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La filosofía del Pueblo del Sol (II)
José Carlos Fernández
La misma pregunta que se haría Calderón en La Vida es Sueño, o Platón al describir a los hombres como un sueño de los Dioses, se hacían los aztecas al referirse al Hombre. El Hombre es un lugar de paso de las almas que vuelven hacia Dios:
«¿Acaso son verdad los hombres? Porque si no, ya no es verdadero nuestro canto.»
La tierra es el lugar de separación. En esta tierra, dicen los textos aztecas, corre un viento como afilados cuchillos de obsidiana. Pero también es el lugar del reencuentro de las almas hermanas: «la amistad es una lluvia de flores preciosas». Pero el reencuentro, por desgracia, nunca es definitivo, pues estamos encerrados en la burbuja de nuestra personalidad, de nuestros egoísmos y miedos.
Los filósofos aztecas no se encierran estérilmente en la cárcel de sus razonamientos, sino que utilizan éstos como peldaños para recuperar la conciencia de Dios.
El supremo ideal del hombre y de la mujer nahuatl es ser «dueños de un rostro, dueños de un corazón». En la mujer, además, se añade otro rasgo: «en su corazón y en su rostro debe brillar la femineidad».
Según ellos mismos expresan, su ideal de educación es «la acción de dar sabiduría a los rostros» y «la acción de enderezar los corazones».
El corazón, «yollotl», deriva etimológicamente de la misma raíz que ollín (movimiento), pues en el corazón está el movimiento interno, la voluntad.
Por las fuentes indígenas sabemos de un sistema de educación universal y obligatorio. En el Códice Florentino se indica que entre los ritos que se practicaban al nacer un niño nahuatl estaba la consagración a una escuela determinada.
La imagen del sabio azteca es muy parecida, por no decir idéntica, a la de los antiguos filósofos del mundo clásico. En el Códice Matritense, en que se conservan textos de los informantes de Sahagún, le describen:
Conservamos de ellos también una especie de Teoría del Conocimiento. La verdad es tan sutil e inapresable que salta las definiciones racionales. Tan sólo podemos referirnos a ella con símbolos, con metáforas. El símbolo y el arte, la poesía, es lo que llaman «flor y canto», el único modo de decir palabras verdaderas en esta tierra. Estos símbolos, estos cantos, descienden del cielo, de la inspiración. No son inventos humanos, pues el simbolismo es el lenguaje de la Naturaleza:
«Del interior del cielo vienen
las bellas flores, los bellos cantos,
los afea nuestro anhelo,
nuestra inventiva los echa a perder.»
Es a través del símbolo como el hombre, en un esfuerzo supremo del alma, puede entrever el Misterio, ese Dios que es Noche y Viento. Cada experiencia humana puede quedar reducida a un símbolo. Un camino de símbolos vivos es el peregrinaje del Alma hacia Dios:
«He escuchado un canto,
he visto en las aguas floridas
al que anda allí en la primavera,
al que dialoga con la aurora,
al ave de fuego, al pájaro de los milpos,
al pájaro rojo.»
También es la flor símbolo del alma que se abre como una ofrenda. Como los lotos blancos de las tradiciones hindúes, o el loto azul de los Misterios egipcios, todo lo que en el hombre duerme despierta ante la llamada de la Verdad.
“Brotan, brotan las flores,
abren sus corolas las flores,
ante el rostro del Dador de Vida (...)
¡las flores se mueven!»
Así, los aztecas, con símbolos extraídos de la misma Naturaleza, hicieron inteligible el Misterio. Con huellas de pasos se refirieron a la presencia del Dios Invisible. Con la Serpiente al Tiempo, a la Tierra y a la Sabiduría. Se refirieron al Genio interior (¿la propia alma?) como una imagen, o animal, suspendido detrás, y unido a nosotros por un hilo finísimo.
Con un caracol representaron los ciclos espiralados del tiempo.
Con una cruz, el quincunce, el movimiento interno de todas las cosas, la armonización, el giro y la síntesis de los cuatro elementos. Por un ojo en la intersección de los brazos de la cruz, la conciencia, nacida del impacto del espíritu en la materia. También con la cruz representaron la encarnación del alma en la materia, las pruebas y dificultades que debe superar ésta por encontrarse crucificada.
Con una mano el poder de Dios. Con un espejo que humea, la Naturaleza, inflamada, hirviente, ante la presencia de su Dueño. También al Juez último de nuestros actos, el Karma, el que «siembra discordias».
Con la sangre representaron el fluido etérico que anima todo el Universo. El que alienta en los astros, en el espacio sembrado de estrellas, y el que alimenta y mantiene la vida del hombre.
En una tibia rota y florecida, el sacrificio de lo material para dar luz en lo espiritual (nos recuerda al Platón del Timeo, cuando explica que el Demiurgo encerró en los huesos el alma humana).
En el cuchillo de pedernal, la inexorable voluntad del hombre que rompe sus limitaciones, que trocea su cárcel de carne.
Con el jaguar representaron al Sol haciendo su recorrido nocturno bajo la tierra, patrón de los guerreros.
Y con el águila al Sol en el Cielo, en su elemento propio, reinando sobre la Naturaleza, patrón de los gobernantes.
Con la mariposa multicolor representaron la psique, llena de encantos y belleza, pero frágil y quebradiza.
Con una marmita hirviente, con boca y ojos, la naturaleza del alma encarnada, condenada a vivir en un mundo que no es el suyo, sino un hervidero de pasiones.




