gran Guerra los "buenos"... pero... ¿por
qué entonces seguían los enfrentamientos, las injusticias,
el racismo, la explotación, y eran cada vez menos las oportunidades
de ganarse la vida honradamente? ¿Por qué los pueblos
liberados en África y Asia de la forma colonialista, caían
otra vez en ella, y en la barbarie económica, social y política?
¿Por qué
un muro, a la manera medieval, se había alzado en el medio de
Berlín separando el Este del Oeste? Sartre, desde las "caves"
de París, gritaba: "¡Empecemos de nuevo!"...
pero pasada su excitación, lo llevaban a rendir pleitesía
a sus amos en la URSS. Luther King y Kennedy se opusieron en USA a los
mutuos racismos entre negros y blancos: los mataron a los dos.
Desde las barricadas
del 68 en Paris, a la cruenta miniguerra del Vietnam, el valor y la
importancia de lo verdaderamente humano se fue disolviendo en la nada.
Un mundo cada año más polucionado, repugnante, feo, falso,
nos hundió a todos en el barro venenoso del materialismo y la
lucha fratricida. Entonces se produjo una reacción. Desgraciadamente
muchas veces politizada y manipulada.
Fue la concienciación
ecologista de que nuestra tecnología artificial y mal usada había
emponzoñado la Tierra. Se redescubre el valor y la belleza de
los vegetales, los animales, las aguas transparentes... ¡Razón
tenían nuestros antepasados cuando afirmaban que sólo
se valora lo que se pierde!
Pero la juventud,
envenenada con los odios viejos y las drogas nuevas, va al rescate de
la Naturaleza y de sus habitantes muy tímidamente. La han quebrado
a golpes de propaganda. Y, lo que es peor, en esa reacción ecologista
no se toma debidamente en cuenta al hombre. Se llega a la paradoja -¿o
escapismo?- de querer salvar los osos Panda y no preocuparse de ayudar
a nuestros semejantes, hundidos en la miseria espiritual, moral y física.
Debemos marchar
con firmeza y audacia hacia el rescate ecológico del hombre mismo,
hoy amenazado de extinción, no sólo por los mortíferos
aparatos convencionales y atómicos, sino también por una
falta de higiene física y metafísica; por consumir alimentos
que no son naturales al cuerpo y otros psicológicos y mentales,
como la pornografía y la ignorancia, que no son naturales al
alma.
Hay que darle al
hombre el "hábitat" que necesita para subsistir. Necesita
el aire puro de la verdad, el agua pura de una cultura desprovista de
intelectualismos deformantes; la tierra pura del trabajo duro que fortalece
y hace ganar el pan sin depender de los humanoides y animaloides tecnotrónicos;
el fuego puro de una nueva espiritualidad que nos enseñe cómo
se vive y cómo se muere, el porqué del dolor y la felicidad,
la realidad de Dios y de nosotros mismos, perdurables, inmortales, magníficos
en nuestra poderosa verticalidad interior.
La mayor amenaza
para el hombre no es la radiación atómica, sino la del
materialismo, la cobardía, la crueldad y el ateísmo. Las
mutaciones que el hombre puede llegar a sufrir bajo estas sutiles radiaciones
son pavorosas y, en parte, ya han comenzado. Ved esos jóvenes
sin ideales, tristes y sucios, más amantes de la mesa y el lecho
que del trabajo y el estudio, que, siendo ricos se disfrazan de pobres,
siendo hombres se disfrazan de mujeres y siendo mujeres se disfrazan
de hombres. Ved las personas maduras físicamente, pero aniñadas,
sin capacidad de resolución ante el peligro, de ganar su sustento
sin lloriqueos, de enfrentar la vida y enfrentar la muerte con dignidad
y belleza. Y por fin a esos ancianos que, por no saber serlo, persiguen
y manosean a los niños libidinosamente, se tiñen las canas
y se fajan la panza, olvidando la Afrodita de Oro que todos tenemos
en el corazón a cambio de una pseudojuventud que ya los ha abandonado
inexorablemente, y a la que sobrevaloran, como si fuese algo más
que una etapa de la vida, tal vez la más difícil y la
menos feliz.
Debemos preservar,
entonces, a todos los seres vivos, pero sin olvidar que el humano es
también uno de ellos. Y que nosotros somos seres humanos.
Así de simple.
ASÍ DE IMPORTANTE.
Jorge
A. Livraga Rizzi
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