Organización Internacional Nueva Acrópolis - España
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Elogio de la serenidad
Mª Dolores F.-Fígares
Es un lugar común, una verdad admitida y asumida que
vivimos en la sociedad de la prisa. Haber conseguido ahorrar
innumerables esfuerzos, gracias a las técnicas sofisticadas
que utilizamos, en lugar de proporcionarnos más tiempo
para dedicarlo a los asuntos importantes, ha producido el
efecto contrario, ha acelerado el ritmo de nuestras vidas
de una manera que podemos considerar perniciosa para nuestro
equilibrio.
Y lo peor es que lo asumimos como algo natural y apenas si adoptamos decisiones encaminadas a contrarrestar la ansiedad y la tensión que nos producen y lo que es aún más grave, el vacío interior, la angustia de perder el contacto con las raíces de nuestro espíritu.
Basta con que nos detengamos un breve espacio de tiempo, muchas veces forzados por las circunstancias, que nos obligan a bajarnos en marcha de nuestros trajines cotidianos, para que podamos apreciar de nuevo el olvidado valor de la serenidad, que nos sirve de marco para entregarnos a tareas que requieren silencio, tranquilidad, concentración, calma.
Algo se despierta en nosotros, cuando podemos hacer uso de
ese tiempo sereno recuperado: son las emociones antiguas que
nos regala una tarde dedicada al estudio o la lectura, o a
la reflexión sobre el sentido de nuestra existencia,
o a la conversación filosófica con quienes comparten
nuestras inquietudes.
La naturaleza, con el recogimiento propio de la estación
invernal, nos dicta la lección del tiempo sereno, indicándonos
la necesidad de volvernos hacia adentro de nosotros mismos
y recuperar de la memoria las mejores experiencias para volverlas
a vivir y las que no lo fueron tanto para aprender las enseñanzas
que siempre nos regalan los fracasos, cuando sabemos tamizarlos
por el filtro de la reflexión tranquila.
Luego, cuando nos toca regresar a los afanes de cada día,
instalados en el ruido de las prisas, saber que la serenidad
actúa como un recuerdo benéfico, como un lugar
de la memoria, donde volver siempre que los reclamos exteriores
consigan sacarnos de nosotros mismos y alejarnos de las metas
vitales, aquellas que vislumbramos en los lúcidos instantes
de calma y silencio.





