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Recuerdos y reminiscencias (I)
Delia Steinberg Guzmán
El tema que vamos a tratar es doble, pero no contradictorio, puesto que al hablar tanto de recuerdo como de reminiscencia, lo haremos de una de las condiciones propias de la conciencia humana: la memoria. Así pues, enfocaremos dos tipos de memoria, las que aparecen en el título. No podemos conformarnos con decir simplemente memoria; debemos especificar una forma, tal vez más concreta, más corriente y cotidiana, que es el “recuerdo”; y otra más sutil, más diluida y difícil de precisar, que es la “reminiscencia”. Una y otra son memoria, al fin, que para unos es una facultad maravillosa y una auténtica bendición; para otros, algo diferente, y para los filósofos es, tal vez, lo más sugestivo con lo que cuenta un hombre. La memoria abarca un ámbito complejísimo, ya que la encontramos en nuestro mundo emocional, en nuestro mundo mental e, incluso, en las alturas de nuestro mundo espiritual.
Generalmente, cuando nos referimos a la memoria, lo hacemos a un aspecto de la conciencia humana que tiene cuatro funciones: recibir, retener y, en un momento dado, reconocer y recordar. De estas cuatro funciones, la que más nos importa es la última: el recuerdo, que es traer desde atrás, desde el pasado, una idea, un hecho, una experiencia, un sentimiento o, en general, algo que alguna vez hemos vivido, plantarlo nuevamente en el presente y reconocerlo como nuestro, es decir, como algo que nos ha sucedido.
Sin embargo, a pesar del interés que despierta en nosotros este proceso de recordar, no debemos olvidar la enorme importancia que tienen las tres funciones previas al recuerdo, y sobre todo, las de recibir y retener, esas funciones que se realizan casi inconscientemente, pero que revelan la capacidad de discernimiento que el hombre debería desarrollar paulatinamente. Habría que preguntarse qué es lo que se recibe y se retiene: si es todo lo que viene o aquello que, anteriormente, hemos decidido que vamos a asimilar porque así lo queremos, porque así nos conviene o porque nos resulta benéfico.
Recuerdo es la capacidad que tenemos de atraer a la conciencia presente algo que estaba en el pasado, algo que de pronto se vuelve claro y nítido y vuelve a vivirse de nuevo. Es como si el recuerdo nos presentase la posibilidad de vivir muchas veces un mismo hecho, pero sin necesidad de repetir la circunstancia, porque es esa función psicológica la que nos permite rehacer el escenario.
Preguntémonos ahora quién ha recogido esas experiencias y las ha traído al presente. O dicho de otra manera, qué parte de nosotros mismos ha tenido la posibilidad de captar experiencias antes, mantenerlas y, en el momento necesario, volver a convertirlas en un hecho actual. Es interesante que podamos encontrar contestación a estas cuestiones. Veamos algunas respuestas.
Para la filosofía tradicional –que no descarta la psicología– el hombre, aunque es una unidad funcional, no es un único elemento, no es únicamente cuerpo. En líneas generales, el hombre está compuesto de una personalidad material, una máscara, una cobertura, una cáscara si se quiere, algo que nos permite aparecer ante el mundo: es el cuerpo más las emociones y la mente racional; y de otra parte espiritual, donde la materia ya no juega, donde sus elementos constitutivos son altamente sutiles, y donde podríamos situar una mentalidad completamente desprovista de egoísmos, una mente pura para la cual la razón es, como diría Kant, una intuición capaz de captar las cosas con la rapidez del rayo, y una inmensa voluntad que nos permite ser, y no simplemente estar vivos.
Así pues, para esta filosofía tradicional, hay dos aspectos humanos que son: la persona, lo material, y otro elemento superior que es el individuo, lo que no se divide, lo único, lo espiritual, lo que permanece.
Nuestro cuerpo físico tiene memoria, y mucha; en psicología, a este tipo de memoria se le llama hábitos. Hay que admirar lo bien que se aprenden, lo bien que se fijan y lo bien que se desarrollan. De modo que nuestra parte más densa ya trabaja con una cierta forma de memoria.
Se suele hablar de una memoria psicológica propiamente dicha cuando nos referimos a otro aspecto: la capacidad de recordar emociones, sentimientos, razonamientos, ideas y, en general, todo aquello relacionado con nuestro mundo psicológico superior. Aquí pasamos del mundo de la memoria, de hábitos, a una memoria psicológica un poco sutil. Y, paradójicamente, descubrimos que la memoria, cuanto más baja y pesada, es más fuerte y segura. Nuestras emociones podemos recuperarlas a veces, pero muchas otras se nos diluyen; a veces podemos traer ideas al momento actual, pero otras nos resulta muy difícil hacerlo. No tenemos la seguridad y fortaleza del hábito.
Y la memoria se hace todavía más débil y se diluye más aún cuando entramos dentro del terreno espiritual, dentro del individuo, de ese ser indiviso. Allí, los recuerdos son cada vez más borrosos; tenemos experiencias, pero no las podemos precisar. A este tipo de memoria, Platón y muchos otros filósofos antes y después, le llamaron “reminiscencia”. No es un recuerdo, no tiene ni la fuerza ni el peso del hábito, no tiene la claridad de un sentimiento, una emoción o una idea que podemos actualizar; tiene existencia, pero es como una nube que, al querer atraparla, se nos escapa.
Memoria del cuerpo, memoria del espíritu
Así planteado, denominaremos memoria a la actualización consciente de todas las experiencias que pertenecen a nuestra persona o máscara, y llamaremos reminiscencia a esa actualización de todas las experiencias que pertenecen a nuestro yo superior. El foco, la atención y la claridad de recuerdos están en lo corporal, en lo psicológico y en lo mental. Lo que se diluye está en lo espiritual. Lo claro son los recuerdos y lo tenue es la reminiscencia.
Pero no son estas las únicas diferencias que hay entre recuerdo y reminiscencia.
Un factor importantísimo es el tiempo, porque materia y espíritu no son iguales en el tiempo, no viven desde el mismo momento ni hasta el mismo momento. Por tanto, se presenta la pregunta de cuándo hemos recogido esas experiencias. Pero no podemos contestar a esta pregunta si no tenemos en cuenta, aunque solo sea brevemente, la doctrina de la reencarnación. Si para este tema no importa la doctrina de la reencarnación en sí, con su porqué, sus pros y sus contras, sí importa considerar que hay algo que permanece y algo que reencarna: un espíritu que está siempre y unos cuerpos que se desgastan, y que se van asumiendo como si fuesen vestidos, según las distintas necesidades del espíritu. El espíritu ES continuamente, no habiendo para él tiempo, sino solamente eternidad. Y ese espíritu está a veces sobre la Tierra, con cuerpo, y otras no está en la Tierra y no necesita cuerpo; gasta un cuerpo y toma otro. Lo importante no es la vestidura, sino aquello que se viste. Algo semejante nos ocurre desde el punto de vista físico: lo importante no es la ropa que usamos, sino lo que está dentro de la ropa. Lo importante es lo interno, lo esencial.
Si el cuerpo es la última vestidura que asumió el espíritu, este cuerpo, con la psiquis y la mente racional que le acompañan, tiene una memoria muy fresca porque pertenece a la última encarnación, a esta vida; todas las experiencias que ha recogido son de ahora, de estos últimos años que ha estado viviendo. Aunque se hable de experiencias nuevas y frescas, no se puede olvidar que la memoria del cuerpo trae consigo toda la fuerza del instinto de la especie, el estado evolutivo general de la Humanidad, que también le ayuda; y trae, además, la propia evolución de cada ser humano, porque cada cual recoge experiencias según su estado, las asimila, atesora y recuerda.
En líneas generales, la personalidad es joven, ya que aunque tenga sesenta u ochenta años, relacionada con la eternidad, es un tiempo escaso.





