El esperado año nuevo

El esperado año nuevoEl inicio de un nuevo año nos lleva casi obligadamente a echar una mirada sobre nuestras vidas, la individual y la del conjunto de la Humanidad, mirada que se vuelve retrospectiva por una parte y de proyección hacia el futuro por la otra.

Lo más hermoso que tenemos es imaginar este futuro, pintarlo con los colores de nuestros sueños y esperanzas, confiar en que el tiempo, con su andar, traerá acontecimientos mejores en todos los sentidos. Pero por mucho que lancemos esos deseos hacia adelante, el futuro está teñido de aquello que ya hemos vivido, de las experiencias recogidas, de escasos y luminosos momentos de felicidad, y muchos de miedo y angustia.

¿Cómo soñar con un año mejor, más positivo, si diariamente debemos soportar docenas de noticias que nos sumergen en la tristeza, la desesperación o, peor aún, en la indiferencia para no sufrir?

Las novedades caen sobre nosotros como avalanchas hábilmente disfrazadas por personas inteligentes o interesadas en disimular la verdad; y en ciertos casos ya no se emplea máscara alguna, sino que se plantan las realidades en toda su crudeza. En todos los sitios del mundo hay alguna herida abierta, problemas que soliviantan las voluntades; sociedades enteras que decaen en medio de la miseria o de la opulencia, y seres individuales que se sienten impotentes para contener esta marcha de las cosas, y, mucho más, para ponerles remedio.

El signo de nuestros tiempos –estemos en el año que estemos– parece ser la dificultad. Todo se entorpece, se lentifica, se vuelve más duro y más inabordable. Y eso vale para la persona, para los pequeños grupos humanos y para los grandes. ¿Qué hacer, pues?

Nos habían acostumbrado a ver un futuro en permanente avance, sin problemas o, por lo menos, cada vez con menor cantidad de ellos ya que supuestamente todo nos habría de venir hecho desde afuera, porque las soluciones estaban dadas. Tal vez esa visión de nuestro propio devenir nos ha esterilizado, nos ha quitado energía y creatividad, ya que supuestamente todo nos habría de venir hecho. Tal vez ante tantas facilidades también se ha mermado la fuerza moral que caracteriza –o debería caracterizar– al ser humano... hay tantos tal vez… Lo cierto es que las brillantes predicciones no se han cumplido, y en general, todos nos sentimos perplejos ante las dificultades que se nos plantean y la poca capacidad de resolverlas con que nos han dejado.

Sin embargo, el hombre sigue siendo el dueño de su voluntad, de sus pensamientos, de sus sentimientos, de sus actos. Basta con abrir los ojos, asumir lo que tenemos delante y volver a usar nuestras capacidades naturales. No creo que se trate de recuperar un falso optimismo, sino más bien, de recobrar la fuerza interior como para hacer frente a las dificultades, para volver a razonar con sensatez, para volver a sentir con bondad, para actuar con honestidad, para ejercitar la voluntad día a día, robusteciendo estos factores olvidados y no obstante tan necesarios para vivir, para saber qué es lo que hemos vivido y para seguir proyectando nuestras vidas hacia el mañana.

Es hora de recibir las dificultades como algo inherente a la existencia. Es hora de volverse sólidos, dignos y felices, aun en medio de los problemas, porque es la mejor manera de salir de ellos. Saber y ver con claridad, nos ayudará a no esperar del Nuevo Año dádivas regaladas, y nos permitirá obtener auténticos dones, convirtiéndonos en magos prodigiosos del destino de todos y de cada uno.

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