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Filosofía - Cultura - Voluntariado

Angustia juvenil (II)

Delia Steinberg Guzmán

Ahora vamos al otro aspecto. Nuestro mundo, nuestro angustiado mundo, llueve sobre mojado y viene a sumarse a la angustia de los jóvenes. Vamos a señalar algunos de los aspectos que agravan enormemente la situación del joven.

Angustia juvenil

Como filósofos, tal vez es obligado empezar por el que consideramos el más terrible, el peor de todos, que es el mal enfoque de la educación, una educación que no está destinada a los jóvenes, completamente estereotipada y que sólo tiene en cuenta los estudios en sí, pero no al ser humano que los va a recibir o realizar. El resultado es que, o bien los mayores lanzan a los jóvenes, sin preparación ninguna, a un mundo cruel y competitivo, sintiéndose éstos incapacitados para valerse por sí mismos en estas circunstancias, o bien los sobreprotegen y les tienen continuamente atrapados, impidiéndoles probar sus fuerzas y lanzarse a ese mundo en el que tarde o temprano tendrán que desenvolverse. O por exceso o por defecto, el joven resulta con una educación deficiente y no puede manifestarse en el mundo.

En líneas generales, los adultos pueden cometer el típico error de reprocharle al joven que ya no es un niño y que tampoco es maduro, lo que equivale a decirle que no es nadie. Ahora se habla mucho de marginados, pero es que, sin querer, nosotros mismos les convertimos en eso, porque ya no saben lo que son. Y del marginado psicológico a la delincuencia práctica, a veces no hay más que un paso. Es romper una barrera que puede ser más o menos grande.

Al principio se cuestionaba la autoridad moral de los padres, pero termina por cuestionarse cualquier otra forma de autoridad, con lo que la vida social se imposibilita prácticamente, y el joven no reconoce y no respeta absolutamente nada. Por si esto fuese poco, se explota cruelmente esta situación de la juventud, aprovechando esa facilidad para el entusiasmo que hay en el joven, esa facilidad para odiar y para amar, para lanzarse a las grandes aventuras, explotándosele con una propaganda absolutamente indigna, ya que suele manifestarse en forma de modas, que van desde la vestimenta hasta formas anárquicas de vida, desde las drogas hasta el ateísmo, desde la táctica de la irresponsabilidad personal hasta el rechazo de cualquier orden establecido.

Una juventud sana no podría ser explotada. Por tanto, hay que prometerle estos mil y un paraísos imposibles que nunca llegan, y que si llegan, siguen angustiando, con lo que sigue habiendo terreno para sembrar esta angustiosa propaganda, y seguir creando jóvenes que no saben qué hacer con sus propias vidas.

Por si esto fuese poco, surgen las naturales respuestas que no deben extrañarnos en absoluto. Hoy está de moda el pasotismo, pero es lógico, ya que el pasotismo no es más que un grito de angustia, una manera de decir ¿qué puedo hacer? Cuando el joven busca trabajo, se le pide experiencia. El joven quiere ser mejor, quiere ser distinto, quiere lograr un ideal, quiere formar una familia, pero el único camino es que los padres le hagan un sitio. O si no, hay que esperar mucho, y no se sabe lo que va a hacer ni cuando. Si estudia tampoco tiene la posibilidad, en la mayoría de los casos, de aplicar luego lo que estudia y tendrá luego que hacer cualquier otra cosa para ganarse la vida, para comer.

A esa angustia comienza a sumársele otra: se va marchando la juventud, y el joven comienza a darse cuenta de que no ha hecho absolutamente nada. Es lógico ser pasota en estas circunstancias. Y claro está, es lógico dedicarse a la protesta, tanto pasiva y estéril, como agresiva y violenta. Y también están las estadísticas que hablan de la «solución» a la búsqueda infructuosa que es la finalización voluntaria de la propia vida.

Antes, cuando se hacían encuestas entre la juventud sobre los aspectos que más le interesaban, destacaban en los primeros puestos los valores estéticos, los valores morales, las necesidades metafísicas y las preocupaciones religiosas. Ahora las encuestas reflejan en los primeros lugares el bienestar personal, el dinero, el amor y luego algunas cuestiones más abstractas. Pero lo primero a destacar es la seguridad, la tranquilidad, el bienestar.

¿Realmente se siente así, o es que se ha ido empujando a la juventud a sentir y pensar de esta manera?

Hay que preguntarse si realmente los grandes sueños de la juventud han muerto. Creemos que no, pero cuesta mucho encontrarlos, y cuesta mucho hacerle confesar a un joven cuáles son sus grandes sueños, ya que los profesionales de las encuestas afirman que los jóvenes no suelen contestar la verdad.

Nos inclinamos a pensar que los grandes sueños están, pero hay que saber encontrarlos. Son sueños que eliminarían poco a poco la angustia, pero que para ello necesitan convertirse en realidad. No hay ningún joven que, en lo físico, no guste de la belleza. No hay tampoco ningún joven que rechace la armonía ni el buen gusto. Cuando se rechaza es como protesta y no porque no se ame lo estético, lo hermoso, lo agradable. La otra expresión es escupir en la cara a lo que no pueden tener. Todos los jóvenes aman la salud y gustan de sentirse fuertes, pero sin embargo se estropea la salud, se atenta contra el propio cuerpo y se le destroza, como rechazo por pensar que al fin y al cabo no hay nada que hacer.

Los jóvenes pueden negarlo exteriormente, pero todos tienen en el fondo sentimientos puros y nobles. Nadie gusta de los sentimientos cambiantes, de lo que es hoy, pero no será mañana, de lo que nos mantiene siempre acongojados, angustiados e intranquilos. Todo joven sueña con la eternidad. Todo joven tiene en lugar privilegiado el concepto de Amor, aunque no lo quiera confesar. Todo joven sueña con cosas limpias, puras, brillantes y maravillosas, aunque no lo quiera reconocer.

La anarquía y el desorden existen, pero son formas de la angustia. No hay ningún joven que, en lo intelectual, no busque la sabiduría. La inquietud, el deseo de investigación, conocer cada vez más cosas, es algo propio de la juventud. Es como una ansiedad imparable de penetrar en todos los secretos del mundo.

El joven quiere saber, pero eso es difícil, porque a veces hay que empezar por quitar velos, borrar la ignorancia y encender antorchas en medio de la oscuridad. A veces hay que descubrir que la ciencia no sólo destruye, sino que también construye, que la investigación nos acerca a las leyes más íntimas de la Naturaleza, que la ciencia-ficción no basta para llenar todas nuestras horas, sino que hay auténticas leyes que podemos conocer sin caer en ficciones. A veces hay que destruir falsos conceptos y descubrir toda la belleza que hay en el Arte, con auténticos mensajes, y despejar esas otras farsas que a veces hay que aceptar porque es la moda hacerlo. A veces es necesario demostrar al joven que no es que sea ateo, sino que no hay nada bueno ni noble delante en lo cual creer y que hasta la misma imagen e idea de Dios se ha visto bastardeada y ensuciada. A veces hay que enseñar al joven que hay que empezar por recuperar la fe en sí mismo, para levantarse luego progresivamente por la escala de la fe en todas las cosas hasta llegar a Dios.

¿Quién no ha querido o quiere cambiar el mundo?¿Quién no ha soñado con esa revolución constante que nos permita barrer con todo lo malo y con todas las injusticias?

Pero es bueno hacerse a la idea de que esa revolución ha de comenzar por uno mismo; aplicándose a sí mismo al trabajo, a la responsabilidad propia y a una sana ambición que sea una fuerza constante que nos lleve hacia delante. Pero una ambición que no rechace, sino que tome cada vez más en cuenta el respeto por los demás.

No hay ningún joven que no sueñe con la felicidad. La felicidad existe y no es simplemente la satisfacción material, ni instintiva, sino algo más con lo que seguimos soñando sin saber exactamente dónde la vamos a encontrar. Decían los estoicos que la felicidad absoluta no se encuentra en esta tierra, pero que no obstante, día a día podemos encontrarla si aprendemos a buscarla con perseverancia, con paciencia, con discernimiento, sabiendo distinguir aquello que nos conviene y aquello otro que no nos conviene.

No hay tampoco ningún joven que no sueñe con la libertad, con esa posibilidad de volar, porque libertad para el joven no es hacer cualquier cosa, sino saber qué es lo que se quiere hacer, y a dónde se quiere llegar con lo que se está haciendo. No hay ningún joven que no sueñe con esa libertad interior para la que no existen barreras, para la que ni siquiera existe la muerte.

La gran pregunta que ahora nos hacemos es si todavía existen jóvenes. ¿Los hay? ¿O es que estamos condenados, a ver simplemente niños con cara de adultos? ¿No produce cada vez más susto observar en nuestros pequeños una mirada demasiado profunda para sus años, o una seriedad que incluye el reproche, desde los primeros momentos de su vida? También tenemos adultos vestidos de adolescentes que no han podido superar la angustia juvenil. Hay que salir de esta dualidad perpetua en que vive -sobre todo- el joven, que debe responder por igual a las funciones de su animal instintivo y a sus sueños más sublimes, consciente por un lado de que es capaz de realizar proezas análogas a las de los grandes libros, y por otro de que puede ser también una bestia que se arrastra por el suelo.

Hay que acabar con esa lucha. Pero para acabar con una lucha, no hay más remedio que luchar. En un viejo y sagrado texto del Antiguo Oriente, en el Bhagavad Gita, hay un hombre ideal llamado Arjuna, que se encuentra en el momento preciso de la lucha. Va a comenzar a luchar, y tiene que decidirse en ese instante. Sufre desesperadamente. La angustia de Arjuna hace 5000 años, no tiene ninguna diferencia con la angustia que presentan los actuales tratados de Psicología: es la misma desesperación.

Arjuna tiene a todo su mundo animal e instintivo a un lado suyo, y al otro, a todas sus sublimes aspiraciones, las más grandes, las mejores. Tiene que decidirse, elegir, romper con el estado intermedio, con la inestabilidad; tiene que pasar la prueba definitiva.
Cuando en las viejas civilizaciones a los jóvenes se les sometía a pruebas antes de aceptarlos como adultos en la sociedad, no se obraba de cualquier manera, ni se obraba tampoco para cumplir con determinados ritos mágicos sin ningún significado, sino que se les probaba de forma muy especial. Era la prueba del «atrévete», «decídete»; era el momento de la batalla, de la elección, de poner en juego el discernimiento. «Atrévete y es seguro que saldrás victorioso».

En los mismos errores señalados como raíz y causa de la angustia juvenil, están las respuestas que buscamos. Tan sólo hay que invertir los errores, darles un sentido contrario y volverlos solución. Soluciones de todo tipo, desde las espirituales, intelectuales, emotivas, físicas y biológicas, hasta soluciones reales, prácticas y concretas.

Hay que recordar algo muy importante, y es que más allá de la angustia juvenil, en la juventud radican las máximas potencias; y que para ser joven, no hace falta tan sólo tener un cuerpo joven, sino que hay una eterna Juventud que es la del Alma, que tiene la capacidad de manifestarse, siempre y cuando todavía haya posibilidad de soñar, y siempre y cuando haya todavía posibilidad de llevar a la práctica esos sueños.

Y hay que recordar también que se es joven, eternamente joven y sin angustias, cuando con sueños y con fuerza para arrastrar los sueños, se aprende a caminar con una Antorcha, una vieja y conocida Antorcha que los hombres de antes y los de hoy y los de siempre, llamaremos Esperanza, Esperanza juvenil y no angustia juvenil.

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