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Recuerdos y reminiscencias (II)
Delia Steinberg Guzmán
El espíritu también recuerda. Es eterno y permanece, recoge experiencias constantemente, aquí y en el más allá. Pero tiene una dificultad, y es que no cuenta con una conciencia lo suficientemente despierta como para recoger sus experiencias y hacérnoslas comprender racionalmente. Nuestra conciencia recoge todo lo que nos pasa como personas, pero no recoge con claridad lo que nos pasa como espíritus. Recordamos buenamente aquello en donde ponemos nuestra atención, y la ponemos en lo que nos interesa. Somos así de simples. Prestamos atención al frío, al calor, al dolor, al hambre, al cansancio, al enojo, al trabajo o al dinero; prestamos atención a un ámbito muy reducido, o al menos, muy específico: la persona y sus circunstancias materiales. Allí está todo claro, allí se mueven los recuerdos, y allí está el límite de la memoria.
Por esto, surge la pregunta de si verdaderamente el hombre es un ser eterno, porque si su espíritu le acompaña a través de todo el tiempo y ha encarnado múltiples veces, ¿por qué le cuesta tanto llevar la memoria hacia atrás? Cuesta, sencillamente, porque hay dos formas de memoria: el recuerdo y la reminiscencia.
El recuerdo pertenece a lo que estamos viviendo ahora mismo, y este recuerdo está ceñido a aquello sobre lo que ponemos nuestra atención y nos interesa. La reminiscencia es la memoria del alma; pero si el alma está dormida, registra poco, y si registra poco, recuerda aún menos.
Platón señala que en el alma hay una fuerza, un impulso, una nostalgia, una añoranza de cosas que no sabemos definir, pero que sentimos. A todos nos ha pasado alguna vez recorrer un camino e intuir que ya hemos estado allí anteriormente. O bien, conversar con una persona amiga y, de pronto, tener la sensación de haber hablado lo mismo sin saber cuándo; o estar frente al mar y tener grabada esa imagen sin saber de cuándo y dónde arranca. Son las cosas que no contamos, porque no sabemos cómo hacerlo.
Reminiscencias
Pero hay otras reminiscencias aún más fuertes. Todos pensamos alguna vez en la muerte, y la aceptamos, aunque no nos gusta la idea de morir. En el fondo, si pudiésemos rechazar la muerte, eliminarla, borrarla, lo haríamos, porque hay una reminiscencia de eternidad que se niega a aceptar esta idea de muerte tan categórica y total. Hay algo que nos grita constantemente: “Sí, hay muerte, pero no voy a morir”.
La parte de nosotros que no acepta la muerte es nuestra parte inmortal, la que tiene reminiscencias y sabe que está viva.
Así, pasamos la vida crucificados entre recuerdos concretos, recuerdos que se nos van pero no nos preocupan mucho, y reminiscencias que, de vez en cuando, nos sacuden como obligándonos a tomar conciencia de algo más. Una gran filósofa del siglo pasado, Helena Petrovna Blavatsky, hacía una diferencia crucial entre recuerdo y reminiscencia. La memoria del recuerdo, para que sea buena, implica tener en perfecto funcionamiento el cerebro físico, y si es así, tenemos o podemos tener una buena memoria práctica y un recuerdo que la acompaña. Pero la reminiscencia es algo más, es mucho más sutil, es una percepción intuitiva que no tiene nada que ver con el cerebro físico, y casi no hay centros en el cerebro físico que sean capaces de registrarla.
Dice Blavatsky que esas percepciones intuitivas vienen, no de nuestras experiencias físicas, sino del espíritu que está siempre presente. Estas reminiscencias toman formas muy diversas, pareciendo a veces visiones y, otras veces, esas intuiciones extraordinarias que animan a los artistas. En estado de inspiración, para el artista todo es clarísimo y tiene una nitidez asombrosa, tanto si son palabras como sonidos, imágenes, colores o formas, viéndolo, sintiéndolo y teniéndolo delante aunque no pueda explicarlo. Y eso tiene que estar en alguna parte, no puede venir de la nada… Es una experiencia riquísima que el alma, a lo largo de siglos, atesoró, guardó y, en un momento dado, como una ventana a lo superior, vuelve y nos ilumina.
Como investigadora, Blavatsky rescató viejos textos orientales, que tradujo para Occidente, incluyéndolos en su obra La voz del silencio. En sus párrafos encontramos un consejo para el hombre que quiere crecer, para que el que quiere aprender, para el que quiere caminar. Un consejo extraño relacionado con la memoria: “No mires atrás; borra el recuerdo de pasadas experiencias”. No hay que borrar las experiencias, sino solamente el recuerdo, las circunstancias; el recuerdo es como el bastón que nos sirvió durante una parte del camino, pero luego ya no sirve de nada.
La experiencia sí sirve; es una decantación del hecho. Por lo tanto, la personalidad, la cáscara, la materia con la que vivimos en el mundo, atesora recuerdos y sufre con ellos, ya que al no ser capaz de desprenderse de las circunstancias, cada vez que las reproduce, sufre otra vez. En cambio, el espíritu, el yo superior, no guarda recuerdos, sino experiencias. El recuerdo se nutre con la quintaesencia de las experiencias.
Otro gran filósofo medieval, Raimundo Lulio, decía que las tres facultades humanas por excelencia, las tres facultades superiores, son como tres doncellas, a las que llama memoria, entendimiento y voluntad. La primera recuerda lo que la segunda doncella entiende y lo que la tercera quiere. Y la segunda doncella entiende lo que la primera recuerda y lo que la tercera quiere. Y la tercera quiere lo que la segunda entiende y lo que la primera recuerda. Es decir, que están perfectamente de acuerdo, la memoria como capacidad mental, el entendimiento como una intuición superior que rompe barreras, y la voluntad como raíz de la existencia.
Esos tres elementos puestos de acuerdo hacen al hombre; la memoria sola no sirve para nada. Y, glosando a Raimundo Lulio, diríamos que más allá de la memoria, el entendimiento y la voluntad, o la intuición y la voluntad, ayudan a la reminiscencia. Ayudan a recordar, a retornar esos elementos que pertenecen a los rincones escondidos de nuestro yo, pero que no por escondidos dejan de ser nuestros.
Otro gran filósofo renacentista, Giordano Bruno, proponía una revolución que consistía en el logro de un hombre nuevo a partir de una memoria muy fuerte, que era reminiscencia de unas ideas superiores, de los arquetipos primeros, y a partir de una imaginación muy fuerte, capaz de unir el mundo de los elementos materiales y el mundo de los elementos espirituales. La imaginación refleja lo superior y lo transmite hacia abajo; la memoria recuerda lo superior y lo transmite hacia abajo. Esa era la revolución de Giordano Bruno.
Crecer en memoria e imaginación
A unos cuantos siglos de distancia es sumamente interesante unirse a esta revolución, empezando por acrecentar nuestra memoria, o en otras palabras, saber vivir, no pasar por la vida transitando como el viento, sino recogiendo experiencias, no teniendo miedo a atesorarlas y asimilarlas, extrayendo de ellas todo lo que nos interesa. A eso lo llamamos saber vivir, memorizar, no repetir siempre los mismos errores, quitar del refranero aquello de que el hombre es el único animal que tropieza no dos veces, sino mil, con la misma piedra. Deberíamos tropezar una vez, y si hay memoria, no volver a hacerlo nunca más. Esto es acrecentar nuestra memoria, aquí y ahora.
También deberíamos acrecentar nuestra imaginación, ya que ella es el arma con la que podemos crear. Si antes decíamos “saber vivir”, ahora deberíamos decir “saber construir”. La imaginación no es perdernos en los recovecos de fantásticas imágenes que nos arrebatan, y que nos ayudan a escondernos, pero no a afrontar la vida, sino que es el espejo, es la capacidad de captar imágenes superiores y es la fuerza de hacer que esas imágenes superiores se conviertan en realidades en nuestro mundo. Trabajar con la imaginación es convertirnos todos en artistas, y ser artistas consiste en que cada uno de nosotros se modele a sí mismo. Con la imaginación captamos ideas superiores; con la imaginación, sobre la base de elementos puros y nobles, somos capaces de construir hombres puros y nobles, porque tenemos una idea, una imagen, un arquetipo, y ahora lo reproducimos como auténticos artistas de nosotros mismos.
Y no es solo acrecentar la memoria y la imaginación, sino que es también valorar nuestras reminiscencias, aceptarlas como si ellas fuesen una señal callada de un mundo que es hoy, de un mundo que es y seguirá siendo, y del cual formamos parte. En estas reminiscencias está, precisamente, aquello de nosotros que, siendo eterno, no acepta la muerte. Lo que normalmente puede parecernos indiferente, absurdo o sin sentido alguno, de pronto se tiñe, se vuelve coloreado, tiene sentido; ahora ya sabemos por qué hacemos las cosas, para qué las hacemos. En síntesis, nuestra revolución sería un saber vivir a través de la memoria, un saber construir a través de la imaginación, para poder ser.
También hay que recordar aquella vieja enseñanza que los orientales habían hecho suya, cuando intentaban explicar qué era la memoria. Explicaban que memoria era un atributo de la fidelidad a nosotros mismos. El hombre que es fiel, que se recuerda, que se reconoce, que se construye, tiene memoria. Ese hombre probablemente no pueda contestar con toda certeza al quién soy, pero podrá decir algo que reviste para nosotros la máxima importancia y nos ayuda a dar el primer paso, un paso por el camino de la evolución, y es decir al menos: ¡Yo soy!





